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La locura, más que una enfermedad, puede ser una cura; una cura divinamente inspirada, que restablece el estado de integración entre el alma y su fuente divina

En uno de los pasajes más memorables en la historia de la filosofía, Sócrates discute con Fedro sobre si aquellos que no aman son superiores a aquellos que aman. Fedro lee el discurso de Lisias, quien defiende a los que no aman, pues practican la mesura y viven una templada amistad, libre de pasiones y arrebatos. Sócrates primero, de manera un poco desconcertante, hace un discurso que parece refrendar lo dicho por Lisias, pero inmediatamente después nota que lo que ha dicho es una blasfemia. Bajo un amplio plátano, donde corre una fresca fuente de agua y cantan las hipnóticas cigarras, el filósofo busca reparar la ofensa que le ha hecho a Eros y se deja invadir por las ninfas, pronunciando un metadiscurso, pues habla sobre la posesión divina, cuando él mismo habla poseído por un dios: "por miedo al mismo Amor, deseo enjuagar, con palabras potables, el amargor de lo oído". Sócrates ahora recurre a la locura -a la locuacidad divina- para que cure su afrenta, como haciendo alarde de la máxima apolínea: O trosas iásetai, "aquel que ha herido curará".

En contra de Lisias, quien había argumentado que había que preferir al que no ama, pues éste persiste en su cordura, mientas que el que ama entra en un estado de demencia, Sócrates defiende la locura, la manía, la misma palabra que nombra a las ciencias oraculares (mantíké):

Porque si fuera algo tan simple afirmar que la demencia es un mal, tal afirmación estaría bien. Pero resulta que, a través de esa demencia, que por cierto es un don que los dioses otorgan, nos llegan grandes bienes.

El filósofo agrega que, de hecho, la mayorías de las cosas bellas que han sucedido en la Hélade han ocurrido a través de personas que no "estaban en su sano juicio". Son el fruto del delirio de las profetisas y las sacerdotisas, y, debemos añadir, de los filósofos y poetas que también han llegado a sus más altas notas en estado maniáticos. Actualmente esto nos puede parecer extraño y muchos lo verán con cierto cinismo e incredulidad, pero para los griegos la inspiración divina era una realidad cotidiana, e incluso una ciencia psicofísica a la cual eran iniciados y por la cual se realizaban purificaciones y libaciones.

Después de esto Sócrates se dispone a probar, y aquí yace el quid de su argumento, "que tal 'manía' nos es dada por los dioses para nuestra mayor fortuna". Se trata de un discernimiento de espíritus. Sócrates entonces explica la famosa estructura tripartita del alma, formada por el auriga y los dos caballos, uno de los cuales es una bestia bruta controlada por la concupiscencia, la cual dificulta el vuelo del alma hacia la región celeste. El alma humana va así como dividida, entre jaloneos pasionales y refrenos racionales, en un mundo que por momentos le brinda imágenes que la elevan a los dichosos recuerdos de su paso por la dimensión celeste en el cortejo de su divinidad tutelar.

Es el amor, esa manía que la posee al contemplar la belleza de su amado, lo que hace, en buena medida, que el alma despegue y se propulse en su dimensión vertical. Pues el rostro del amado la transporta al recuerdo de una belleza eterna que la llama desde lo alto. Y la misma belleza opera como una especie de alquimia que derrite las estructuras anquilosadas y entumecidas del cuerpo, permitiendo que las alas se lubriquen y emplumen otra vez, liberando un río ambrosíaco, un vino divino como el que Zeus derrama sobre su amante Ganimedes (Acuario, el que sostiene la copa de ambrosía en el cielo). Como dice Sócrates, es "gracias al amor" que obtendrán sus "alas, cuando les llegue el tiempo de tenerlas". Lo cual comprueba que el amor es realmente un regalo de los dioses, pues es la sustancia misma de la divinidad, la energía que eleva de regreso hacia la fuente celestial: ho Theos agape estin.

Finalmente, Sócrates expone su famosa clasificación cuaternaria de la locura divina, si bien antes aclara que existen dos tipos de locura en general, aquella debida a enfermedades humanas y otra "que tiene lugar por un cambio que hace la divinidad en los usos establecidos". Esta última se divide en cuatro:

1. Mántica o profética, asignada a Apolo

2. Teléstica o mística, asignada a Dioniso

3. Poética, asignada a las musas

4. Erótica, la más excelsa, asignada a Afrodita y a Eros

El filósofo neoplatónico Hermias, en su Comentario al Fedro, ordenó estas manías divinas dentro de un esquema de iniciación progresiva, según sus efectos en el alma del discípulo. El orden quedaría entonces: 1) Poética, 2) Teléstica, 3) Mántica y 4) Erótica. Antes de abrirse a la posesión divina, sin embargo, era indispensable atravesar un proceso de purificación que consistía en eliminar todo lo que es ajeno al alma par así hacer el "vehículo" responsivo al influjo divino o para hacer la morada agradable para el ágape de los dioses.

Como una quinta manía divina quizá podríamos agregar, con Calasso, "la locura que viene de las ninfas". La ninfolepsia, de la cual el mismo Sócrates era presa al dar su divino discurso. Aunque podría ser ubicada dentro de la manía poética, por su parentesco con las musas, también es cierto que las ninfas están asociadas con Apolo y, por supuesto, también a un cierto furor erótico. Es esta la manía de la cual la modernidad hasta cierto punto sigue siendo presa, y que vemos resurgir, por ejemplo, en la ardorosa infatuación de Nabokov por su nymphet Lolita.

 

Twitter del autor: @alepholo

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¿Qué son las pesadillas lúcidas y por qué tienen gran potencial de sanación?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/16/2018

Los sueños lúcidos, como también las pesadillas lúcidas, son escenarios de exploración y sanación psiconáutica

Los sueños lúcidos son aquellos sueños en los que el soñador sabe que sueña y durante al menos algunos momentos, experimenta su sueño -toda su difusión onírica- como presencia consciente. El término fue acuñado en 1911 por Frederik van Eeden, quien también reportó la existencia de "pesadillas lúcidas". La diferencia estriba en que en una pesadilla lúcida el soñador sabe que está soñando pero aun así se ve involucrado en una situación terrorífica, ya sea que esté lidiando con demonios, monstruos, entidades extrañas o con una situación que produce terror. 

En muchas ocasiones las pesadillas son detonadoras de sueños lúcidos, justamente cuando la persona que está sufriendo dramáticamente en el sueño -por el exceso de ese mismo sufrimiento- se da cuenta de que es un sueño y de que, por lo tanto, la situación que le produce terror no es real. En ocasiones despertamos por el miedo; en otras, el miedo o lo extraordinario de la pesadilla nos hace despertar pero dentro del propio sueño, lo cual es muy liberador.

La pesadilla lúcida, sin embargo, es distinta, pues nos enfrenta con una situación que no pierde su cualidad de terror pese a que sabemos que estamos soñando. 

Según un estudio reciente, en el que se analizó a 600 soñadores, las pesadillas lúcidas tienen las siguientes características:

  • Hay conciencia sobre el estado de sueño.
  • No obstante, hay una sensación importante de falta de control.
  • Perdura el miedo intenso.
  • Se presentan personajes violentos que parecieran tener autonomía más allá de la persona que sueña, e incluso deciden de manera contraria a los deseos de la misma persona.
  • Hay una incapacidad para despertar.

En las pesadillas lúcidas se empalman aquellas experiencias conocidas popularmente como la "subida del muerto" y, de manera más científica, la "parálisis del sueño", si bien estas extrañas intrusiones del proceso de REM pueden o no ser pesadillas lúcidas.

Ahora bien, existe un potencial poco explorado con la pesadilla lúcida de sanar o, al menos, de lograr una aceptación y asimilación de las profundidades inconscientes de la mente. Si es que no consideramos que nuestros sueños son mera basura psíquica sin mayor significado, entonces las pesadillas lúcidas podrían reflejar ciertos contenidos que pueden ser traumáticos o arquetípicos, que pueden impedirnos crecer o simplemente estar en paz. Como ocurre con un videojuego, la pesadilla lúcida nos enfrenta con el "monstruo" del final del nivel de una manera que nos permite tomar decisiones con cierta conciencia y de esta forma, si podemos superar y vencer al personaje que nos enfrenta y convertir la pesadilla lúcida en un sueño lúcido, es probable que podamos superar ciertas fronteras y escollos de nuestro inconsciente. Si seguimos la psicología analítica de Jung, hasta que no confrontemos estas profundidades sombrías de nuestra mente difícilmente podremos ser personas completas, realmente individuadas. Así que, si bien uno difícilmente buscaría producir una pesadilla lúcida -a diferencia de un sueño lúcido, que es un deleite psiconáutico-, la pesadilla lúcida nos ofrece una interesante oportunidad de autoconocimiento. Estamos conscientes ante nuestros miedos, y esto es algo único y muy valioso si somos capaces de poner atención.