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Si has pasado tu vida entre libros, podrías trabajar en este rincón del paraíso

Buena Vida

Por: pijamasurf - 10/29/2018

Un empleo irrepetible y un tanto atípico para el campo de las humanidades

Para nadie es un secreto que las profesiones relacionadas con el estudio, la investigación y la erudición en el campo de las humanidades no suelen recibir los mejores salarios. Ya Descartes, al inicio de su Discurso del método, ofrece un testimonio breve (y aún válido) respecto de todas las enseñanzas que se impartían en las universidades de su época, listando sus beneficios: mientras que de la medicina, la jurisprudencia y “demás ciencias” dice claramente que enriquecen a quienes las cultivan, de otras disciplinas como la poesía o la filosofía sólo señala sus recompensas espirituales, por decirlo así.

Y si bien esto puede someterse a debate, no menos cierto es que el salario que se obtiene por un trabajo tiene también un componente simbólico que el ser humano codifica como retribución y como reconocimiento. Quien logra intercambiar un salario adecuado por una tarea que le gusta hacer, consigue también un cierto tipo de realización personal. 

Hablamos de esto para reseñar una oferta de trabajo un tanto atípica para el mundo de las humanidades. ¿Quién podría pensar que una persona que ha hecho de los libros su trabajo podría trabajar en un hotel en uno de los lugares más paradisíacos de la Tierra?

La vacante se encuentra en las islas Maldivas, en el sureste asiático, concretamente en el hotel de lujo Soneva Fushi, en donde se busca a una persona con amplios conocimientos en literatura y libros en general que sea capaz de inspirar en otros el placer por la lectura y la escritura. 

Grosso modo, el trabajo consiste en organizar talleres literarios para los huéspedes del hotel y sesiones de cuentacuentos para los niños, además de alimentar un blog con entradas sobre “las experiencias de un librero en una isla desierta”.

La oferta de trabajo saltó a los medios gracias a Philip Blackwell, heredero de una familia de editores de excelente reputación en el Reino Unido, quien al respecto señaló que si bien el salario es un tanto irrisorio, otros beneficios de este trabajo son a todas luces incomparables.

Después de todo, parece ser que las oportunidades existen, pero a veces es necesario ir a otro rincón del mundo a buscarlas.

 

También en Pijama Surf: Este trabajo consiste en beber gin-tonic y viajar por el mundo durante 80 días

 

Imágenes: Soneva/Instagram

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El arte del hosting: curaduría de sensaciones, generosidad y exquisitez

Buena Vida

Por: pijamasurf - 10/29/2018

El arte de ser un gran host requiere de exquisitez y generosidad que no suelen ser apreciadas

El arte -y es que realmente es un arte- de ser host o anfitrión es uno de los menos apreciados, y por ello también, uno de los más generosos. A diferencia de otros "artistas", el host no produce obras duraderas, que puedan ser revisitadas y analizadas a posteriori; trafica en el arte de los instantes y las sensaciones, en el calor y el placer del momento.

Algunos podrían desestimar el hosting como algo efímero y superfluo, pues aparentemente no se ocupa de los grandes temas y las profundidades artísticas. Pero esto sería un error de apreciación, pues el host es el artista que permite que el arte suceda: el arte de la vida, que es siempre una especie de ágape o banquete. El host trabaja al servicio de la belleza y del placer; de los momentos memorables en los que se estrechan los lazos entre las personas y se logran las grandes epifanías, esos clics del espíritu. Pues, como contestó el gran etnobotánico Terence McKenna cuando le preguntaron cuál era el sentido de la evolución humana, "crear una buena fiesta" es la cumbre de la existencia terrenal. Una buena fiesta debe incorporar todos los ámbitos y aspectos de la existencia, todas las bellas artes, tanto lo apolíneo como lo dionisíaco (el orden y el caos energéticos), tanto el drama como la comedia de la vida y, en ocasiones, por lo menos permitir la posibilidad de lo trágico -la tragedia que logra encontrar cierta catarsis o, al menos, alguna poesía crepuscular-.

El buen host es un curador de sensaciones, de momentos, de atmósferas, de happenings. Se trata de que una cierta experiencia colectiva, de que algo que fue imaginado -pero que no se puede realizar más que en la conjunción y confluencia de innumerables factores contingentes- suceda. Y debe suceder como gratuitamente, con desenfado, como si nada. Ese es el arte de la elegancia: ante el más extremo apremio y presión, la ligereza. Para lograr todo esto, el host debe ser a la vez invisible y omnipresente. Debe crear el espacio para que los otros puedan ser y a la vez siempre estar disponible, listo para reconducir el evento o mantener el delicado equilibrio de la obra a flote.

El buen host debe tener sensibilidad estética y tacto humano; debe haber leído, pero sobre todo, saber leer a las personas. Más que saber hacer cócteles, debe saber cómo se mezclan ciertas personas, debe entender de reacciones químicas humanas. Debe haber cultivado el gusto, tanto de su paladar como de su mirada. Un buen host debe pensar en la obra como conjunto, en la realización de la idea general, y a la vez tener la más minuciosa atención al detalle. Debe tener una filosofía de la buena vida, una alegría, un amor a la abundancia, a la infinita circulación de la vida. Más que evitar el dolor, debe de afirmar el placer; no es estoico, es epicúreo. Debe creer en que todo se puede hacer en el nombre del deleite (de hecho, su religión es el deleite). Y debe ser magnánimo, capaz de donar su tiempo y su atención -a veces invirtiendo horas, e incluso días, para que sea posible un único momento-. Como los monjes budistas que construyen elaborados mandalas de arena durante días, sólo para luego contemplarlos y destruirlos, el buen host debe apreciar la belleza de lo impermanente, la poesía de lo inasible.  

Especialmente, el buen host debe ser generoso, pues esta es la esencia de la hospitalidad. Un host es quien abre un lugar, y para realmente abrirlo, debe abrir también su corazón. Que los que disfrutan de un buen anfitrión se regocijen y agradezcan. 

 

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