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La filosofía clásica sostiene que el amor hace que percibamos lo real y que incluso actualicemos la realidad universal que nos atraviesa

En gran medida, la percepción crea o cocrea el mundo que experimentamos: proyecta en el teatro de nuestra mente una realidad que no sólo está en el objeto sino que es moldeada por el concurso de nuestros sentidos, memorias, deseos, etc. Nuestra percepción claramente está influenciada por nuestros estados mentales. Por ejemplo, cuando estamos muy enojados casi no podemos percibir lo que sucede alrededor, solamente ponemos atención a nuestra propia ira; estamos sumamente distraídos de cualquier otra cosa que no sea el objeto de nuestro enojo (el cual muchas veces ni siquiera está presente). Algunas personas creen que a la persona enamorada le pasa lo mismo: está todo el tiempo como ensimismado en sus pensamientos, ensoñando con su amada o amado, distraído, sin ver el mundo. Pero tal vez en ese caso hay algo que los demás no pueden ver, o quizás son casos de lo que se ha llamado infatuación o limerencia.

Existe otro tipo de amor, que para los filósofos griegos era una manía divina, un estado en el que lo divino penetraba y las cosas se veían en su auténtico esplendor. Si bien ese amor es caracterizado por una pasión primera, por el rapto del deseo, si se logra establecer -ahondar y arraigarse-, ese estado se convierte en la propia naturaleza, la actitud base ante el mundo. Es posible que en ese estado, que es a la vez de relajación e intensa atención a las cosas que nos rodean y que se presentan como nuevas, de seguridad y abandono al mismo tiempo, percibamos más claro, podamos mejor ver la realidad. Las tradiciones contemplativas enseñan que para conocer la realidad es necesario tener la mente en calma, tener una quietud y un silencio; a veces el amor puede dar esa calma de fondo que es una actitud base para con todas las cosas.

La escritora Anne Carson escribió con notable perspicacia en Eros the Bittersweet:

Hay algo realmente convincente en las percepciones que te ocurren cuando estás enamorado. Parecen que son más verdaderas que las otras percepciones y más auténticamente tuyas, ganadas a través del costo personal...

Carson habla de la posesión erótica que describe Sócrates en El Fedro: eros entra en la persona y esto produce que la persona entre en contacto con:

lo que está dentro de ti, de una forma sobrecogedora. Percibes lo que eres, de lo que careces, lo que podrías ser.... ¿Por qué cuando te enamoras sientes como si estuvieras viendo el mundo como realmente es? Un ánimo de conocimiento flota sobre tu vida. Pareces saber qué es real y qué no lo es... Este estado de ánimo no es una ilusión, según creía Sócrates. Es un vistazo a la profundidad del tiempo, a realidades que alguna vez conociste, tan asombrosamente bellas como el rostro de tu amado.

¿Y si esto no fuera sólo poesía, romantización y mistificación del amor?  Para muchos filósofos, el amor, aunque pueda ocurrirnos a través de un encuentro con lo otro, de un flechazo, en el fondo es nuestra naturaleza esencial, aquello que sale a relucir cuando se eliminan ciertas trabas o impurezas. La explicación a por qué el amor nos coloca en un estado de realidad -nos realiza- fue dada por los filósofos neoplatónicos, particularmente por Plotino, Proclo y Dionisio Aeropagita, el gran platonista cristiano. Para Dionisio, Dios o el Bien era la causa de todas las cosas, y el mundo una procesión de la causa hacia la causa; las cosas revertían a Dios al participar en la actividad que las causa, que es el amor, el eros divino. Para Dionisio, Dios es sencillamente amor, y su exceso amoroso "es lo que se distribuye en todas las cosas, haciendo que todas las cosas sean, al estar distintamente presentes en cada una", según glosa Eric Perl en su excelente introducción al pensamiento del Aeropagita. Lo que cada ser es, es su diferencia, la forma particular que la abundancia divina produce el ser en ella. Y por lo tanto, es justamente en ser quienes son, en ser aquello que es propio y único de cada uno que cada ser actualiza la divinidad. Ya que el acto que constituye lo que son es el amor, cuando aman participan en el amor que los crea, en su esencia, causa y fin. De aquí que podamos decir que el amor es la realidad de cada ser y por lo tanto que, amando, cada ser presencia lo real. Por decirlo de manera más sencilla, si es cierto que Dios es amor y que Dios es la actualidad que constantemente produce el ser de todos los seres, entonces el amor es la realidad y todo otro estado es ontológicamente deficiente, irreal en tanto que se desvía o yerra de su propia naturaleza. Eric Perl explica el pensamiento de Dionisio:

Y ya que el Bien (Dios) es el principio de inteligibilidad y por lo tanto del ser, en la medida en la que algo no logra participar en este principio es deficiente en su ser. El reconocimiento de los males en el mundo y en nosotros mismos es el reconocimiento de que el mundo y nosotros mismos, como los encontramos, son menos que la plenitud de la existencia porque no amamos perfectamente a Dios, el Bien.

Así que no amar nos sume en un estado de irrealidad o de realidad disminuida, un estado deficiente que ha sido llamado por el cristianismo "pecado", pero en el griego la palabra significa primero "fallar", como un arquero que no da en el blanco. Al amar accedemos a la realidad, participamos activamente en la divinidad que otorga el ser a todas las cosas.

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Hölderlin y Rilke sobre cómo la modernidad tecnológica destruye nuestra alma y nos convierte en esclavos

AlterCultura

Por: pijamasurf - 11/08/2018

2 de los más grandes poetas de la civilización occidental fueron, a su manera, profetas de los peligros de la tecnología

Friedrich Hölderlin fue sin duda uno de los más grandes poetas de la civilización occidental, tal vez aquel que más tersamente captó el sentido sagrado que tiene (o tenía) la poesía. Hölderlin, quien fue compañero de cuarto en la habitación de Hegel, consideraba que la vocación del poeta era servir a lo divino e incluso traer a la tierra la voz celeste, atajar, como si fuere, el rayo de los dioses -la palabra que crea- y divulgarla en el mundo a través del canto y la alabanza. En su poema "Vocación del poeta", Hölderlin escribe:

¡Un llamado y una tarea distinta es dada a los poetas!

Servimos sólo a los dioses, para que

escuchen los latidos amables de nuestros corazones

más cerca y cantados siempre nuevos.

A Hölderlin a veces se le identifica con el poeta que anhelaba el "regreso de los dioses", tanto de los dioses griegos como de Cristo. Pero también podemos hablar de Hölderlin como el poeta que brinda el testimonio de que la divinidad sigue hablándole al hombre -cuando éste hace silencio y se deja poseer extáticamente-, y asimismo como el poeta que narra cómo lo divino abandona el mundo, cuando un "miedo" divide a los hombres de los dioses, cuando hay una fractura en el corazón de la existencia; los dioses y la experiencia de lo divino abandonan el mundo sólo en tanto que el hombre se vuelve más opaco. Como ha sugerido Roberto Calasso, hemos dejado de percibir a los dioses, pero no porque sepamos más -como nos vanagloriamos- sino porque sabemos menos. El escritor italiano escribe en su libro Ardor:

"Los dioses están despiertos": acercarse a los dioses significa estar despierto. No hacer el bien, no satisfacer a los dioses con homenajes y ofrendas. Simplemente estar despierto. Eso es lo que permite que cualquiera se vuelva "más divino, más calmado, más ardiente".

Calasso aquí describe el tapas védico, esa cualidad ardiente de la mente, lo que podemos llamar el fuego de la atención -atención que para Simone Weil será sinónimo de amor-. Hölderlin y Rilke, su alumno separado casi por 1 siglo, estarían de acuerdo en que lo divino desaparece porque dejamos de poner atención. Y es que la misma atención es la divinidad: el fuego que transforma al amante en el amado, parafraseando a San Juan de la Cruz; es el fuego de la conciencia que en los Vedas se alumbra en el agua al principio del cosmos.

Hölderlin y Rilke -entre sus múltiples confluencias- coincidieron en que las costumbres de la modernidad, y particularmente la industralización, nos llenaban de distracciones y nos colocaban en un estado mental poco propicio para la percepción divina -es decir, para lo genuinamente poético, pues el poeta es quien percibe a la divinidad, quien ve el acto creativo constantemente sucediendo-. Hoy sabemos claramente que el uso de la tecnología digital puede afectar la facultad de la atención, y sabemos también que los algoritmos de las grandes plataformas de Internet pueden llegar a mitigar la libertad y manipular el deseo.

Hölderlin escribe en su poema "La despedida":

¿Así que queríamos partir? ¿Pensábamos que era astuto

y bueno? ¿Entonces por qué nos produjo terror

como un asesinato? Nos conocemos tan poco en realidad

Pues desde dentro un dios nos mueve.

 

¿Traicionar al dios? A aquel que primero creó

el sentido y la vida, a aquel que inspiró

y protegió nuestro amor,

eso es lo único que no puedo hacer.

 

Pero un mal distinto, una esclavitud distinta,

ahora la mente del mundo inventa

y a través de la técnica y la costumbre,

día a día se roba nuestra alma.

A su vez, Rilke escribe en uno de sus Sonetos a Orfeo:

La Máquina pone en riesgo todo lo que hemos logrado.

La dejamos que reine en lugar de que obedezca.

Para construir la casa, cortar la piedra con rápida fuerza:

la mano del obrero tarda demasiado en sentir la dirección.

 

La Máquina nunca titubea, o nos podríamos escapar

y sus fábricas se irían desvaneciendo en el silencio.

Piensa que está viva y que hace todo mejor

con la misma resolución crea y destruye.

Y luego dice que, sin embargo, sigue habiendo lugares donde "todavía podemos sentir la fuente: el juego de los puros poderes/que -cuando lo sientes- hace que te hinques". Rilke habla metafóricamente de cien lugares, pero uno se pregunta: ¿cuántos quedan actualmente? ¿Dónde sigue sonando la música inefable de lo numinoso que arrastra al hombre hacia su destino?