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La luz blanca, el silencio, el punto, la nada, ¿cómo expresar lo que es la divinidad, lo que supera toda expresión, todo límite, toda relación?

Cuando la luz pura e incolora se refracta, surgen los múltiples colores. La luz pura contiene sintéticamente a todos los colores pero ella misma no es un color y, no obstante, posibilita la existencia de cada particular. Cada color, a su vez, en su propia singularidad diferenciada del resto de colores, contiene a la luz pura e incolora que subsiste como base universal de todos los colores y en la que todos ellos encuentran su raíz y naturaleza común previa a sus particularidades.

Lo que ocurre con los colores acontece con todo lo demás. Así, por ejemplo, los sonidos están contenidos en el silencio y emergen de él, y a su vez cada nota particular contiene al silencio de fondo, y, finalmente, el silencio posibilita todos los sonidos sin ser ninguno de ellos pero constituyendo su médula. También las formas geométricas están contenidas en lo informe que las contiene sintéticamente, las trasciende y las posibilita, y a su vez lo informe se oculta como el subsuelo fértil que da vida a las diversas formas: círculos, cuadrados, rectángulos, líneas rectas y onduladas, etc. Lo que es la luz pura e incolora a los colores, es el silencio inaudible a los sonidos y lo informe invisible a las formas visibles. Los ejemplos son innúmeros.

Cada uno es un vacío relativo al campo que le compete: lo informe invisible es vacío respecto a las formas visibles, el silencio inaudible es vacío respecto a los sonidos audibles y la luz pura e incolora es vacía respecto a los colores. Todas estas son manifestaciones parciales de la Nada Absoluta cuando se proyecta en un ángulo o área específica: trátase del área del color, del sonido o de la forma. En consecuencia, lo invisible, lo inaudible, lo no inodoro, lo insaboro, lo informal, etc., siendo vacíos parciales referidos a un área particular coinciden y se identifican en la Nada Absoluta que engloba todas las áreas o ángulos y los depura hasta reducirlos a la nulidad plena.

La Nada Absoluta corresponde en el área específica de los números al cero. Se trata del “punto cero” e inicial, la causa ontológica de donde surge todo lo que es y existe.

Podemos retrotraernos a las causas constitutivas de la realidad, desde lo compuesto hacia lo simple, hasta encontrar la causa inicial lógica y ontológicamente precedente a las causas segundas y terceras que forman la realidad compuesta. Por ejemplo, tomamos un cubo: el cubo depende del cuadrado para ser, siendo el cuadrado causa formal-ontológica del cubo. A su vez, el cuadrado necesita de la línea para ser, siendo la línea causa formal-ontológica del cuadrado. Asimismo, la línea tiene menester del punto para ser, siendo el punto su causa formal-ontológica.

Toda la realidad tiene al punto por base. El punto es uno e indivisible. Uno, porque los múltiples puntos que advertimos en el espacio son la proyección del punto que no ocupa espacio en la extensión. Es así, puesto que la extensión tiene por origen al punto, formándose al parecer de múltiples puntos, pero esa multiplicidad es ya una extensión, y hemos acordado que la extensión depende del punto, por lo cual, en realidad se trata de un único punto proyectándose de manera extensiva, de un único punto con el don de la bilocación, de un único punto omnipresente que permite la extensión del espacio y la ilusión de múltiples puntos. Indivisible, porque si pudiese ser dividido no sería ya un punto, sino un conjunto de ellos, estando compuesto por lo que sí es punto. Y si estuviese compuesto, no se trataría del punto, sino de un conjunto extensivo de la proyección del punto sobre el espacio. No obstante, hemos visto que el punto permite la extensión pero él mismo no tiene extensión y es por ende indivisible.

Esto nos remonta a la relación entre lo Uno y lo múltiple, siendo lo Uno la causa de lo múltiple y encontrándose presente en cada elemento particular y, a su vez, conteniendo sintética e indivisamente a todos los elementos particulares que se concilian en su principio unitario y en él trascienden sus diferencias particulares.

Sin embargo, ¿cuál es la causa primera? En la generalidad, ¿es la Nada Absoluta o lo Uno? En el área específica de los números, ¿el cero o el uno? En lo que corresponde al área de la geometría y las dimensiones, ¿el vacío o el punto?

El punto, al no ser extensivo ni divisible, es inconcebible por la mente imaginativa y extensiva, es inconcebible por la mente cuantitativa y tridimensional. El punto es la reducción máxima: cuando el cubo se reduce al cuadrado y el cuadrado a la línea y la línea al punto, aquí ya no cabe reducción posible porque se trata de un simple y no de un compuesto. Siendo así, el punto, que es uno, es en realidad cero: el punto es vacío.

Sostengo que la Nada Absoluta y lo Uno en términos generales, el 0 y el 1 en él área numérica y el vacío y el punto en el área geométrica son lo mismo vistos escindidamente por la mente dual.

¿Por qué? Si lo Uno contiene sintéticamente todo y es causa de todo, lo Uno encierra todas las cosas, es el Todo sin partes que subyace a las partes que son sus múltiples proyecciones o refracciones parciales. El Todo o el Uno, ergo, no está contenido en nada, porque de estarlo, habría otro que lo contendría y ya no se trataría del Uno, puesto que habría otro mayor, y sabemos que él es el que contiene todo y es Uno. Por lo tanto, el Todo o el Uno no está contenido. Si no está contenido, no puede tener límites, puesto que los límites son continentes en los que algo es contenido, marcando además una división que da lugar al dos y en ese caso ya no hablaríamos de Uno. Por ende, el Uno o el Todo no tiene límites, es infinito o absoluto. Pero al carecer de límites, es incomparable, no hay un otro, no puede ser medido en referencia a nada, no hay una alteridad o marco referencial que lo defina al contrastarlo, no hay una forma que le permita ser lo que es y no otra cosa, no hay una forma que lo delimite como algo existente y por ende no existe, siendo, en realidad, la Nada Absoluta.

El Uno es la Nada Absoluta vista desde la existencia en reverso hacia la reducción que desemboca en la no existencia y la Nada es el Uno visto desde la no existencia en anverso hacia la manifestación existencial. Lo mismo aplica al 0 y al 1, al vacío y al punto.

Sofía Tudela Gastañeta

Blog de la autora: Revolución espiritual

 

Imagen: The Sun from Utriusque Cosmi (1617), de Robert Fludd

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En su "Discurso del método", Descartes sugirió que no todas las personas están dispuesta a cuestionar las ideas que aprendieron o heredaron

De las varias cualidades que son propias al ser humano, quizá ninguna como la razón. Hasta donde sabemos, nuestra especie es la única capaz de realizar razonamientos complejos a propósito de la realidad: entender la situación espacial de un objeto, por ejemplo, su cambio en el tiempo, o concebir la relación de causa-efecto o acción-reacción entre dos fenómenos son tareas que ahora ejecutamos cotidianamente pero que, en términos evolutivos, tomó millones de años desarrollar.

Con todo, aun cuando es admirable en sus operaciones y sus resultados, la razón es imperfecta. Con ciertos ecos aristotélicos podemos decir que es imperfecta porque la razón es siempre incompleta en el ser humano. Justamente a causa de nuestra evolución como especie, la razón se disputa siempre en el individuo con el componente irracional que también nos integra y que en términos muy generales podemos identificar con la vida en sí, el pulso vital que recorre nuestro cuerpo y que en ello nos hermana con todos los otros seres vivientes de este planeta.

Esa división elemental ha sido, desde hace muchos siglos, el motor de las disciplinas más diversas, de la filosofía a la medicina, y del pensamiento religioso a las ciencias de la mente. A lo largo de la historia ha habido quienes se han abocado a intentar conciliar dicho conflicto favoreciendo particularmente a la razón, bajo la premisa de que si la razón nos constituye como humanos (y, por ello, nos distingue de otros animales), entonces se trata de una cualidad que es necesario conocer, cultivar y ejercitar, hasta volverla el eje mismo de la existencia. Otra suposición subyacente es que una vida racional, de entendimiento, es mejor o más deseable que una vida dominada únicamente por las pulsiones, los instintos, los deseos inmediatos, los temores irracionales, la ignorancia, el olvido y demás manifestaciones del entendimiento del mundo en un estado de ausencia de razón.

En ese sentido, uno de los exponentes más notables de las implicaciones del cultivo de la razón como herramienta primordial de la existencia fue René Descartes, quien por ello es conocido como “padre” del racionalismo. Entre otras obras, Descartes fue autor de un opúsculo que quizá él concibió con sencillez pero que tuvo un gran impacto en la historia de la filosofía: su célebre Discurso del método, publicado anónimamente en 1637 para acompañar un par de tratados de geometría y de óptica.

La influencia de dicho ensayo bien puede atribuirse a la claridad de su exposición, misma que se corresponde con el tema que trata. A medio camino entre la autobiografía y la argumentación, Descartes ofrece su punto de vista respecto de una tarea que sin duda en ese momento de su vida le pareció evidente para cualquier ser humano y que, no obstante, como él mismo reconoció, muy pocos emprenden: usar la razón propia. 

No sin modestia e incluso humildad, Descartes escribió ese breve discurso para enseñar a conducir el entendimiento de tal modo que nos permita llegar a la verdad. Aunque no se trata del tema de esta nota, nos permitiremos citar brevemente los cuatro procedimientos básicos que, según su propia experiencia y razonamiento, permiten hacer de la razón el faro que guía la comprensión de la realidad, a saber:

El primero: no admitir nada como verdadero hasta no tener evidencia de que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no admitir en el juicio nada más que lo que se presentase clara y distintamente, sin ninguna ocasión de ponerlo en duda.

El segundo: dividir cada una de las dificultades examinadas en cuantas partes sea posible y en cuantas requiera su mejor solución.

El tercero: conducir ordenadamente los pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente. 

Y el último: realizar en cada pensamiento los recuentos integrales y las revisiones generales necesarias, hasta estar seguro de no omitir nada. 

Sin embargo, como señala Descartes en la primera parte de su Discurso, no es muy común que una persona emprenda el esfuerzo de conducir racionalmente su vida, lo cual indudablemente es una de las contradicciones de la condición humana: que siendo animales de inteligencia y entendimiento, sean éstas cualidades que no se presentan naturalmente, sino que es necesario redescubrir y ejercer conscientemente.

Pero la tarea no es sencilla, y quizá por eso no muchas personas la emprenden. Para algunos parece mucho más cómodo ejercer su razón pero sólo en determinados ámbitos o para ciertas tareas, y en todo lo demás que también atañe a su vida dejarse gobernar por otros, sean sus instintos, las circunstancias, sus urgencias o el simple caudal de la realidad. También, como intuyó Descartes, porque tomar las riendas de la razón requiere un proceso amplio de puesta en duda de todo aquello que se aprendió en otros momentos de la vida, particularmente la niñez y la juventud, y no muchas personas están dispuestas a enfrentar dicho cuestionamiento. 

Al respecto, Descartes encontró que existen al menos dos tipos de personas que, frente a la necesidad de cuestionar lo aprendido, reaccionan de manera muy distinta; dice el filósofo:

Ya la mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir. Y el mundo se compone casi sólo de dos especies de espíritus a quienes este ejemplo no conviene en modo alguno, y son, a saber: de los que, creyéndose más hábiles de lo que son, no pueden contener la precipitación de sus juicios ni conservar la bastante paciencia para conducir ordenadamente todos sus pensamientos; por donde sucede que, si una vez se hubiesen tomado la libertad de dudar de los principios que han recibido y de apartarse del camino común, nunca podrán mantenerse en la senda que hay que seguir para ir más en derechura, y permanecerán extraviados toda su vida; y de otros que, poseyendo bastante razón o modestia para juzgar que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que otras personas, de quienes pueden recibir instrucción, deben más bien contentarse con seguir las opiniones de esas personas que buscar por sí mismos otras mejores.

En opinión de Descartes, no basta con cuestionar las ideas recibidas, heredadas o aprendidas, sino que además es necesario hacer el esfuerzo, ser constantes e incluso ser valientes respecto de nuestro propio entendimiento y la necesidad de pensar por nosotros mismos. Quien no acompaña su razón de esas tres cualidades, se pierde entre una y mil alternativas (y termina por no construir nada) o permanece en un estado de tutelaje a lo largo de su vida.

Es importante tener esto en cuenta porque si bien, cuando se habla de Descartes, usualmente se elogia la razón y se considera a ésta una herramienta casi omnipotente, en realidad, como decíamos, no está nunca completa, sino que es necesaria acompañarla de otros recursos, entre los cuales, paradójicamente, también se encuentra la irracionalidad.

"¡Atrévete a saber!", dirá Kant casi 1 siglo después del Discurso del método, y qué es el atrevimiento sino la toma de un riesgo contra el cual la razón nos previene pero que, no obstante, es necesario encarar para crecer y pasar a algo más en la vida, a algo diferente y posiblemente, a algo mejor.

 

Los fragmentos citados corresponden a la traducción del Discurso del método de Manuel García Morente, publicada, entre otros, por la editorial Gredos. Realizamos ciertas modificaciones en la misma para volverla más actual.

 

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