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10 grandes trilogías en la historia del cine

Arte

Por: pijamasurf - 12/16/2018

10 trilogías fundamentales en la historia moderna del cine

Muchos de nosotros estamos sin duda familiarizados con el concepto de trilogía en el cine. Star Wars (George Lucas, 1977-1983), Matrix (Hermanas Wachowski, 199-2003), Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985-1990) o El padrino (Francis Ford Coppola, 1972-1990) son títulos ampliamente conocidos cuyo éxito se debió en buena medida a su capacidad para desplegar en tres cintas su arco narrativo. Quizá haya una cualidad inscrita muy en lo profundo de nuestra naturaleza que nos predispone a apreciar de buen grado una historia no sólo contada con habilidad, sino además seccionada y dosificada con inteligencia.

Con todo, el cine ha ido más allá de esa ejecución del concepto. Varios directores de distintas épocas han utilizado igualmente tres películas para desplegar a veces una sola historia pero a veces también la historia un tanto más difusa de un personaje; en otras ocasiones, las cintas tienen como eje común los intereses intelectuales y artísticos de su realizador; en otros casos, se trata de trilogías “espontáneas”, que sin haber sido planeadas como tal, resultaron al final unidas por cierto tipo de coherencia.

La lista que compartimos a continuación reúne películas de ese tipo, realizadas al amparo de la magia del número 3, acaso con el intento de agotar la exploración de un tema, una obsesión o un placer.  

La trilogía de la vida, de Pier Paolo Pasolini

Desde el inicio de su carrera, Pier Paolo Pasolini se distinguió por una voluntad y una estética irreverentes e iconoclastas, que entre otros motivos encontró un medio de expresión tanto en el sexo como en la política. Sus cintas, en este sentido, suelen poner en cuestionamiento las ideas con que se suele pensar la realidad sexual y corporal, el lugar del placer en la vida y el tipo de relaciones que se establecen para hacer éste posible. La llamada “trilogía de la vida” abarca las cintas Il Decameron (1971), I racconti di Canterbury (1972) e Il fiore delle Mille e una Notte (1974), adaptaciones a su vez de tres colecciones de cuentos con una amplia influencia en el imaginario occidental. 

El interés de Pasolini por estas narraciones puede entenderse porque si bien cada una tiene orígenes distintos, en las tres puede encontrarse el denominador común de la curiosidad por el sexo y su experimentación como uno de los caminos que llevan a la libertad del cuerpo y de la conciencia. 

Cinematográficamente, las cintas comparten también una atmósfera general de ingenuidad y naturalidad, como si la pregunta implícita fuera hasta qué punto es posible para el ser humano vivir así, en una especie de paraíso primigenio donde las normas sociales y culturales no existen.

 

Días salvajes, de Wong Kar-wai

Días salvajes (1991), Deseando amar (2000) y 2046 (2004) son tres cintas en la filmografía de Wong Kar-wai que tienen como uno de sus personajes centrales a Chow Mo Wan, periodista y escritor de oficio cuya vida amorosa sigue las oscilaciones de la seducción, la infidelidad y el abandono. 

Se trata de tres cintas que exploran con paciencia y nostalgia los meandros de la memoria y las posibilidades del amor.

 

Tres sabores del Cornetto, de Edgar Wright 

Conocida también como la “trilogía de sangre y helado” (quizá por una alusión al best seller de George R. R. R. Martin), las cintas Shaun of the Dead (2004), Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013) condensan buena parte del estilo de Edgar Wright, uno de los pocos directores en nuestro tiempo capaz de crear humor cinematográfico, esto es, humor que se sirve ampliamente de los recursos del cine para hacer reír. 

Cabe mencionar que esta no es una trilogía estricta, con continuidad en las historias o los personajes de las películas que la integran, sino más bien una trilogía con conexiones establecidas por su autor, a manera de un juego o una broma. De hecho el nombre mismo con el que se le conoce, “tres sabores del Cornetto”, nació como un chiste, cuando Wright comparó sus cintas a la trilogía de los “tres colores” de Kieślowski.

 

Tres colores, de Krzysztof Kieślowski

Estas tres cintas emblemáticas del cine de los años 90: Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994), han sido ampliamente celebradas por la crítica especializada por la variedad de recursos empleados para conseguir la expresividad de estados de ánimo complejos.

El nombre de cada una de las películas ha sido interpretado de distinta manera. Si bien su referencia directa es a la bandera de Francia y los valores esenciales de la Revolución y la República francesas (libertad, igualdad y fraternidad), la voluntad artística de Kieślowski llevó estos conceptos a otros ámbitos, para explorar su realidad en contextos más bien subjetivos.

 

La trilogía de la venganza, de Chan-Wook Park

Integrada por Sympathy for Mr. Vengeance (2002), Oldboy (2003) y Lady Vengeance (2005), esta trilogía del surcoreano Chan-Wook Park, como su nombre anticipa, gira en torno a la venganza y la violencia que puede acometer un ser humano.

Cabe mencionar que Chan-Wook Park no concibió las cintas como parte de una serie, sino más bien lo contrario: se trata de películas independientes entre sí en las que, no obstante, es posible encontrar una unidad temática y estilística. De hecho, fue debido a ésta que la crítica comenzó a hablar de una “trilogía de la violencia”, quizá por comodidad conceptual.

 

La trilogía del antes, de Richard Linklater

Before Sunrise (1995), Before Sunset (2004) y Before Midnight (2013) son tres cintas fundamentales en la filmografía de Richard Linklater. Su unidad es notable en varios sentidos, pues siguen la historia de una misma pareja a lo largo de 20 años, teniendo en escena a los mismos actores (Julie Delpy y Ethan Hawke). 

Como es sabido, esto es parte del sello de Linklater, quien ha realizado varios de sus proyectos cinematográficos tomando como concepto fundamental el registro del paso del tiempo en sí, con todo lo que esto conlleva para el ser humano: cambios físicos, envejecimiento, cambio del entorno, cambio en la manera de pensar, etcétera.

En el caso de esta trilogía cabe hacer notar especialmente los diálogos, que poseen una fuerza emotiva singular.

 

La trilogía de los dólares, de Sergio Leone

Per un pugno di dollari (1964), Per qualche dollaro in più (1965) e Il buono, il brutto, il cattivo (1966) son tres cintas emblemáticas del western (y de su variante italiana, el spaghetti western) que contribuyeron a convertirlo en uno de los géneros más populares en la historia del cine, y también uno de los más importantes.

Además de dicha unidad de género y de director, las cintas tienen en común al protagonista, Clint Eastwood, y al compositor de la banda sonora original, Ennio Morricone, ambos identificados a partir de entonces con el spaghetti western.

Cabe mencionar, por último, que dado que en las cintas no se da a conocer el nombre propio del personaje de Eastwood, esta trilogía se ha llamado también la “trilogía del hombre sin nombre”.

 

La trilogía de la soledad, de Federico Fellini

La Strada (1954), Il Bidone (1955) y Le notti di Cabiria (1957) son tres cintas de Federico Fellini que orbitan en torno a la soledad y el desamparo, particularmente en personas que por una doble combinación de circunstancias personales y sociales parecen predispuestas al ostracismo y la marginación. 

 

La trilogía de la modernidad y sus inconformes, de Michelangelo Antonioni

La celebridad de Antonioni parece estar circunscrita a algunos pocos círculos reservados de amantes del cine. Sin embargo, no hay ninguna razón para privarse de la belleza de sus películas, que si bien pueden representar un desafío para la percepción, conllevan también grandes recompensas estéticas.

En L’Avventura (1960), La Notte (1961) y L’Eclisse (1962), Antonioni exploró cierta forma del malestar asociada directamente con el modo de vida impuesto por la modernidad. En específico, su interés se enfocó en los efectos que la vida moderna provoca en las relaciones personales a partir de la falta de comunicación en la que vivimos. 

Con la preclaridad del artista, Antonioni previó ese aislamiento tan característico de los tiempos modernos, con miles de conexiones en la superficie pero pocas o ninguna en lo esencial.

 

La trilogía de la fe, de Ingmar Bergman

Detrás de un vidrio oscuro (1961; conocida también con el título de Como en un espejo), Luz de invierno (1962; titulada también Los comulgantes) y El silencio (1963) son tres cintas que conformaron informalmente la llamada “trilogía de la fe”, pues las tres tienen en común la preocupación artística sobre los efectos de la fe en el desarrollo psicológico, emocional e integral de una persona.

Las cintas pertenecen a una época en que Bergman había filmado ya algunas de sus grandes obras (notablemente El séptimo sello y Fresas salvajes, de 1956 y 1957, respectivamente) y, además, marcaron un momento en que el director trabajó junto con un nuevo camarógrafo, Sven Nykvist, que por estas y otras cintas ganó el reconocimiento unánime de la crítica

 

También en Pijama Surf: 15 películas sobre la soledad, la melancolía y la dificultad de relacionarse

 

Imagen de portada: L’Avventura (1960), Michelangelo Antonioni

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Si un centro de imágenes existe en verdad, es probablemente una especie de teclado siendo tocado por las memorias

Henri Bergson, Materia y memoria

 

Roma abre con el sonido del agua. Se trata del piso del patio de una casa siendo tallado por Cleo, la empleada doméstica de una familia en la colonia Roma, para limpiar los restos del excremento del perro. El sonido del agua es tan nítido y su repetición tan rítmica, que aparenta las olas del mar remontando al espectador a un viaje por las aguas de la memoria.

A los públicos de otros países, esta embarcación probablemente les parecerá una mirada hacia un mundo ajeno y fascinante. Sin embargo, para los mexicanos –al menos los que pueden ir a una sala de cine o pagar mensualmente una membresía de Netflix– no habrá nada más cercano. Desde el ruido del agua y el olor del piso limpio después de ser tallado, hasta los trastes que chocan al ser lavados, la vibración del motor del auto del papá cuando llega, el olor de su cigarro y su música clásica; Roma evoca una serie de sensaciones que fácilmente activará la memoria de los mexicanos para verse reflejados en ese charco de agua que queda en el piso después de ser lavado.

Si bien no todas las familias mexicanas son iguales a esta, en su particularidad y especificidad, el escritor, productor, director y fotógrafo de la película, Alfonso Cuarón, retrata de manera vívida y honesta a una ciudad y una sociedad, así como una determinada condición política y económica que definió al México clasemediero del 70, pero cuyas resonancias persisten hasta hoy. Y dado que la historia está expresamente basada en su infancia, la película muestra todo esto a través de la inocente óptica de un niño.

De manera deliberadamente autobiográfica, este ejercicio mnemónico por parte del autor muestra con suma sensibilidad la poesía de lo cotidiano; el penoso derrumbe de un matrimonio, la soledad de un embarazo no deseado y la extraña simbiosis cultural/relación amo-esclavo que se da entre las clases sociales mexicanas. La profundidad visual de la imagen permite una indagación en las honduras de la vida; en cada diálogo, encuadre y movimiento de cámara, la búsqueda de la verdad y la búsqueda de la belleza encuentran un perfecto equilibrio.

No es el México del narco, ni uno cuyas tradiciones culturales son exacerbadas y caricaturizadas. Es el ruido del conflicto estudiantil, de los vendedores ambulantes, del camotero y el afilador; afectos, ruidos, olores y sensaciones exclusivos de la capital mexicana. Imágenes que se sentirán como fotografías personales, historias que hemos escuchado más de una vez, pero que al verlas como un gran reflejo en la pantalla grande –o en tu casa, laptop o tablet– se cristalizan con intimidad y monumentalidad.

Es cierto que verla en el cine será una experiencia sonora única que te envolverá con mayor intensidad; ciertamente, la mejor película del maestro Cuarón merece verse en la pantalla más grande posible. Pero el logro técnico que mezcla una historia del pasado con la tecnología del presente –tanto en su producción como en su exhibición– es consecuente con la intención de Roma de romper con la estasis temporal.

Con una efectividad que trasciende épocas, la historia de Cleo está marcada por la colonización, que sigue segregando a los mexicanos en tanto lenguaje, cultura y clase, y que, al mismo tiempo, nos une de manera inescapable. Además, la actuación de Yalitzia Aparicio, por encima del nivel de cualquier profesional, logra generar una empatía con el personaje de Cleo que lleva a los espectadores a la preocupación, la devastación, la risa y las lágrimas. Al final, después de tragedias personales y grandes pérdidas, la vida de Cleo retorna a su estado inicial: como las olas del mar, tal como las memorias que se van y regresan, se borran y se vuelven a dibujar.

Para mí, es el soundtrack de Jesucristo Superestrella, los biberones junto a ceniceros y vasos con Coca-Cola, los sonidos de la calle, el Ford gigantesco. Para cada espectador, cada imagen y sonido tocará diferentes notas en su teclado de la memoria, del cual el maestro Cuarón es, indudablemente, un virtuoso intérprete.

Una melodía de nuestra memoria colectiva, un merecido homenaje, un atinado retrato, un sincero reflejo, no cabe duda que Roma merece los apellidos que la crítica y el público le han conferido: la obra maestra de Alfonso Cuarón y la mejor película del año.

 

Twitter de la autora: @aleluuu