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Estos 2 'relojes' del cerebro humano nos permiten prever el futuro (ESTUDIO)

Ciencia

Por: pijamasurf - 12/03/2018

Un fascinante descubrimiento sobre la forma en que el cerebro humano es capaz de percibir el paso del tiempo

Probablemente hay pocas “máquinas” tan perfectas como el cerebro humano. Si bien, en épocas recientes, ciertos desarrollos de las ciencias de la computación han alcanzado niveles notables, hasta la fecha no ha sido posible igualar las capacidades del cerebro humano, que además del cálculo o la memoria, nos permite realizar un sinfín de operaciones más, entre las cuales es posible citar la creatividad, la invención y todas aquellas que permiten nuestras actividades cotidianas, ni más ni menos.

Pero si el cerebro es tan admirable es quizá también porque aun ahora es, en parte, un misterio para nosotros. Pese al avance de la investigación científica, muchos de sus procesos son todavía un enigma, a pesar de que sabemos de su existencia y nos servimos de ellos a cada momento en nuestra vida.

Uno de esos procesos ha sido objeto de estudio en una investigación reciente llevada a cabo en la Universidad de California en Berkeley, en la cual se buscó conocer con más detalle cómo es posible que nuestro cerebro nos permita predecir o anticipar eventos que no han sucedido aún pero que tienen una probabilidad elevada de ocurrir.

El estudio, realizado por los especialistas en neurociencias Assaf Breska y Richard Ivry, sugiere que el cerebro humano posee dos formas distintas de percibir el tiempo, las cuales pueden compararse con dos “relojes” internos con funciones diferentes y específicas: uno está basado en los recuerdos de las experiencias vividas, mientras que el otro se enfoca en la percepción del ritmo de los eventos presentes. 

Cada uno funciona por su lado pero, cuando se trata de tomar una decisión en la realidad, de ambos es posible extraer una especie de conclusión dialéctica que nos permite “predecir” un acontecimiento.

Así, por ejemplo, en la práctica de un deporte, en la ejecución musical o en la elaboración de un discurso (hablado o escrito), tareas en las cuales nos basamos consciente o inconscientemente en experiencias ya tenidas pero, por otro lado, atentos a lo que sucede en ese momento, somos capaces de actuar. Atrapar o patear un balón, presionar una tecla o un pedal, elegir una palabra y no otra al hablar con alguien: en todo ello, a decir de los investigadores, es posible encontrar los efectos del trabajo coordinado de ambos relojes.

Para llegar a estas observaciones, los científicos analizaron la capacidad de personas afectadas con la enfermedad de Parkinson para calcular la temporalidad de ciertos procesos. Al analizar la manera de proceder de estos pacientes notaron que, en general, una enfermedad de este tipo afecta sustancialmente la percepción temporal de la realidad. 

Al intentar explicar el fenómeno, establecieron una relación entre el buen estado del cerebelo y los ganglios basales, dos partes del cerebro humano que usualmente se han asociado con el movimiento y la generación del pensamiento pero que, como sugiere esta investigación, podrían tener también una relación íntima con la percepción y el cálculo del tiempo.

En ese sentido, la experiencia con las personas que padecen la enfermedad de Parkinson también condujo a los investigadores a otra observación: cuando uno de los relojes deja de funcionar, es muy posible que el otro también. En el caso de estos pacientes, esto fue notado en el hecho de que la pérdida de su memoria llevó a una deficiencia en la percepción del tiempo presente.

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Ciencia

Por: pijamasurf - 12/03/2018

Un elemento crucial (pero enigmático) para el desarrollo de la personalidad

Una de las grandes contradicciones de la naturaleza humana es la división inherente en la que vivimos, a lo largo de toda nuestra vida, entre nuestro origen animal y la evolución de nuestra inteligencia. Ambos elementos nos constituyen como seres vivos, pero el desarrollo de la inteligencia nos llevó a formar conceptos elevados sobre nosotros mismos, de tal modo que nos habituamos a perder de vista aquello elemental que también determina lo que somos.

En este sentido, la crianza es posiblemente el período de la vida más crucial de todos por los que pasa el ser humano. Todo aquello que está implícito en el nacimiento de un nuevo individuo de la especie humana hace de este un hecho asombroso, improbable: la inmadurez con la que nacemos, la vulnerabilidad, la necesidad de terminar nuestro desarrollo fuera del vientre materno, la dependencia que establecemos con respecto a otros individuos de nuestra especie (padre, familia, comunidad, etc.). En cierta forma la cría de la especie humana lo tiene todo en contra, y sin embargo, evolucionamos para sobrevivir.

No es para nada casual, entonces, que la infancia y las condiciones en las que ésta se desarrolla marquen la pauta del tipo de existencia que tendrá una persona. Sigmund Freud fue sin duda uno de los pensadores que con mayor lucidez estudiaron este fenómeno amplio, pero ciertamente no ha sido el único. De hecho, no podría ser el único, pues entre la multitud de factores presentes en la crianza de un ser humano, ¿cómo esperar que un solo observador sea capaz de ponderar el efecto que cada uno tiene en la formación de una personalidad?

En ese sentido, uno de los elementos que más han llamado la atención a lo largo de la historia de la ciencia y la cultura ha sido el lugar que ocupa un individuo en el orden de nacimiento de los hijos de una familia. La civilización humana ha dado una importancia capital al primogénito, por ejemplo, o al hijo varón. También, desde un punto de vista muy elemental, podemos suponer que un hijo no será criado de la misma manera cuando es único que cuando es el último entre seis o siete hermanos. Si las condiciones cambian, los resultados también, necesariamente.

Justamente un contemporáneo de Freud, Alfred Adler (conocido sobre todo por su idea del “complejo de inferioridad”), estudió las consecuencias en la personalidad que se derivan de dicho orden de nacimiento. Según sus observaciones, el hijo mayor es proclive a la neurosis y el autoritarismo, sobre todo en familias donde haya varios hermanos, pues el nacimiento de cada uno de éstos significó para el primogénito un desplazamiento de su posición prioritaria, acompañado de una entrega de responsabilidades por parte de los padres. En contraste, para Adler el hijo menor (o “benjamín”, como también puede decirse en español, en alusión al último hijo del patriarca bíblico Jacob, fundador de las “12 tribus”) se caracteriza por su carencia de empatía, mientras que los hijos intermedios suelen tener un carácter más equilibrado y una personalidad exitosa, rebelde e independiente. Cabe decir que Adler mismo fue el segundo de siete hijos.

En tiempos más recientes, Catherine Salmon, investigadora en la Universidad de Redlands, en Estados Unidos, llegó a la conclusión, luego de diversos estudios, de que el lugar en que una persona nace dentro de una familia incide en al menos un aspecto: la prioridad con que establece sus relaciones. Según ella, el hijo primogénito y el benjamín suelen tener relaciones más estrechas con sus padres o con su familia en general, mientras que los hijos intermedios presentan una mayor facilidad e interés para establecer vínculos fuera del círculo familiar.

Que los hijos mayores sean más cautelosos quizá se explique por la primera experiencia de paternidad y maternidad que su nacimiento supone para sus progenitores. No hay una forma correcta de criar a un hijo, menos aún en el caso del ser humano, y es del todo comprensible que los padres cometan mil y un errores en la educación de sus hijos. En ese sentido, ¿cómo no esperar un exceso de celo y precaución en la primera experiencia de crianza? ¿Cómo no entender a dos individuos primerizos que tienen frente a sí una criatura a todas luces frágil y dependiente?

Es posible que ese cuidado vertido en el primogénito también los haga más altos y más proclives a la obesidad. Sobre la estatura existen numerosas investigaciones que respaldan la relación entre la condición de hijo mayor (o único); por ejemplo, la que realizó Wayne Cutfield, de la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda, en la cual encontró una diferencia promedio de 2.5cm en la estatura en comparación con sus hermanos.

Sobre la relación con la obesidad, Darren Dahly, epidemiólgo de la Universidad de Leeds, ha sugerido un efecto del estado prematuro del útero en el caso del primogénito en la calidad de nutrición que éste recibe durante el tiempo de gestación, menor en comparación a gestaciones posteriores. En este contexto, el bebé que al nacer experimenta la sensación de estar satisfecho, queda prendido de ésta, al grado de que se inscribe profundamente en su inconsciente, convirtiéndose después en una tendencia a la obesidad.

Curiosamente, aunque más cuidados, los hijos primogénitos o únicos también son más proclives a las alergias y enfermedades respiratorias como el asma, esto según un estudio dirigido por Matthew Perzanowski, de la Universidad de Columbia en Nueva York.

En el caso de las familias con varios hijos, el menor de todos suele desarrollar una personalidad inclinada a la aventura, el riesgo y la exploración. Al menos a eso apunta un estudio hecho por dos investigadores de la Universidad de California en Berkeley, Frank Sulloway y Richard Zweigenhaft, quienes encontraron que existe una probabilidad elevada de encontrar a hijos menores entre los practicantes de deportes extremos y, por otro lado, que entre dos hermanos que participan en un partido de béisbol, el hermano menor intentará robar una base 10 veces más que el hermano mayor.

En un campo afín, pareciera que dicha tendencia al riesgo de los hermanos menores también puede convertirse en una forma muy peculiar de liderazgo. Un estudio realizado en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, sobre los políticos del país, encontró una relación significativa entre el lugar que éstos ocupan en sus respectivas familias, siendo que el 36% de ellos eran hijos primogénitos contra 19% de benjamines. Curiosamente, cuando se trata de liderazgos revolucionarios, que buscan cambiar verdaderamente las cosas, los hijos menores toman la delantera: otro estudio del profesor Sulloway encontró que mientras que Charles Darwin fue el quinto hijo en su familia, la mayoría de los opositores en su época a la teoría de la evolución eran hijos primogénitos.

¿Será que el orden en el que nacemos nos hace más o menos inteligentes? De acuerdo con una investigación dirigida por Petter Kristensen, de la Universidad de Oslo, los hijos mayores superan en 2.3 puntos (en promedio) a sus hermanos en pruebas de coeficiente intelectual. 

Sin embargo, las conclusiones de esa investigación cambiaron cuando Kristensen analizó el caso de hombres de familias cuyo primogénito había muerto y, por consecuencia, ellos adquirían de facto el estatus de “hermano mayor”; en ese caso, las pruebas de inteligencia arrojaban resultados similares, por lo cual el investigador concluyó que más que el orden en que se nace, lo que importa es el lugar cultural que se ocupa en el marco de una familia, una comunidad o una sociedad.

En ese sentido, es claro que todas estas son perspectivas que pueden ponerse a debate. En el caso del ser humano, la influencia del factor cultural nunca puede subestimarse, pues su peso es tanto y ha demorado tantos siglos en formarse, que el medio cultural en el cual nacemos se convierte en una segunda naturaleza para nosotros, y acaso cabría decir que es nuestra naturaleza definitiva, la más auténtica, aun si en el fondo todo surgió como una impostura.

 

Con información de New Scientist

 

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