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La sutileza metafísica y erótica del sacrificio védico

Todos los grandes sistemas religiosos de la India miran a los Vedas como sus textos fundacionales y en ellos al sacrificio (yajna) como la actividad reguladora del cosmos y como la acción salvífica por excelencia. Para el hombre védico, el cosmos había sido creado por el sacrificio del dios progenitor Prajapati y la salvación estaba ligada a imitar este acto que era, a su vez, una restauración de la divinidad.

El sacrificio védico busca abarcarlo todo, en su perímetro litúrgico está el universo entero, y cada cosa corresponde a otra -la mantequilla es el fuego, es el semen, es el dios, etc.-. El sacrificio es el acto que los dioses hicieron primero, el acto con el que se creó el mundo, y es también el acto con el que el hombre se hace como los dioses. Un acto todo-abarcante, todo-inclusivo, por supuesto, debe incluir no sólo el sexo sino también el erotismo. 

Roberto Calasso, en su extenso estudio del sacrificio védico y el ardor fundacional (el tapas), basado en el Satapatha Brahmana y en algunos himnos del Rig Veda, hace una fina lectura de la presencia siempre latente del erotismo en la arena del sacrificio. Sacrificios con los que se buscaban a veces cosas mundanas como la fertilidad de la tierra, eliminar a un enemigo y demás, pero que siempre estaban permeados por el deseo de alcanzar el cielo, el estado de los dioses. Explica Calasso: “El altar es un mujer. Tiene las proporciones de la mujer perfecta”. La mujer debe ser vestida, se cubre el altar de “fina grava o con arena, para revestir su cuerpo con una película levemente brillante. Después con pequeñas ramas y con hierba. La mujer -el altar- se embellece, es ayudada a embellecerse a la espera de que se ‘presenten los dioses’. Así pasa una noche”. Finalmente entra su amante, el fuego, “porque el altar (vedi) es femenino y el fuego (agni) es masculino La mujer yace envolviendo al hombre. Así acontece un coito fecundo. Por eso él levanta los dos extremos del altar sobre los dos costados del fuego”. Y añade:

La escena sacrificial era también una escena erótica. Donde no era necesario que la cópula sucediese bajo la mirada de una multitud, como en el sacrificio del caballo. A veces bastaba con la aparición de un ser femenino para que el semen fuera vertido. Algunos de los rsi más poderosos [los sabios que vieron los himnos en el cielo] tuvieron este origen que señala la sobreabundancia de su vida mental. Nacieron, en efecto, sin que su padre tuviera necesidad de tocar el cuerpo de la madre. Tan invasivo era el deseo, kama, que una vez Prajapati -Kama era otro de sus nombres- vertió el semen a la vista solamente de Vac durante un largo sacrificio. Era un sattra de 3 años, que estaba celebrando junto con los Deva y los Sadhya, los oscuros dioses que habían precedido a los Deva. “Allí, a la ceremonia de iniciación, llegó Vac [la Palabra] en forma corpórea. Al verla simultáneamente fue vertido el semen de Ka y de Varuna. Vayu, Viento, lo dispersó en el fuego a su gusto. Después de las llamas nació Bhrgu y el vidente Angiras de las brasas. Vac al ver a los dos hijos, al mismo tiempo que ella misma era vista, dijo a Prajapati: “Que nazca un tercer vidente, además de estos dos, como hijo mío”. Prajapati, a quien estas palabras fueron dirigidas, dijo a Vac: “Que así sea”. Entonces nació el vidente Atri, igual en esplendor a Sol y Fuego.

[…] En muchas ocasiones, para justificar el silencio que debe acompañar a ciertas operaciones del rito, el Satapatha Brahamana dice: “Porque aquí en el sacrificio hay semen, y el semen se vierte en silencio”. Desde el momento en que se instalan los fuegos hasta el final de la liturgia, nos encontramos en medio de un campo de tensiones eróticas y los actos culminan en momentos de silencio en los que se vierte el semen.

[…] Había un sacerdote, el nestr, cuya función principal era escoltar y guiar a la esposa del sacrificante -única mujer presente- hacia la escena del sacrificio. Sin embargo, la esposa no tenía reservada ninguna función importante. Sólo dos gestos, delicados, eróticos, que el nestr vigilaba. En tres ocasiones la esposa cruzaba la mirada con el udgatr, el “cantor”. Con esto bastaba para que sucediese la unión sexual, una de las numerosas que escandían el rito. Porque la mujer, en esos instantes, pensaba: “Tú eres Prajapati, el macho, el que aporta el semen: ¡pon el semen en mí!”. Después la esposa se sentaba y en tres ocasiones descubría el muslo derecho. En tres ocasiones se echaba allí, en silencio, el agua pannejani [agua lustral], que había recogido esa mañana. Todos callaban, se oía sólo el leve fluir del agua. Después, la esposa volvía a quedar oculta detrás de una cortina.

En un determinado momento el sacrificante ponía frente a su consorte una vasija con manteca clarificada y le ordenaba que la mirase. La mujer, así, “baja la vista hacia la manteca sacrificial”. Entonces, se nos dice, “la manteca clarificada es el semen”. Por eso lo que sucede en ese momento, entre el ojo de la mujer y la manteca, es “un coito fecundo”.

(Roberto Calasso, El ardor, pp. 238-241)

 

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Dicen que si te elevas caerás después; que la gloria es efímera; que jactarse cuando uno está en el pico de la montaña es un suicidio; que no tomemos la cumbre de la ola como si fuésemos a permanecer en ella, pues en un abrir y cerrar de ojos nos hundiremos en el abismo que sigue a la dicha; dicen que aplaquemos nuestra euforia, que nos aseguremos, que nos contengamos, que estemos preparados para lo peor pues la caída se asoma sigilosamente ya en la cumbre; dicen que regulemos nuestras emociones, que calculemos, que preveamos, que miremos con el ojo gris de la prudencia, que nos apaguemos un poco para no sentir el contraste.

¡Pero yo no digo nada de eso, sino lo contrario! Digo que cuando estés en la cumbre de la ola, en el clímax, en la cúspide, en la gloria más alta amenazada por la destrucción, en la plenitud asediada por los precipicios de una inminente caída, te glorifiques como a un dios y rías a carcajadas como un demente que no conoce el final; que lo tomes todo, que te entregues a la dicha sin reticencias, y que luego experimentes la caída más brutal y más dura como corresponde a quien realmente ha conocido la felicidad entregándose de lleno a ella.

En mis momentos de fortuna alzo orgullosa la cabeza y me jacto, ¿qué me interesa si después soy una mendiga, una desdichada? Yo vivo el ahora. Este instante lo es todo. Este instante es la felicidad.

 

Blog de la autora: Revolución Espiritual