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Estudio muestra que los ricos dicen más mentiras y son menos éticos que los pobres

Sociedad

Por: pijamasurf - 01/29/2019

¿El dinero corrompe?

Se podría argumentar que la búsqueda de la riqueza económica es el principal motivante de la sociedad moderna, algo que, por otra parte, no parece servir demasiado para conseguir lo que realmente buscan las personas: la felicidad. Se sabe que después de una cierta cantidad de dinero -la suficiente para poder vivir sin lujos, pero sin demasiado estrés-, aumentar las ganancias no se correlaciona con la felicidad. Por otro lado, tener dinero, lo que aparentemente permite tener una mejor educación, no parece estar vinculado con ser honestos y éticos. Claro que esto a muchas personas no les ha de parecer algo importante -es decir, que el dinero no haga a las personas buenas, sino que en cierta forma tienda a lo contrario, no tendrá mucho peso en su búsqueda de la riqueza, ya sea porque la moral no es algo en lo que reparen, o porque se consideran exentos de tales generalidades-. "Greed is good", dice famosamente Gordon Gekko en la película Wall Street. Estamos bastante lejos del ideal platónico del bien y la justicia como aquello a lo cual el ser humano debe aspirar. 

En un estudio realizado por investigadores de la Universidad del Noroeste en Estados Unidos se analizó la relación entre la ética y la posición socioeconómica, y se encontró que aquellas personas con mayores recursos tienden a comportarse menos éticamente y más egoístamente. La primera parte del estudio consistió en un cuestionario con preguntas como la siguiente: "El cajero de un Starbucks te dio un billete de 20 dólares por error de cambio, pero no te diste cuenta hasta un par de cuadras después. ¿Regresas a devolver el dinero? ¿Hace alguna diferencia si el dinero te lo dio un amigo y, por lo tanto, le darías el cambio extra a él? Se realizó una serie de ocho preguntas como esta, con la particularidad de que el comportamiento antiético tenía la variable de poder beneficiarlos a ellos mismos o a otra persona. También se recabaron datos sobre el nivel socioeconómico de los participantes. Los resultados en esta parte mostraron que las personas adineradas tendían más realizar una acción incorrecta cuando les beneficiaba a ellos, y los menos acaudalados, cuando beneficiaba a alguien más.

En otro experimento se le pidió a un grupo de voluntarios que participaran en una serie de tiradas electrónicas de dados a las que sólo ellos tenían acceso; si sus números igualaban 14, podían ganar 50 dólares en regalos. Alternativamente se hizo la misma prueba, pero diciendo que las ganancias serían para regalárselas a alguien más. El sistema, sin embargo, estaba arreglado para que no pudiera sumar 14. Los resultados indicaron que las personas de alto nivel socioeconómico mintieron el 47% de las veces cuando ellos mismos se beneficiaban y sólo el 5% cuando beneficiaban a alguien más. Las personas de nivel más bajo mintieron sólo el 5% cuando ellos mismos se beneficiaban y el 37% cuando beneficiaban a alguien más.

Hay que decir que esta prueba fue realizada en una ciudad europea, y quizás pudiera tener resultados distintos en otra parte del mundo. No obstante, los investigadores esbozan la tesis de que las clases altas se sienten más empoderadas y suelen crecer con cierta impunidad, por lo cual les resulta natural hacer trampa o engañar para su propio beneficio (ya que confían en que sus actos no tendrán consecuencias). Una especie de aspecto oscuro del poder. Otra razón podría tener que ver con que las personas con menos ingresos suelen tener vidas más comunitarias y auténticamente empáticas, cercanas y por ello más sensibles al sufrimiento de los demás, lo que las hace querer compartir más. Y aún más, quizá las personas acaudaladas suelen ser más egoístas, pues precisamente esto es lo que les ayuda a tener más dinero.

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El estereotipo feminista y otros estereotipos

En el imaginario popular existen estereotipos rígidos sobre diversos grupos de personas. Está, por ejemplo, el intelectual, que usa anteojos, se expresa con palabras rebuscadas y es un nerd. Tenemos, asimismo, al abusivo, que suele ser de gran tamaño, escasa inteligencia y usar cierto tipo de prendas como, tal vez, una pulsera de púas. Podemos citar, también, a la chica popular: una joven rubia, hermosa y superficial. Si pensamos en el estereotipo de santurronería, probablemente imaginemos a una vieja de mente cuadrada y amargada, que se horroriza con facilidad, arma escándalos en nombre de la moral y usa aretes y collar de perlas, así como el pelo corto peinado de peluquería. Si pensamos en un neonazi, imaginaremos a un sujeto con tatuajes, agresivo, que escucha música estruendosa, es pelado, usa ropa militar y botines y se dedica a golpear a ciertas personas. El estereotipo de judío, por su parte, es el de una persona avara y mezquina, otras el de una víctima perseguida. El del homosexual es el de un hombre afeminado y escandaloso que viste de mujer unas veces, el de hombre artista y delicado otras, y el de un energúmeno promiscuo y descarriado que se droga y se desvive en discotecas también. Asimismo, el de la lesbiana suele ser el de una mujer masculina que odia a los hombres y es agresiva, o el de una mujer femenina y siempre atractiva y sensual, provocativa para los hombres. El estereotipo de granjero versa sobre un hombre con sombrero de paja, con acento extraño y de una simplicidad y estupidez admirables.

Estos estereotipos sirven para fortalecer los prejuicios de la gente y ordenar su realidad sobre el mundo de los seres humanos, estructurándolos en esquemas sencillos que puedan manejar de forma inmediata. Sin embargo, esto presenta serías desventajas, en el sentido de que no permite conocer la realidad tal como es en su diversidad. Encasilla a las personas y no consiente un margen más amplio de identidad y acción. La realidad no encaja tan bien en el imaginario popular y a menudo éste se halla desfasado de ella, y, por qué no decir, sirve de herramienta a individuos inteligentes, pero sin escrúpulos, que saben cómo servirse de él para lograr sus fines, manipulando a las personas a través de lo que podemos llamar una mitología de la personalidad de los siglos XX y XXI. Esta mitología, con personajes, caricaturas o moldes burdos, es una plataforma que alimenta los prejuicios arraigados en las personas y permite generalizar sobre diversos grupos atropellando las particularidades individuales de cada uno. Si eres rubia, entonces eres superficial; si eres negro, luego sé que eres caliente; si eres homosexual, entonces adivino que eres promiscuo; si eres juez, asumo que debes ser una persona severa; si eres anarquista, doy por sentado que eres un drogadicto; si eres budista, es porque amas la paz; si eres vegetariano, es porque eres de izquierda; etc. Pero la verdad es compleja y podemos ver a mujeres hermosas de cabello claro de gran inteligencia, a homosexuales que aman profundamente con amor puro y llevan a cabo una relación más estable, duradera y enriquecedora que muchos heterosexuales, a “neonazis” que más allá de su nube teórica son, en la práctica, personas compasivas y menos nazis que muchos individuos antinazistas e izquierdistas, que tienen amistades de color y que no serían capaces de matar ni a una mosca más allá de su teoría imaginaria y, finalmente, a santurronas que visten tacos y a la moda, hablan con jergas, parecen adolescentes, se creen muy sensuales y logran parecer gente cool, y sin embargo creen en los dogmas de la iglesia a pie juntillas en lo que les conviene para juzgar y condenar a los demás mientras ellas viven, por ejemplo, en la opulencia que condena el Evangelio. También podemos hallar a mujeres consideradas feas que han tenido más éxito con los hombres que otras mujeres que, siendo tenidas por hermosas, permanecen mucho tiempo solteras, así como a personas inteligentes que eran malas estudiantes en el colegio y a otras que, pese a haber sido buenas, no son tan listas. Estas no son excepciones, pues a menudo la realidad nos confronta con tantas sorpresas y tal grado de excepciones en las tipologías humanas que ya no nos es posible hablar de las mismas como tales. En el mundo existe todo tipo de gente, una variedad impensada que no cabe en un imaginario amplio, y qué decir de uno estrecho; un abanico con multiplicidad de colores, gamas y tonalidades. Es necesario comprender eso para empezar a no prejuzgar a las personas en su totalidad por una o dos características.

Uno de los estereotipos de los que más se abusa y que no he mencionado, es el del individuo feminista. En primer lugar, se asume que siempre es mujer; en segundo, que es amargada e histérica; en tercero, que si no es lesbiana es una heterosexual sexualmente frustrada, fea y “solterona”; en cuarto, que es necesariamente de alguna ideología política y siempre de izquierda; y, por qué no, añadir que odia a los hombres y tiene una obsesión paranoide con el patriarcado. Este estereotipo, como muchos otros, resulta nocivo, porque la imagen sobre el feminismo que termina creándose en la mente de las personas es falsa y negativa, de forma que presenta un obstáculo para los avances en materia de emancipación femenina.

Algunas feministas, sin conciencia de lo que hacen, refuerzan el clásico estereotipo con actitudes que calzan fácilmente en el mismo. Hacen gala, de forma desafiante e intimidante, no exenta de violencia, de una autosuficiencia y fortaleza exageradas que rayan con lo fingido. La verdadera fortaleza es serena y no se exhibe, consiste en aceptar nuestra propia fragilidad como personas sin recubrirla de una coraza. Otra forma en la que refuerzan el estereotipo es sirviéndose de imágenes antiestéticas, a veces vulgares, de textos en los que se trasluce resentimiento y de palabras groseras y malos modales para protestar, con razón, pero de forma inadecuada, contra un sistema injusto por su sexismo.

Propongo reemplazar, como una forma de hacer contrapeso, los viejos estereotipos por modelos nuevos, cierto feminismo de la mujer sufrida y hastiada por un feminismo de emancipación lleno de esperanza, por un feminismo de empoderamiento, de grandeza, por un feminismo que en lugar de apesadumbrar libere. El procedimiento consiste, además, en no asustar a la gente, sino en llamarla a nuestra causa y llegar a ella de forma eficaz. Debemos preferir la transmisión clara del mensaje antes que una forma subjetiva de desahogarse de la ira generada por la injusticia y antes que el escándalo infructuoso. Formulamos un feminismo que no se limita a destruir los viejos esquemas, sino que crea nuevos paradigmas; que no se estanca en la demolición de prejuicios, sino que va más allá y levanta ideales. Reemplazaremos a cierto feminismo gastado y pesimista del mero reclamo por un feminismo airado, insurgente, vigoroso, por un feminismo lleno de utopía. Algunos feminismos deben adoptar otra estética, otro lenguaje y otra forma general de exposición. La estética feminista debe ser bella, debe ser como un imán. El feminismo, además, no debe estar circunscrito a ninguna ideología política particular que restrinja su alcance, siendo asequible a personas de izquierda como de centro y de derecha, y a quienes no se suscriben a ningún partidismo político y se consideran más bien apolíticos. Finalmente, el nuevo modelo del individuo feminista debe presentar a personalidades atractivas, es decir, que en lugar de generar rechazo y recelo atraigan por sus cualidades sobresalientes y brinden confianza; personalidades admirables, dignas de forjar asombro y trasmitir libertad, liberación, vida, poder, y hacer pensar a los niños: “De grande quiero ser como ella/él”.

 

Blog de la autora: Revolución Espiritual