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La astrología expande enormemente el significado de los procesos a nivel individual y colectivo a través de sus símbolos y arquetipos

La consulta astrológica y la psicoterapia como práctica metafísica, tienen el propósito de reunir la psique individual con el alma del mundo, encarnando conscientemente la psique y la experiencia personal con el mundo de las fuerzas, imágenes y mitos que organizan la personalidad y que, al mismo tiempo, son el acceso al mundo invisible del alma. Mundo a través del cual la persona, eventualmente, colmará la intrínseca necesidad humana de sentirse relacionado a algo más grande que sí mismo.
La astrología expande enormemente el significado de los procesos a nivel individual y colectivo a través de sus símbolos y arquetipos, los cuales tienen ritmos, cualidades. La carta natal, en su dimensión psicológica, describe posibles patrones de personalidad, dialécticas míticas que habitan y toman fuerza en diferentes períodos de la vida. Por lo tanto, la carta natal puede, a través de un proceso terapéutico, conectarlo a uno mismo con su ser profundo, sintonizarse y refinar las propias cualidades en orden de descubrir la manera distintiva de ser en el mundo. Así, al permitir que nuestro ser profundo emerja conscientemente, estamos asistiendo a que nuestro destino se cumpla, y, por ende, estaremos asistiendo, como participantes activos, al plan cósmico.
La astrología, además, puede aportar a la actual psicología, o, mas bien diría, puede devolver al estudio de la psique sus bases metafísicas.
Desde esta perspectiva, tanto estudiar astrología como iniciar un proceso terapéutico a través de la consulta astrológica, es un viaje por las profundidades de las imágenes planetarias y fuerzas universales que dan vida y se manifiestan a través del cuerpo y los hechos momento a momento. Conocer las fuerzas e imágenes que gobiernan nuestra postura, carácter y destino, nos reúne con el cosmos en su sentido griego original: el de orden inteligente. La experiencia cumbre de la astrología es la de sentir cómo este orden inteligente nos incluye, y opera en nuestra psicología integral y hechos cotidianos, manifestándose a través de todas las formas de existencia cíclicamente.
Por lo tanto, nuestra experiencia y modalidad de ser en el mundo, y cómo respondemos a las vicisitudes cotidianas, no puede sino revolucionarse al estudiar astrología.
Sin embargo, astrología no es sólo la carta natal, la cual, además, puede ser interpretada de maneras diferentes según la cultura que la mire, como también afinidades y cartas natales personales. La astrología, además de contar con esta herramienta altamente eficaz de medición de los complejos arquetípicos principales de una persona y el mapa evolutivo de su desarrollo, el mayor aporte que en la actualidad, desde mi punto de vista, la astrología puede aportar a la psicología como disciplina moderna que es, es el de otorgarle un marco cosmológico que devuelva al estudio de la psique humana sus bases metafísicas.
Nuestra visión del mundo da forma a nuestras ideas, sensaciones y creencias desde las cuales interpretamos nuestras experiencias y accionamos en el mundo. Nuestra cosmovisión funciona a manera de un marco conceptual que organiza y da sentido a nuestra experiencia de ser en el mundo, y condiciona cómo respondemos a los hechos cotidianos y cómo nos relacionamos con los demás seres humanos y especies de nuestro entorno. Usualmente estos supuestos, creencias e ideas que dan forma y entendimiento de nosotros mismos, y la vida en general, permanecen inconscientes. A nivel colectivo, este conjunto de supuestos e ideas implícitas que conforman nuestra cosmología se apoya en ideas todavía más profundas e inconscientes acerca del lugar y el propósito del ser humano en el cosmos.
La exploración de un nuevo marco de referencia desde el cual damos sentido a la realidad nos puede orientar en esta transición. Esta exploración nos guiará necesariamente a cuestionar las creencias de base desde las cuales interpretamos y damos sentido a las experiencias, al mundo, las relaciones y a nosotros mismos.
La real aceptación de la correlación entre los ciclos planetarios y los ciclos psicológicos, implica el derrumbe de ideas muy profundas e invisibles que dan forma tanto a nuestra experiencia psicológica como a la percepción del ser humano y su función en el mundo.  Aceptar que somos habitados por un entramado de fuerzas representadas en los mitos y las relaciones entre los dioses, confronta directamente el paradigma monoteísta y piramidal en cual actualmente vivimos, en cual un dios trascendente ha creado el mundo pero se encuentra por fuera de él. Por tanto, la materia y la fuerza que la anima se encuentran fragmentadas, y esta fragmentación se expresa en nuestro modo de vida y es el reflejo de la relación con nuestros aspectos sutiles e imaginales. A partir de esto, se puede deducir que, de la idea de dios y, por la ende, la relación con el misterio, fundamentalmente monoteísta, deviene una psicología centrada en el yo. Aceptar que nuestra experiencia interna es plural, compleja y politeísta, que somos habitados por voces ancestrales y fuerzas universales implica el derrumbe de nuestra vieja experiencia de lo divino, una que pareciera ya no satisfacer la necesidad numínica de las personas.
A través de la consulta astrológica y la psicoterapia, los dioses vuelven a entrar al mundo y las fuerzas encarnan en el cuerpo, ya que la práctica metafísica de la astrología y la psicoterapia tienen como propósito reunir la psique y el cosmos, la materia y la energía, la conciencia y el cuerpo, a través del contacto con las fuerzas-dioses planetarios. Y así, de esta manera, vivir en concordancia con el orden inteligente a través de nuestro cuerpo y acciones cotidianas.

Estudiar astrología
Estudiar y aprender astrología también opera como práctica metafísica, incluyendo todo lo descrito anteriormente.
Hay preguntas fundamentales que aparecen cuando nos disponemos a estudiar e investigar astrología: ¿existen relaciones intrínsecas entre las estrellas, el ser humano y los hechos cotidianos? ¿existe una conexión entre todas las cosas?
Esto nos lleva a una de las premisas en cuales se basa la cosmovisión de la astrología: el cosmos como una totalidad interdependiente. El cosmos como una entidad viviente, animada e inteligente. En la cultura de la Grecia clásica, kosmos refería a un orden inteligente, en la cultura moderna cosmos es entendido mayormente como “todo lo que esta allá afuera, lejos, en la inmensidad”.
La percepción de interconectividad entre todas las formas de existencia, del cosmos como organismo inteligente que refleja un entramado de patrones coherentes y dinámicos, se refleja también en la experiencia personal, al percibirnos como seres complejos y plurales, percibiendo la posible reunión y colaboración entre las diferentes dinámicas psicológicas internas y la respuesta que damos a nuestro entorno.
Otra pregunta fundamental e inevitable es aquella relativa a la naturaleza del tiempo. ¿Qué es el tiempo? ¿es algo abstracto, cuantitativo, lineal? ¿o contiene cualidades, dinámicas que se manifiestan a través de los hechos externos y la psicología interna? ¿Qué expresa acerca del tiempo la evidente correlación entre los movimientos del cielo y los eventos en la tierra?
Esto nos lleva a otra premisa: “el tiempo como orden universal”.
La astrología evidencia que el tiempo está organizado, que contiene una coherencia rítmica que es posible mapear a través de la carta natal, los tránsitos, y las distintas técnicas interpretativas que se han desarrollado a través de las diferentes épocas y culturas.
(Relativo a esto, y en los tiempos actuales de gran popularización de los símbolos de las astrología, cabe hacer una aclaración. Mucho de lo que hoy en día se entiende como astrología se refiere, en realidad, a la astrología occidental).
Estudiar e investigar astrología y, por sobre todo, ir descubriendo su evidencia en nosotros mismos y en nuestra vida cotidiana, nos llevará, tarde o temprano, a una revolución perceptiva, psicológica y ontológica, ya que la percepción de la realidad en cual se funda la astrología, la de un cosmos interconectado, vivo, inteligente, animado, ordenado y coherente, es esencialmente diferente a nuestra actual modalidad de ser en la vida. A partir de ese momento, en el cual se habrá revelado el amor que surge en la unión de la psique y el cosmos, el principal aprendizaje será aprender a sentirnos participantes del cosmos, re-aprendiendo y cocreando un nuevo modo de vivir.
Siendo que la astrología se apoya en la percepción de que el universo es una unidad interrelacionada, a menor escala, el Sistema Solar y, por lo tanto, la carta natal como representación simbólica del ser humano, es también una unidad relacionada, un sistema energético dinámico.
La carta natal representa la naturaleza multidimensional del ser humano.
La percepción del ser humano, el planeta y el cosmos como un sistema unitario, integrado e interdependiente es la base de la cosmovisión holística que la astrología evidencia.
Sin embargo, desde que nacemos y en tanto nos vamos desarrollando dentro de un contexto particular, vamos construyendo una idea de nosotros mismos que tiende a fragmentar la totalidad que somos.
Para ello, cabe mencionar la naturaleza del arquetipo.

COSMOLOGÍA ARQUETIPAL
Los arquetipos representan, en los diferentes niveles de manifestación, un patrón de organización a través del cual las fuerzas naturales se vehiculizan y toman forma en la experiencia material y humana.

Dimensiones del arquetipo
✴Arquetipos metafísicos: las Ideas de Platón, La geometría y matemáticas de Pitágoras // Dimensión vibracional
✴Arquetipos mitológicos: los arquetipos son comparados con dioses y diosas // Dimensión colectiva
✴Arquetipos psicológicos: Jung, planetas // Dimensión individual

Para ello, utilizamos otra herramienta que es la INVESTIGACIÓN TRANSPERSONAL.
La investigación transpersonal implica abrir un espacio de cuestionamiento y observación de nuestros patrones de respuesta, relación, conducta, sensación y pensamiento. Y cómo estos patrones se anclan en patrones culturales y universales. Despertar la percepción de patrones, el ojo arquetipal, aprender a captar relaciones, asociaciones donde antes no las veíamos, porque se encuentran en una dimensión de la realidad que no es visible a los ojos físicos, sino que para ello es necesario despertar y desarrollar nuevos órganos de percepción, lo cual requiere una radical revolución perceptiva, ya que esto implicaría aceptar que el mundo percibido por los cinco sentidos es el aspecto visible de configuraciones invisibles.

 

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La fe y el placebo parecen sugerir un poder mental latente, capaz de moldear la materia

El paradigma dominante de nuestra cultura nos dice que nuestros deseos y pensamientos -nuestra conciencia en general- tienen un claro límite y no pueden alterar el mundo material sino a través de la misma materia, utilizando fuerzas materiales o herramientas. Esto es algo en cierta forma evidente, ya que lo experimentamos cotidianamente: una separación entre el mundo externo y el mundo interno. Y sin embargo, existen vislumbres o atisbos de que quizá esta condición que nos parece constitutiva de la realidad, tal vez no lo sea. Históricamente, entramos aquí en la región de la magia y de la fe. Pero magia y fe, en el sentido clásico, no son distintas. Pues como sostiene el manual Arbatel: De magia veterum, el mago no es sino aquel que sirve a Dios, y por servir a Dios todos los espíritus le sirven a él. En tiempos más recientes, como un fantasma indeseado en su sólido e impoluto edificio, el placebo ha penetrado en la discusión científica, poniendo en duda la visión meramente materialista de la realidad.

En los últimos años la evidencia sobre el efecto placebo se ha vuelto insoslayable; investigaciones como la de Jo Marchant han mostrado que el placebo puede usarse para tratar numerosos trastornos y enfermedades físicas. Además, el placebo funciona incluso cuando los pacientes saben que es placebo. Esto lo hace muy similar a lo que llamamos fe. Aunque es posible que el efecto placebo no sea meramente un efecto "mental" sino algo psicofísico, de cualquier manera lo que implica horada los fundamentos tanto del paradigma materialista como del dualismo cartesiano, pues postula que el pensamiento -sea éste algo físico o algo mental o espiritual- puede afectar procesos como la sanación de heridas y ser tan potente como un opioide en el tratamiento del dolor. En tiempos recientes, algunos físicos han empezado a postular al panpsiquismo como la teoría más convincente para explicar la naturaleza de la conciencia, "el problema duro de la ciencia", según la famosa frase de David Chalmers. Ya sea que la conciencia sea una propiedad universal de la materia o la misma materia sea una propiedad emergente de la conciencia, es indudable que la conciencia plantea un misterio y no sabemos hasta qué punto puede determinar la naturaleza de la realidad que experimentamos. Es posible, como creía Plotino, que la conciencia no esté en el universo y que el alma no esté en el cuerpo, sino que el universo esté en la conciencia y que el cuerpo esté en el alma.

Antes de que la ciencia discutiera el poder del placebo o de la sugestión y la actitud mental para tratar ciertas condiciones, la religión habló sobre el poder de la fe. Particularmente, la fe es central en el cristianismo, la religión a partir de la cual se ha generado en gran medida la ciencia, pese a que parezcan ser radicalmente opuestas. En este sentido, el locus classicus es el evangelio de Mateo (17.20), donde Jesús dice que la fe mueve montañas y que aquel que tenga fe podrá hacer cosas aún más grandes que él. Según el teólogo Hans Urs von Balthasar, hay aquí un "vínculo" entre

la completa y verdadera fe y la omnipotencia de Dios. Pues la persona que llega al punto de confiar en Dios absolutamente, quien permite a Dios total ascendencia sobre sí mismo, quien deja que Dios sea su 'todo' en su 'nada' -para esta persona la relación se revierte completamente: ahora él tiene poder sobre Dios. Dios puede hacer todas las cosas en él (porque él no pone ninguna resistencia) y por ello él puede hacer todas las cosas en Dios.

(Estética teológica, volumen 1)

Schopenhauer escribió: "el hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere". La frase, si bien admite numerosas interpretaciones, generalmente se interpreta como diciendo que la voluntad no es libre, está determinada. El hombre no puede querer lo que quiere, porque lo que quiere desde su voluntad personal está sujeto a una serie de factores incontrolables que la determinan. El poder hacer lo que quiere está sujeto o condicionado, a fin de cuentas, a querer lo que quiere, pues aquello que haga no será lo que realmente quiere si no puede querer lo que quiere. Subvirtiendo la frase de Schopenhauer en una interpretación teológica, y tomando de manera absolutamente positiva la frase "el hombre puede hacer lo que quiere", es decir como auténtica, es posible vincularla con lo que dice Von Balthasar. Y así podemos solucionar esta paradoja diciendo que la auténtica voluntad del hombre no es la voluntad personal, que es sólo cuando anula esa voluntad personal que se instala o se activa la auténtica voluntad que no es "suya", en tanto que no es el querer del ego. Quien deja que Dios sea su 'todo' en su 'nada', solo ése puede hacer lo que quiera, pues quiere lo que realmente quiere, quiere no con sí mismo, sino con el poder de Dios. Se trata entonces de eliminar la propia voluntad, o lo que es lo mismo, alinear la voluntad de la persona con la voluntad divina.

En el Evangelio abundan ejemplos donde la fe opera como lo que hoy la ciencia llamaría placebo. Jesús incluso dice a los enfermos: "es tu fe la que te ha sanado". La fe es postulada como un poder milagroso que existe en el ser humano, en tanto su semejanza con Dios, y al cual es iniciado por Jesús, quien, como se dicen en la Iglesia ortodoxa, es "Dios hecho hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios". Balthasar admite que estos famosos episodios pueden ser comparados con las acciones atribuidas a diferentes gurús de la India, e incluso:

es posible ver similitudes especialmente con el budismo zen y el arte aprendible de la completa no voluntariedad, a través del cual lo absoluto trabaja en la persona pasiva, quien, precisamente como tal y en esa misteriosa inversión, recibe de Dios todo lo que quiere.

Este es el famoso wu wei, el no hacer que activa el dinamismo inherente del Todo, la armonía del tao, la mente del Buda, etc. Dogen lo dice así:

Estudiar el sí mismo es olvidar el sí mismo. Olvidar el sí mismo es ser actualizado por las 10 mil cosas (por el universo). Cuando es actualizado por las 10 mil cosas, tu cuerpo y tu mente y los cuerpos y las mentes de los demás cesan. Ningún trazo de la iluminación permanece, pero este no-trazo continúa infinitamente.

En otras palabras, cuando se olvida el yo, el universo mismo actúa en uno y el todo se reconstituye en la parte, en un infinito e indescriptible proceso gestalt que es el estado de la iluminación, si bien es no dual y, por lo tanto, trasciende el conocimiento. Este estado es también llamado la "joya que concede todo los deseos", es decir, la mente en su estado puro, sin interferencias.

Por supuesto que esto no prueba que la mente humana sea omnipotente, y no podría hacerlo pues, de nuevo, lo que ha planteado siempre la religión es que el poder de la mente es una cuestión de fe. Algo que puede apoyarse en la razón, pero necesita ir más allá de ésta. Aquí se dividen las aguas. Y no obstante, todos experimentamos que la confianza mejora siempre consistentemente el desempeño de una persona en cualquier actividad que realiza. Así que ya sea un proceso místico de éxtasis, en el que la divinidad actúa a través de la persona, o simplemente un estado de seguridad que elimina el nerviosismo y que deja que el cuerpo mismo haga su trabajo sin los obstáculos de la tensión, no hay duda de que la fe tiene sus bondades. La pregunta entonces es si podemos realmente aprender a tener fe, más allá de ejercicios de superación personal y cosas por el estilo. Para la religión, la fe es una cuestión de gracia, pues es la misma luz de la divinidad en el individuo. Lo más que se puede hacer es realizar prácticas ascéticas de purificación y esperar que habiendo limpiado el terreno -el cuerpo y la mente-, la persona sea más apta para recibir el rayo de la fe.