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Aristóteles y Dante y la suprema imagen de un dios que magnetiza al cosmos hacia la actualización de su esencia a través del amor

Muchos de los más prominentes filósofos de la antigüedad consideraron a las estrellas como seres vivos o animales (vida según la definición antigua de aquello que tiene alma, aquello animado o dotado de movimiento y no en la definición biológica moderna que es igualmente arbitraria). Hasta el punto de que ya entrado el Renacimento, el mismo Kepler consideraba al cosmos como una gran armonía inteligente, en la que los planetas y estrellas eran comparables a grandes animales. Esta idea sería ridiculizada por la modernidad científica, que, siguiendo a Descartes, creyó ver un cosmos meramente material en el que el ser humano era el único animal consciente, y en el cual la conciencia era un epifenómeno de la materia, que tenía en el cerebro humano, por primera vez, la complejidad necesaria para generar la sensación cualitativa de un yo que experimenta (experiencia subjetiva, que, por lo demás, algunos científicos y filósofos contemporáneos creen que se trata de una especie de ilusión generada por el cerebro).

Este panorama, que nunca fue aceptado por la filosofía, pues no es del todo racional (siguiendo el principio de Parménides de que un universo inteligible es necesariamente un universo racional, es decir, existe una identidad entre el ser y la razón o la conciencia), recientemente ha sido puesto en entredicho por la ciencia cognitiva y las filosofías de la mente. Algunos de los científicos y filósofos más reconocidos en el campo, como Christof Koch, David Chalmers o Galen Strawson, se han convertido al panspiquismo, o la noción de que la conciencia -o una cualidad mental de menor o mayor grado- debe permear el cosmos material, ya que de otra manera es inexplicable cómo ésta brotó de la materia, siendo radicalmente distinta e irreducible a procesos emergentes. "La conciencia es una propiedad fundamental del universo. Donde hay información integrada, hay experiencia", ha dicho Christof Koch. Lo notable del panpsiquismo es que, como ha notado el biólogo Rupert Sheldrake, implica cosas extravagantes como que el Sol y los planetas sean conscientes, aunque no necesariamente superinteligencias, sino que tengan una forma de experiencia subjetiva: se siente de cierta forma ser una estrella.

Ahora bien, el panpsiquismo nos sirve como excusa para reintroducir y reconsiderar una poética noción cosmológica que fue extensamente difundida en la antigüedad y en la edad media. Esto es, que las estrellas son almas movidas por el amor, o más precisamente por el eros, por el deseo de actualizar su ser. Esta idea fue introducida por Aristóteles en su Metafísica, e influyó en toda la cosmología y filosofía natural de la antigüedad y la edad media, arribando finalmente a la hermosa teología de Dante, donde la visión de Dios en el paraíso es una mezcla de la teología y la cosmología platónica y aristotélica con la teología cristiana.

En el cosmos geocéntrico de Aristóteles, la Tierra y los planetas eran movidos por las estrellas fijas, de locomoción circular eterna, que a su vez eran movidas por el Motor Inmóvil. Este Motor Inmóvil, que Aristóteles identificó como Dios, es lo que le permite al filósofo evitar un regressus ad infinitum, donde una cosa es movida por otra, que necesita ser movida por otra y así ad infinitum. Esta divinidad siempre ha existido y es pura actualidad, es lo que es por siempre, inmutable y libre de toda afección. Su actualidad es el pensamiento de sí misma, la pura autoconciencia: "Dios es la actualidad misma de la inteligencia [...] vida perfecta y eterna." El Dios de Aristóteles no es no es la causa material ni eficiente del cosmos, sino su causa final, el propósito o objetivo hacia el cual las cosas tienden (su telos), y la forma de formas, el bien supremo. Mueve no a través de una acción material, sino a través de lo que diversamente se ha entendido como amor o asombro (o admiración). La naturaleza de Dios es tan maravillosa que las estrellas son movidas a imitarlo, queriendo actualizar su potencial. Son las estrellas fijas las que en cierta forma están más cerca de Dios e imitan el movimiento perfecto de la deidad con su locomoción circular, la cual es una respuesta de amor (o asombro) a la divinidad.

Aristóteles no deja claro que éstas estrellas sean seres conscientes o que exista en el cosmos una especie de alma racional (si bien en De Anima hay un misterioso pasaje en el que habla de una inteligencia activa que existe en la forma humana pero que trasciende la muerte del cuerpo y la cual identifica con Dios), sin embargo, esto no impide que las estrellas sean almas, de la misma forma que se considera, por ejemplo, que las plantas son seres vivos, almas vegetales, precisamente porque actualizan su potencial, florecen y dan fruto (siendo el alma en su maestro Platón el principio de movimiento). Para Aristóteles todo el cosmos está imbuido por un causa formal y una causa final -las dos causas que han sido extirpadas por la visión mecanicista de la ciencia moderna-; las cosas buscan actualizar su potencial y de alguna u otra manera imitan a Dios. Así la flor crece hacia el Sol y el Sol -esa flor celestial- se mueve en círculos en imitación de Dios, como si fuere, impulsado por un erotismo que es un magnetismo divino. Este principio teleológico que es intrínseco a la forma es lo que le permite a Aristóteles decir que todas las cosas son almas; el cosmos mismo está animado por un sentido o propósito, el cual tiende hacia el Bien (su actualización) o Dios. Para el hombre, la actualización o cumplimiento de su propósito existencial, es, en imitación a Dios, la contemplación, específicamente la contemplación del ser en sí, de la inteligencia pura, de la divinidad. Y en esto también, podemos decir, está movido, como las estrellas, por el amor -o el asombro, del cual nace la actividad filosófica.

La culminación más bella de esta idea -una de las más bellas e intuitivamente poderosas de la historia- la encontramos en la Divina Comedia de Dante, la cual cierra su último canto con versos inmortales:

 

ma già volgeva il mio disio e ’l velle

sì come rota ch’igualmente è mossa,

l’amor che move il sole e l’altre stelle.

 

Pero mi deseo y voluntad ya habían sido movidos-

como una rueda que gira uniformemente-

por el Amor que mueve al Sol y a las otras estrellas.

 

El ascenso de Dante al más alto cielo, donde se le concede la contemplación de Dios, pasando por el infierno y el purgatorio, guiado por Virgilio (la sabiduría, la virtud) y Beatriz (la belleza, el amor), se revela como un modelo prototípico, una via ascensionis universal, un mismo amor que mueve a los astros y los hombres. La actualización de aquello que somos, una finitud en la que la divina infinitud se hace inteligible, es un dejarse mover por el amor, un entregarse a ese misterioso principio magnético que nos hace buscar lo bueno e imitar lo que es eterno. Aquí (y en todo su Paradiso) Dante, como antes Plotino, sintetiza de manera magistral la filosofía de Aristóteles con la de Platón y nos muestra que Aristóteles, pese a criticar a su maestro, comparte una identidad profunda que permite leerlo, también, como un filósofo platónico. Pues, que el amor mueve a todas las cosas hacia Dios -o que Dios provocando el deseo mueve hacia sí al cosmos- es ciertamente una idea que encontramos en Platón (si bien primero parece haber sido formulada por Empédocles). Quizá en el silencio y en la quietud contemplativa el verdadero filósofo (o poeta) descubre que existe una danza, una eterna danza circular, que es la revelación de la divinidad como amor: su pura actualidad magnetizando a actualizarnos. Dante había sido heredero de una rica tradición que había comentado y hermanado El Timeo y El Banquete de Platón con la Metafísica de Aristóteles. Plotino escribió: "El alma existe en revoluciones alrededor de Dios a quien se aferra en su amor, manteniéndose, en el uso de su más alto poder, lo más cerca a posible a él, el ser del cual todo depende: y ya que no puede coincidir con Dios da círculos en torno a él". Y Boecio, el filósofo platónico cristiano, en su Consolación de la filosofía: "Feliz es el ser humano, si el amor que rige la estrellas en el cielo, rige también su corazón." Una frase de la cual hará eco Dante pero que incluso reaparecerá luego en Kant: " Dos cosas llenan la mente con siempre nueva admiración y asombro, entre más reflexionamos sobre ellas: arriba de mí el cielo estrellado y adentro de mí la ley moral." Kant no usa el término amor, pero al menos en esta frase parece alejarse de su característica sequedad y con cierta licencia poética nos habla del asombro que provoca esta coincidencia de una ley moral -es decir el bien ordenador- que existe tanto en el cosmos como en el corazón, asombro que, recordemos, es también usado por la tradición como aquello que mueve a las estrellas y a las almas en general a la imitación de Dios (y que además es la sentimiento filosófico por antonomasia). Dante entiende, como Kant y Boecio, que una misma ley rige al cosmos y al ser humano, y que su felicidad es alinear su voluntad con esta voluntad o ley superior que, para el poeta, es el amor. Y es que, ¿qué otra cosa es el poeta que quien reconoce que en el amor se accede a lo divino y en su deleite, de manera natural e irresistible, como la flor que crece hacia el sol, se desborda en canto y alabanza a este misterio?

Twitter del autor:@alepholo

Imagen: Ilustración del Paradiso de Botticelli  

 

 

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Esta es la principal aportación que hizo el Buda como pensador

Filosofía

Por: pijamasurf - 02/11/2019

La principal innovación al pensamiento de Gautama Buda, según uno de los más grandes expertos en estudios budistas

A unos 2 mil 500 años de su vida en la Tierra, Gautama Buda sigue siendo uno de los pensadores (por llamarlo de alguna manera) más influyentes de la historia. Su doctrina ha logrado expandirse por todo el mundo, en cierta manera colonizar gran parte de Asia (si bien, en India fue casi erradicada), y es probablemente el pensador religioso que mejor aceptación tiene en la corriente dominante del pensamiento moderno, la ciencia materialista (la nueva religión de nuestros días). Ante esto, resulta natural preguntarnos cuál fue la aportación más importante que hizo este hombre que renunció a una vida palaciega para descubrir la causa del sufrimiento y su posible eliminación.

Para responder esto podemos recurrir a Richard Gombrich, uno de los principales expertos en estudios budistas actualmente, particularmente en el budismo temprano -como fue recopilado en el Canon Pali-, aquel que es considerado por algunas personas el más cercano a las enseñanzas auténticas o no adulteradas del Buda (otros consideran que las enseñanzas esotéricas más elevadas fueron atesoradas en tradiciones orales que dieron lugar al mahayana y al vajrayana). El profesor Gombrich es presidente de la Escuela para Estudios Budistas de la Universidad de Oxford y uno de los académicos con mayor prestigio en el estudio de textos budistas en pali y sánscrito. 

En una conferencia magistral, Gombrich señaló que para él la principal innovación del Buda como pensador -pues lo considera un pensador más que un filósofo, por su enfoque eminentemente pragmático- es su particular entendimiento del karma. Como es sabido, karma significa acción en sánscrito, pero el Buda dijo: "por karma me refiero a intención". Este sencillo giro en el entendimiento de un concepto que ya era muy conocido en el contexto de las Upanishad dio a luz, según Gombrich, a un profundo entendimiento ético de la realidad, único hasta ese momento. De acuerdo con Gombrich, aunque la noción de que un estado mental puede generar karma -una reacción o consecuencia y por lo tanto, una atadura al mundo material- aparece ya en el Brihadaranyaka Upanishad, un texto que el Buda conocía, esta noción es apenas enfatizada en las Upanishad. El Buda, en cambio, creó toda una doctrina ética en torno a ella.

La noción de que la intención con la que se realiza un acto es lo que define su resultado es revolucionaria, especialmente en el contexto védico en el que el Buda se movía, que estaba basado en un rígido sistema de castas que se definían por los tipos de rituales que hacían. La clase alta de brahmanes era justamente aquella que podría realizar los sacrificios, es decir los actos rituales que dirigían el karma, y los cuales debían realizarse de manera estrictamente ortodoxa. Según Gombrich, esta noción de la intención como determinante del karma hizo que la ética "se desenlazara del ritual", y en consecuencia, que el bien y la salvación fueran accesibles a todos. Con esto, universalizó la ética. Una ética que en su sistema, además, era el pilar de la práctica que conducía a la liberación. Pues shila es la piedra angular sobre la que se construyen el samadhi (la concentración pacífica de la meditación) y el prajna (la sabiduría), que juntos son los tres elementos que llevan a erradicar el sufrimiento. El Buda enseñó que las buenas intenciones purificaban la mente y alistaban la mente para la meditación. Esta es la raíz de por qué el Dalái Lama hoy puede decir que su religión es simplemente la compasión.

A veces se dice que la primera aportación del Buda es darse cuenta que la realidad es sufrimiento, su primera noble verdad, pero la idea de sarvam duhkha​m está difundida en todos los sistemas filosóficos de la India, desde antes del Buda. Se trata, por otra parte, de una observación bastante evidente. El Buda, sin embargo, observó que la existencia tenía tres marcas: dukkha (insatisfacción o sufrimiento), anicca (impermanencia) y anatta (o ausencia de yo permanente). Esta última, la ausencia de un atman o yo permanente y por lo tanto una visión del mundo como cambio o flujo perpetuo, suele también citarse como su máxima innovación. Aunque ciertamente es una buena candidata, hay que señalar que esta idea suele confundirse mucho, y a veces se dice que el Buda niega la existencia del yo, algo que es incorrecto. El Buda sólo niega y responde a la noción de atman, el alma eterna inmutable de las Upanishad. Otras personas citan como su más grande aportación la técnica que desarrolló para alcanzar el sendero hacia la liberación. En este sentido podemos encontrar una coincidencia con lo que señala Gombrich, pues ciertamente la ética es parte esencial de su sendero hacia la liberación del sufrimiento. No obstante, algunos enfatizan su desarrollo de la técnica del vipassana, la cual sumó a las ya existentes técnicas para alcanzar el samadhi (o shamata). Sin embargo, es probable que los gérmenes de esta meditación ya se encontraran en ideas upanishádicas como el neti neti, el cual anticipa la práctica del vipassana de preguntarse por la naturaleza de la mente utilizando una vía negativa o apofática.