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Con seriedad y ánimo científico, Freud encontró en los sueños una puerta de entrada al conocimiento del inconsciente

Como es sabido, los sueños ocuparon un lugar fundamental en el desarrollo del psicoanálisis llevado a cabo por Sigmund Freud. De hecho, hasta cierto punto este elemento singular de la psique humana es uno de los motivos que mayor atracción o curiosidad provocan hacia la disciplina. 

Cuando Freud propuso usar los sueños para explorar el inconsciente, de algún modo recogió la herencia cultural que por muchos siglos consideró a éstos mensajes enigmáticos de importancia notable en la vida humana. Como detalle anecdótico cabe señalar la coincidencia que existe entre el título de la obra magna de Freud sobre el tema, La interpretación de los sueños (1899), y un tratado homónimo de Artemidoro (s. II), sumamente popular en la Grecia y Roma antiguas, y del cual, según los estudiosos, se deriva buena parte de los diccionarios de sueños que por muchos siglos han intentado develar el misterio que los rodea y decirle al soñante qué significan. 

¿Cuál es la diferencia, sin embargo, entre el tratado de Artemidoro y el método propuesto por Freud? Dicho de otra manera, ¿qué encontró Freud en los sueños que le interesó pero que al mismo tiempo, en el tratamiento que dio a éstos, lo alejó de la definición y el uso que hasta su época se les había dado?

Para responder esta pregunta es necesario recordar que la intención de Freud al desarrollar el psicoanálisis fue siempre de orden científico. En ese sentido, cuando el médico de Viena acudió a las fantasías nocturnas de sus pacientes, no pretendió retomar las investigaciones oníricas tal y como las habían dejado los poetas o los filósofos de la antigüedad, sino que más bien tomó los sueños como se toma un elemento que se lleva al laboratorio. Los miró, los estudió, intentó entenderlos y, sobre todo, buscó conocer su función y su origen en el marco de aquello que llamó el aparato psíquico humano.

El descubrimiento al que llegó Freud –dadas las condiciones y las limitaciones tanto de su época como de su trabajo– fue sorprendente, pues encontró que los sueños eran de la misma naturaleza que los delirios de las personas afectadas por la locura. 

Quien haya tenido contacto con una persona delirante sabrá que uno de sus rasgos más visibles es la pérdida de contacto con la realidad. Si bien el ser humano es sumamente peculiar a este respecto (haber desarrollado la conciencia nos llevó a experimentar de manera única la realidad: sustentada en percepciones reales pero codificada por un lenguaje abstracto), en el caso de la locura, la psicosis o el delirio, la desconexión entre la mente y la realidad es prácticamente absoluta: el sujeto no experimenta más que las formas que le dicta su delirio.

Entre otros hallazgos, al estudiar la enfermedad mental Freud constató la potencia de la mente, que es capaz de suplantar con una fantasía la experiencia de realidad hasta tal punto que impide a la persona volver a tener conciencia del mundo. 

Esos son los casos extremos, pero lo cierto es que en nuestra vida cotidiana hay más personas de las que creemos que se acercan a dicho estado delirante. La historia que nos contamos a diario, inconscientemente, que nos permite codificar la realidad es similar a ese delirio, con la diferencia notable de que existe un consenso social que la avala o, por otro lado, a nivel subjetivo, es suficientemente parecida a la historia que se cuentan otros como para permitirnos convivir y coexistir. 

Sin embargo, el mundo de los sueños es un mundo aparte. Freud encontró que el sueño es una especie de “delirio” que la mente humana es capaz de crear al dormir para permitir al yo establecer un acuerdo entre la necesidad de descanso y el aplazamiento de otros deseos. En Esquema del psicoanálisis (1940), Freud dice al respecto:

Todo sueño en tren de formación eleva al yo, con el auxilio de lo inconsciente, una demanda de satisfacer una pulsión, si proviene del ello; de solucionar un conflicto, cancelar una duda, establecer un designio, si proviene de un resto de actividad preconsciente en la vida de vigilia. Ahora bien, el yo durmiente está acomodado para retener con firmeza el deseo de dormir, siente esa demanda como una perturbación y procura eliminarla. Y el yo lo consigue mediante un acto de aparente condescendencia, contraponiendo a la demanda, para cancelarla, un cumplimiento de deseo que es inofensivo bajo esas circunstancias.

A continuación da estos tres sencillos ejemplos, “un sueño de hambre, uno de comodidad y uno de necesidad sexual”:

En el soñante, dormido, se anuncia una necesidad de comer, sueña con un soberbio banquete y sigue durmiendo. Desde luego, tenía la opción entre despertarse para comer o continuar su dormir. Se decidió por esto último y satisfizo su hambre mediante el sueño. Al menos por un rato; si el hambre persiste, no tendrá más remedio que despertar. El otro caso: el soñante (es médico y) debe despertar a fin de encontrarse en la clínica a cierta hora. Pero sigue durmiendo y sueña que ya está ahí, es verdad que como paciente, y entonces no necesita abandonar su lecho. O bien por la noche se mueve en él la añoranza de gozar de un objeto sexual prohibido, la esposa de un amigo. Sueña que mantiene comercio sexual, no con esa persona, ciertamente, pero sí con otra que lleva igual nombre, por más que ésta le resulta indiferente. O su revuelta se exterioriza en permanecer la amada en total anonimato.

La diferencia el delirio psicótico y los sueños es que éstos admiten la interrupción, una cualidad de enorme trascendencia, pues en tanto creaciones de la mente, la posibilidad de poder interrumpirlos significó para Freud la puerta abierta a su estudio a través del único medio que con el que contaba para explorarlos: la palabra del soñante. A través del relato que una persona podía hacer de un sueño que tuvo, Freud aprendió a conocer el inconsciente: su estructura, su comportamiento, su relación con la conciencia, su influencia en la vida de una persona y más.

Fue así como el médico de Viena hizo de los sueños un material privilegiado de conocimiento del aparato psíquico. La locura y el delirio permanentes son puertas selladas en la mente de quien los padece, pero no los sueños. Los sueños son una especie de locura momentánea, necesaria, que tenemos todas las noches (o casi) pero que, como el delirio, no se forman de la nada, sino que se nutren tanto de nuestras experiencias pasadas, como de nuestros recuerdos y de aquello que vivimos todos los días. En los sueños el inconsciente todo lo amalgama para permitir el loable objetivo de dormir. 

¿Pero entonces por qué un sueño es capaz de despertarnos? ¿Por qué surgen las pesadillas? ¿Por qué no es posible pegar la cabeza a la almohada y dormir de un tirón si es lo que verdaderamente queremos? 

Esos problemas tienen una raíz común: el deseo, que para el ser humano (y especialmente para el neurótico) nunca puede satisfacerse fácilmente, ni siquiera en los sueños. Dice Freud, también en Esquema del psicoanálisis:

No se debe olvidar que el sueño es en todos los casos el resultado de un conflicto, una suerte de formación de compromiso. Lo que para el ello inconsciente es una satisfacción puede ser para el yo, y por eso mismo, ocasión de angustia.

El deseo y su relación con la angustia es un tema que merece desarrollarse más ampliamente en otra ocasión. Por el momento basta saber que los sueños fueron para Freud una de las puertas de entrada al conocimiento del inconsciente (y, de paso, a la comprobación de su existencia). Después el psicoanálisis continuó sobre otras pistas, por lo que actualmente los sueños son tomados de otra manera, pero para el sujeto que desea conocerse son un material elocuente sobre las raíces profundas del Yo y las aguas sobre las que flota el árbol de la conciencia.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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