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Una invención que pronto adquirió una magnitud inesperada, sin duda al nivel de la imprenta o las transmisiones radiofónicas

Hoy hace 30 años, un investigador de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (mejor conocida como CERN, por sus siglas en francés) bosquejó un sistema que ayudara a mejorar el acceso y la conservación de la información relativa a los experimentos realizados en dicha institución, tomando como base los recursos de telecomunicación de la época (sobre todo la red conocida como Internet), la tecnología computacional existente y en especial el recurso del “hipertexto”, creado en los años 60, que permite enlazar documentos que se encuentran en lugares distintos (entre otras propiedades). En marzo de 1989 aquel investigador, de nombre Tim Berners-Lee, propuso este esquema:

Nadie sabía entonces las repercusiones que esta iniciativa tendría durante los años siguientes y, más aún, para la totalidad de la época en que vivimos. Un sistema de información pensado de inicio para un uso académico y de investigación se convirtió en uno de los medios de acceso a la información más importantes del mundo, tan importante como en su momento lo fueron la televisión o la radio y, aún más, con un impacto para la cultura humana equiparable al que tuvo la imprenta inventada por Johannes Gutenberg en el año 1450.

La World Wide Web (“red informática mundial”, su nombre más correcto) gobierna hoy buena parte de nuestro mundo. De la mano de las innovaciones tecnológicas en el mundo de la computación y la informática, su presencia cubrió en pocos años casi todo espacio y momento de la actividad humana. 

De hecho, Tim Berners-Lee pronto se dio cuenta de que su invento tenía un potencial que excedía por mucho las necesidades del CERN. Con un espíritu altamente civilizado, en vez de aprovecharse de eso (como ha sucedido en otros momentos de la historia), Berners-Lee impulsó otra iniciativa: crear una organización que se encargara de salvaguardar tanto como fuera posible los principios originales de la Web, como su libre acceso o la estandarización del uso de ciertas normas y lenguajes de programación.

Desde sus primeros años hasta su estado actual, la Web ha experimentado no pocas transformaciones. Una de las más importantes fue el momento de la llamada Web 2.0 que, grosso modo, dio a los usuarios mucho más margen de acción. Si al inicio el usuario de la Web era sobre todo “receptor” (en términos comunicativos) de aquello que transitaba por la red, a partir de la implementación de los cambios ocurridos en el marco de la Web 2.0, los usuarios de la Web tuvieron cada vez más participación, en varios ámbitos: la producción de contenido (con la apertura de herramientas como los blogs), los proyectos colaborativos (como Wikipedia) y aun la expresión de la opinión personal (como ocurre en las redes sociales). Esta forma de intercalar en la Web resultó tan exitosa que hasta la fecha es prácticamente la única manera en la cual concebimos la red, y esto a pesar de que los cambios al respecto comenzaron aproximadamente en el año 2000. 

"Doodle" conmemorativo por los 30 años de la Web (Google)

Con todo, si quisiéramos introducir una perspectiva crítica, valdría la pena preguntarse si en este momento la red no se ha convertido nuevamente en un medio fundamentalmente de emisión y consumo en el que la producción está controlada por un puñado de entidades. Todavía en los primeros años del siglo XXI era común navegar la Web al hilo de la curiosidad y el asombro, la intuición y al azar; había entonces espacio para la sorpresa, el riesgo y la novedad. Ahora, sin embargo, la puerta de entrada a la Web para millones de personas son apenas dos o tres sitios: Facebook, YouTube y, con otro uso, Google, los cuales ofrecen los contenidos existentes de acuerdo con criterios muy bien establecidos. El paraíso de información que, se creía, sería la Web, se redujo así, poco a poco, a una ventana estrecha que algunos se conforman con mirar a cada instante, aunque les ofrezca siempre el mismo paisaje. La conversión de la Web en un territorio dominado por el entrenamiento y la distracción es, en cierta medida, resultado de esta transformación.

Visto con perspectiva, podría pensarse que todo esto ha ocurrido a una velocidad vertiginosa. Ninguna innovación tecnológica había provocado antes en la historia tantos cambios, en campos tan distintos, en un período tan breve. Por lo demás, la naturalidad aparente con que se asentó en nuestra vida cotidiana ha hecho de la Web una de las tecnologías que adoptamos también con mayor celeridad, sin detenernos demasiado a reflexionar sobre sus efectos en nuestra existencia.

Hoy en día ciertos signos parecen presagiar que, luego de su frenesí inicial, la Web ha entrado en una etapa que podría calificarse como de integración al funcionamiento normal de la humanidad como grupo social. Todo lo que ocurre ahora en la red no es más que expresión de nuestras formas cotidianas de interacción y de relación, en sentido amplio.

¿Cuáles son los caminos que le esperan a la red? El más inmediato en su horizonte es la llamada Web “de los objetos” o “de las cosas”, en la cual buena parte de la interacción entre los datos que se producen en Internet serán manejados exclusivamente por máquinas, sin participación humana de casi ningún tipo. No estamos muy lejos del día en que, por ejemplo, una noticia de última hora sea producida en al menos un 50% de su contenido por una inteligencia artificial, y posiblemente en unos años buena parte de los contenidos que consumiremos serán producto de la interacción entre distintos tipos de robots. 

¿Qué pasará con la Web en sus próximos 30 años, que comienzan hoy? ¿Será ya un territorio tan domesticado como terminó por serlo la televisión? El potencial revolucionario que alguna vez se le atribuyó, ¿está terminado? ¿Morirá alguna vez, relegada al olvido a causa de una nueva invención mucho más atractiva y eficiente? ¿Podremos todavía ser nosotros, los usuarios, quienes podamos construir con nuestras acciones cotidianas el tipo de Web que queremos?

 

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Imagen de portada: Tim Berners-Lee en 1989, CERN

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¿El mito de que "la información quiere ser libre" nos ha hecho más daño que bien?

Uno de los mottos del Internet -y canto de guerra de los hackers al mismo tiempo- es que "la información quiere ser libre". Esta idea se le atribuye a Stewart Brand, uno de los grandes entusiastas de la primera época del Internet y fundador de la comunidad virtual The Well, quien, se dice, postuló esta frase en la primera Hacker Conference. La frase se convirtió en el ethos de la Web: todo debía ser gratuito, todo debía abrirse y compartirse. La información abriría nuestra mente y nos liberaría de la opresión. Esa era la idea.

La frase completa de Brand, sin embargo, ofrece también otro panorama:

Por una parte, la información quiere ser cara, porque vale tanto. La información correcta en el lugar correcto cambia tu vida. Por otra parte, la información quiere ser libre, pues el costo de sacarla se hace cada vez más bajo. Así que tienes estas dos cosas peleando entre sí.

Y siguen luchando actualmente, aunque todavía existe una especie de código tácito entre los usuarios del Internet de que el auténtico espíritu de este medio es que las cosas sean gratis y libres. Por otra parte, en los últimos años hemos descubierto que el hecho de que la información sea gratis tiene un costo, a veces mucho más alto que si tuviéramos que pagar por nuestra música, nuestras noticias, nuestro comentario experto, etcétera.

En una reciente charla, Sam Harris platicó con Douglas Rushkoff, el teórico de medios que recientemente publicó un libro clave para entender la situación actual de la red, donde señala que apenas estamos despertando a la noción de que la tecnología digital puede estar yendo en contra de nuestros intereses como humanidad, pese a que somos nosotros los que la creamos y le damos su orientación. Rushkoff notó que una importante razón por la cual el Internet adoptó esta noción de que la información debía ser libre fue porque en un principio se trató de un proyecto académico, sin fines de lucro. De hecho, los académicos que se conectaban firmaban un acuerdo de no lucrar con la información. La información era usada para colaborar y acelerar el conocimiento. Pero todo esto cambió cuando las corporaciones empezaron a colonizar el Internet y se aprovecharon de este ethos de que las cosas debían ser libres. Los usuarios no iban a pagar por recibir información, pero a cambio aceptarían que las grandes corporaciones utilizaran su información para, supuestamente, darles mejor servicio. Esto hizo que, finalmente, se convirtieran no en los clientes, sino sobre todo en el producto. Facebook, por ejemplo, vale lo que vale por la información que tiene de sus usuarios (gracias a la cual vende anuncios personalizados). En suma, las corporaciones alteraron la ética académica de la Web y la reemplazaron por la ética capitalista.

El problema de que la información sea libre o gratuita es que la información pierde calidad y, por otro lado, genera un esquema de publicidad altamente agresivo y sofisticado. Google, Facebook y otras empresas se alimentan de la información de los usuarios para crear algoritmos que pueden incluso predecir el comportamiento y manipularlo. Si sus servicios tuvieran costo, obviamente podríamos optar por no recibir anuncios.

Por otro lado, es evidente que si la información cuesta, muchas personas no pueden tener acceso a ella y esto genera un elitismo. Después de todo, en nuestras sociedades se considera que la información es un derecho. Pero por otra parte, ya vivimos en un cierto elitismo intelectual, pues las personas que no están bien educadas circulan por sitios de información basura o falsa, rebotando en cámaras de ecos, consumiendo el equivalente en información a comida chatarra. La información es un derecho pero quizás, más aún, es una responsabilidad.

En este estado de cosas, no parece haber una respuesta fácil. Por un lado, suena lógico que valorar la información de calidad y buscar métodos tradicionales de remuneración podría ser sano, pues nos orientaría hacia una cultura de lo cualitativo y no lo cuantitativo, donde no todo se trataría de crear mensajes virales y demás. Esto reforzaría, asimismo, la curaduría y el valor de filtrar, ordenar y darle sentido a la información. Se correría el riesgo de que se segmente la red y que algunas personas queden fuera de ciertos nichos de información de más calidad o que su experiencia en Internet sea la de un inmenso casino digital. Esto es una cuestión delicada y en todo caso se deberían iniciar campañas de educación digital, para que las personas aprendan a distinguir fuentes de calidad y aprendan también hábitos de higiene digital, entre otras cosas. Lo que es obvio es que el esquema actual tiene grandes problemas y, como ha sugerido Rushkoff, empieza a convertirse en un antihumanismo, esto es, las plataformas y algoritmos que hemos creado han comenzado a trabajar para explotar nuestros deseos y debilidades mentales.

 

Foto: Langara Review