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Nietzsche fue, en muchos sentidos, un filósofo cínico

No existe en absoluto una especie más orgullosa y, a la vez, más refinada de libros: acá y allá alcanzan lo más alto que es posible alcanzar en la Tierra, el cinismo.

Ecce Homo, Nietzsche

 

Cuando se utiliza la palabra "cínico" hoy en día generalmente se hacer referencia a una persona que tiene poca vergüenza, no sólo porque no le importa lo que piensen los demás, sino porque no tiene ninguna conciencia moral y por lo tanto suele incurrir en el engaño y la mentira. Esta noción popular se aleja del sentido original del término que designa a la escuela de filósofos griegos, fundamentalmente a Diógenes de Sinope y a Antístenes, quienes fueron admirados por Friedrich Nietzsche y con quienes éste comparte importantes posturas filosóficas o incluso lo que Alain Badiou ha llamado "antifilosofía", pues ciertamente tanto Nietzsche como los cínicos se oponen críticamente al mainstream filosófico, particularmente a Platón y el idealismo.

Los cínicos son así llamados por el término griego "kýōn" que significa "perro". Aparentemente, los cínicos no creían que el ser humano fuera mejor que los animales y, por el contrario, consideraban que la búsqueda de la felicidad tenía que ver con abandonar todas las improntas, convenciones, costumbres y conceptos que eran implantados por la cultura. Había que regresar a la naturaleza sin artificios. Famosamente, Diógenes vivía en un tonel o en una letrina y había renunciado a casi todas sus posesiones. Tenía todavía una taza que cargaba consigo, pero una vez vio a un niño bebiendo agua haciendo un cuenco con las manos y abandonó su taza. Los cínicos buscaban vivir la vida simple, sin apegos y afectaciones -algo que sería muy influyente en la ética estoica-. Según la hermana de Nietzsche, el filósofo definitivamente "intentó un poco imitar a Diógenes en el tonel; quería descubrir con cuán poco podía vivir un filósofo". Platón, su enemigo en común, criticó a Diogenes diciendo que había llevado la vida simple que enseñó Sócrates al extremo de la locura.

Nietzsche expresó  en reiteradas ocasiones su admiración a los cínicos, aunque con ciertos límites. Es conocido que en La gaya ciencia su famoso anuncio de la muerte de Dios es hecho por un personaje, "el hombre loco" ("der tolle Mensch"), basado en Diógenes de Sinope. Diógenes había buscado infructuosamente a un "hombre honesto" con una lámpara y ahora en Nietzsche buscaba, con esa misma conciencia de lo absurdo de su empresa, a Dios. Nietzsche admiraba la libertad espiritual de Diógenes, quien fue el primero en buscar a su manera una "transvaloración de los valores", tomando la misión de erradicar las costumbres y las falsas pretensiones de la sociedad ateniense, donde estaba exiliado. A diferencia de los sofistas, que no creían en la verdad pero que practicaban la gimnasia verbal para obtener beneficios, los cínicos no tenían ningún interés en el dinero, el estatus, el reconocimiento y menos aún la sociedad en general, como muestra la famosa historia en la que Diógenes le pide a Alejandro Magno que deje de obstruirle la luz del Sol, pues ninguna otra cosa puede hacer el hombre más poderoso del mundo por él. Por su parte, Nietzsche no pudo liberarse de un deseo de reconocimiento e importancia personal, aunque no lo dirigió hacia la sociedad contemporánea sino a la posteridad, para quien, según él, su obra sería lo más precioso jamás concebido.

Los cínicos fueron los primeros en cuestionar radicalmente las convenciones sociales y las instituciones. Sócrates y Heráclito ya lo habían hecho antes de alguna manera, pero estos filósofos habían mantenido un cierto respeto por el orden y la racionalidad (el Logos en el caso de Heráclito), mientras que los cínicos negaban completamente el valor de lo que hoy llamamos cultura, inclinándose únicamente a la natura. Parecería  que hubieran defendido ese principio de Hassan i-Sabbah, que luego Nietzsche abrazaría: "nada es sagrado; todo está permitido". Sin embargo, había algo de honor en su postura, pues consideraban que el hombre debía ser autosuficiente -son los antepasados del movimiento DIY y de las comunidades antisistema que buscan ser completamente autosostenibles abandonando el dinero y demás, aunque en su caso se trataba de algo individual-. Estaban libres de toda atadura material, pero no eran acosmistas o necesariamente pesimistas, pues aunque vivían sólo con lo indispensable, no rechazaban lo que la naturaleza les traía y estaban a favor de la vida, viviendo radicalmente en el aquí y el ahora. Diógenes mismo se declaró un "cosmopolita", el hombre cuyo hogar era el mundo entero, y quizá debemos leerlo como un correlato de los sadhus renunciantes de la India. Nietzsche comentó un fragmento de Antístenes diciendo que "es obvio que el cínico se aferra a la vida más que otros filósofos: 'la vía más corta a la felicidad' no es más que el amor a la vida en sí misma y la completa ausencia de necesidad en referencia a todos los otros bienes", incrustando aquí un poco de su filosofía del amor fati. Pero en la celebración de la naturaleza en contra de la cultura y lo socialmente aprendido, los cínicos prefiguran el vitalismo de Nietzsche, aunque con un cierto matiz. Pues mientras que el ideal de los cínicos era simplemente existir naturalmente, quizá como un perro callejero que va por la vida alimentándose de lo que se encuentra, pero sin servir a ningún amo, la naturaleza que Nietzsche tenía en mente era la de un águila o un león, es decir, un hombre que no sólo sirve a su propia naturaleza, sino que se impone a la de los demás, al menos en tanto que la mezquindad de los otros -la moral de esclavos- impide u obstruye la libre expresión del individuo. Hay en el filósofo alemán una cuota de poder y búsqueda de autoafirmación que luego ha sido interpretada de maneras peligrosas, sobre todo por la influencia de su hermana. 

Los cínicos son también precursores de lo que se conoce hoy  como la hermenéutica de la sospecha, que es representada por Nietzsche, Freud y Marx, pensadores que cuestionan o sospechan de las intenciones y valores de las instituciones y de las creencias en general. En el caso de los cínicos, se puso bajo la lupa las virtudes aristotélicas o el pensamiento de Platón y los fundamentos aristocráticos en los cuales estaba predicada la sociedad ateniense. Estos serían, en gran medida, muchos de los mismos blancos del ataque de Nietzsche.

Por último, se debe mencionar que Nietzsche -si bien no es del todo consistente en su apreciación- al parecer sentía que el cinismo era una vía preliminar, que podía ser útil en algunos casos, pero que debía ser superada o que era indigna de las almas más elevadas. Como dijo en Más allá del bien y del mal: "El cinismo es la única forma bajo la cual las almas bajas rozan lo que se llama sinceridad". El hombre común y corriente estaba tan afectado por el moralismo y "el qué dirán", que era necesario para estas almas tomar una postura cínica, en aras de vivir honestamente, pues según el filósofo, la mayoría de los hombres siguen las verdades designadas por los poderes institucionales como un rebaño de autómatas: "las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal". 

Como ha dicho Foucault, Nietzsche es el fundador del posmodernismo y en cierta manera nuestra época es cínica, pero lo es, sobre todo, en el sentido vulgar moderno del término, y en cierta medida como resultado de la influencia de Nietzsche, pues como el mismo filósofo temía, el ser humano no es capaz de crear sus propios valores y seguirlos y ante la ausencia de instituciones que puedan proveer consistentemente valores, el individuo se convierte en presa fácil del nihilismo, hedonismo y consumismo, que resultan de un individualismo amoral, sin auténtica autodeterminación. Mucho más que los mismos cínicos -de quien además sólo tenemos fuentes secundarias y escasas-, Nietzsche ejerció una feroz crítica a la verdad y al bien en sí mismos. No es casualidad que hayamos llegado a lo que algunos llaman la era de la posverdad; aunque, claro, Nietzsche sólo es uno de los provocadores de esta situación en la que el individuo no parece depositar mucho valor en una verdad objetiva o validada independientemente de su propia creencia u opinión, o ni siquiera es capaz de distinguirla, embebido en su esfera narcisista. Por supuesto que este no es el mundo que Nietzsche habría querido con su Übermensch y su filosofía, y se parece más al mundo de lo que Nietzsche llamó "la sombra de Dios", el mundo de los hombres que contemplan la sombra del dios muerto largamente. La luz de las estrellas tarda tiempo en llegar, argumentó Nietzsche. Pero quizá esta esperanza de Nietzsche era un poco ingenua y desmesurada y hasta delirante, como ocurre también frecuentemente entre sus ráfagas de genio. Una alta dosis de hibris, de arrogancia, parecía afligir al filósofo en sus últimos años. Y tal vez no sea erróneo aplicar aquí el viejo proverbio: "Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco". Como luego diría Heidegger, de esta condición nihilista y desencantada tal vez sólo un dios pueda salvarnos, ¿un dios que sepa bailar?

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Los algoritmos están siendo usados -como hechizos mágicos invisibles- para explotar las debilidades emocionales y psicológicas del ser humano para extraer su atención, energía y capital. Esto es muy similar a lo que se creía que eran los demonios

Vivimos inmersos en un ambiente digital que afecta e incluso moldea nuestra conducta de maneras que a veces pasan desapercibidas. Lo primero que debemos hacer ante una tecnología o un nuevo medio, según enseñó Marshall McLuhan, es pensar críticamente y reconocer que la tecnología no es neutral, es decir, que no depende solamente del contenido. El medio es el mensaje y, como ha notado Douglas Rushkoff, los programas nos programan. Debemos pensar en la tecnología como una droga que altera nuestra conciencia para decidir hasta qué punto queremos seguir alterándonos o para orientarnos al menos en el viaje. Incluso, quizá no sea exagerado pensar en los algoritmos que son la base de las plataformas tecnológicas actuales como una suerte de demonios.

En una conversación reciente entre el teórico de medios Douglas Rushkoff y el programador y ocultista Mark Pesce, este último sugirió que podemos pensar en los algoritmos como una versión moderna de lo que era entendido en la Edad Media y en el Renacimiento como un demonio. Y es que un algoritmo responde en tiempo real a nuestras conductas y "busca debilidades en la mente humana para explotarla a favor del consumo". Estos algoritmos corren invisiblemente, y están siendo programados "para encontrar nuestras debilidades y excavarlas para que actuemos en contra de nuestros propios intereses".

Pesce explica que que algoritmos como el de Facebook están "observando tus respuestas y construyendo un simulacro de ti mismo contra el cual pueden medir cuál es tu estado emocional para así alimentarte de ciertas cosas". En otras palabras, se trata de una "inteligencia artificial para esencialmente leer y alterar tus estados emocionales... si esto fuera el siglo XIV, lo que estoy evocando: algo que altera tus emociones y a lo cual le entregas energía y te la regresa de otra forma, lo pensaríamos en términos de una demonología". La tecnología como demonología La tecnología como demonología. Y debemos preguntarnos: ¿qué tipo de contrato hemos firmado y hemos prometido por recibir algunos dulces de dopamina digital? Quizá lo que perdemos en este acuerdo no es menos que nuestra alma. Pues como escribió Goethe, si invocas demonios o espíritus, lo mínimo que debes saber es cómo desaparecerlos después. Pero esto es algo que no sabemos. 

Por su parte, Rushkoff sugiere que podemos pensar en la tecnología -a través de la cual se expresan los valores capitalistas- como una aspiradora gigante que extrae nuestra humanidad y elimina de la ecuación las cosas que no entran dentro del modelo de crecimiento infinito de la economía o de la visión mecanicista de la realidad (el mundo como máquina y la vida como algoritmo). Una industria multibillonaria está aprendiendo cada instante, cada punto de data, a explotar nuestras vulnerabilidades como humanos y está blandiendo toda su panoplia de artefactos de persuasión y manipulación para hacernos pasar más tiempo en sus plataformas, para volvernos más adictos y hacernos más inseguros o más enojosos o más ensimismados (porque estos estados son más conducentes al consumo).   

Desde hace algunas décadas el investigador rumano Ioan Petru Culianu notó que en la época moderna, la publicidad y la propaganda habían reemplazado a la magia. Ciertamente, el surgimiento de agencias de marketing, de corporaciones que utilizan logos (a veces con emblemas utilizados por la masonería o el ocultismo) o de políticos "carismáticos" que contratan agencias para que diseñen su discurso e imagen para crear ciertos efectos emocionales, pueden insertarse dentro de esta lógica, la cual Culianu encuentra anticipada en Giordano Bruno y su texto Sobre los vínculos en general. En este texto el filósofo y mago renacentista traza un paralelo entre lo que hace el mago y el amante: ambos tejen una serie de vínculos "pneumáticos" y eróticos o libidinales usando la simpatía y la resonancia entre esos vínculos y las características de la persona u objeto que quieren afectar (las cuales deben estudiar). Ambos se informan, estudian a su presa, lanzan su red, disponen sus carnadas y seducen para ganar control del mecanismo pneumático de su objeto deseado. Esta misma dinámica, como debe de ser evidente ya, la podemos aplicar a la publicidad y ahora también a los algoritmos y al "machine learning" que entre otras cosas aprende a crear un vínculo con la persona, haciendo de la tecnología un simulacro de conectividad humana.