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Iluminaciones y correspondencias entre el ojo y el Sol, entre Platón y Goethe y un poco de Plotino y Eckhart

La percepción es deidad.

Thinley Norbu Rinpoche

 

Una de las frases más citadas de Goethe, la cual relumbra como un cristal en el Sol, es esta:

Si el ojo no fuera como el Sol, cómo percibiríamos la luz.

Una muestra de la ciencia poética del maestro del "empiricismo delicado", que basó su método en la intuición, en esperar a que el fenómeno se manifieste y, con él, aquello que lo subyace, el Urphänomen, la luz detrás de la luz que aparece, el arquetipo que se revela en la naturaleza. La frase, dice Goethe en la introducción a su Teoría del color, en realidad es de un viejo místico. Rudolf Steiner la vincula con una frase de Jakob Böhme, pero esto no parece muy preciso. Si se trata de un místico alemán, me recuerda una frase del padre de los místicos alemanes, Meister Eckhart: "El ojo con el cual veo a Dios es el mismo ojo con el cual Dios me ve". Una frase que tiene mucho que decirnos en relación a la cita de Goethe (pero más sobre eso después). En realidad la cita de Goethe es seguramente una adaptación de Plotino, otro príncipe de los místicos, quizás el más influyente en la tradición filosófica de Occidente. En una de las Enéadas (1.6.9) que recopiló su discípulo Porfirio leemos:

Ningún ojo jamás vio el Sol sin volverse solar, ni puede un alma ver la belleza sin volverse bella. Debes parecerte primero a lo divino y hacerte todo bello si quieres ver a Dios y a la belleza.

Que la frase de Goethe viene de Plotino es evidente cuando uno cita los versos completos de su introducción (ahora usando otra traducción):

¿Si el ojo no fuera como el Sol,

cómo veríamos el Sol?

¿Si no se encontrara en nosotros el mismo poder de Dios,

cómo podría lo divino deleitarse en nosotros?

El mismo Goethe leyó a Plotino cuando preparaba su Teoría del color, así que es evidente que su fuente es el filósofo neoplatónico egipcio. La misma idea fue expuesta de otra forma en las conversaciones que registró Eckermann con Goethe:

El alma [o espíritu] es como el Sol, que se ausenta del ojo mortal, pero que en realidad nunca desaparece, sino que incesantemente ilumina en su curso... La luz está sobre nosotros y el color nos rodea; pero si no tenemos luz y color en nuestros ojos, no podremos percibirlos en el exterior. Lo bello es un fenómeno que nunca es aparente en sí mismo, sino que es refractado en las miles de obras del creador.

Quizá Goethe difería de Plotino en considerar que la naturaleza era una fuente fidedigna de conocimiento, no una mera sombra de formas trascendentes, sino el mismo esplendor de lo divino que se manifestaba en el mundo y quizá en ninguna otra parte que en el mundo natural, pero ciertamente suscribía la noción antigua de la visión activa, no como mera receptividad del fenómeno, sino como una coparticipación. Pues el ojo para ver la luz debía ser luz también y nuestra capacidad de conocer y revelar el mundo en la conciencia era prueba de una semejanza divina, pues la divinidad era inteligencia pura y el cosmos, en su belleza y orden, era un reflejo de esta inteligencia. Para muchos filósofos antiguos el hecho de que el mundo fuera inteligible era evidencia de una inteligencia creativa divina -de la misma manera que una obra de arte apunta hacia un artista- y si el hombre era capaz de conocer la realidad, esto debía ser porque participaba en esa inteligencia: tenía una "chispa divina". ¿Si la divinidad es inteligencia o conciencia pura, no es la cognición prueba de la presencia de Dios en el hombre? Como dijo San Agustín "superior summo meo" pero también "interior intimo meo".

Para seguir trazando el origen de esta fascinante idea hay que remontarnos lógicamente al maestro de Plotino y al verdadero padre de la metafísica occidental, a Platón. En uno de los pasajes más famosos de La república, Sócrates le explica al hermano de Platón la idea del Bien en analogía al Sol (de aquí el famoso concepto del Sol del Bien, ¿código para el Dios de Platón?). Sócrates sugiere que existe una relación analógica entre el Sol, la visión y el ojo y, respectivamente, el Bien, la razón y el alma. De la misma manera que las cosas pueden apreciarse mejor cuando están iluminadas por el Sol (en lugar de por otras fuentes de luz en la noche), el alma posee razón (logos) cuando es iluminada por la verdad, por lo que es realmente, lo inmutable. Esto es lo que podemos llamar el alma solar, mientras que el alma nocturna o lunar es el alma que no alcanza el conocimiento y se basa en la mera opinión. Y de la misma manera que el Sol es la causa de la visión, el Bien es la causa del conocimiento. "Como el bien es en la región inteligible con respecto a la inteligencia y lo que es inteligido, así es el Sol en la región de lo visible con respecto a la visión y lo que es visto". Y más adelante, Platón dice: "de la misma manera que en la otra región es correcto ver a la luz y a la visión como similares al Sol, pero creer que son el Sol es incorrecto; así también, aquí sostener que estos dos [la verdad y el conocimiento] son como el Bien es correcto, pero creer que son el Bien no es correcto". Y sigue la analogía, pues "al igual que el Sol no sólo provee a las cosas el poder de ser vistas, sino también su generación, crecimiento y nutrición, sin ser en sí mismo generación", igualmente el Bien no sólo permite que las cosas puedan ser conocidas, sino que "su propia existencia y ser son resultado del Bien, aunque el Bien no es el ser, sino que está más allá del ser".

El profesor Hans Boersma comenta este pasaje en su libro The Beatific Vision: "No es coincidencia que Platón elija al Sol como objeto de contemplación para explicar la naturaleza del Bien. El conocimiento para Platón es el resultado de la iluminación; es participación en la 'luz' del Bien". El ojo participa en el Sol, en su naturaleza luminosa, para ver. El alma en el Bien, para saber. No es ciertamente Platón el primero en comparar la luz con el conocimiento, dicha relación parece perderse en el tiempo y aparecer en las más diversas tradiciones. Pero es ciertamente aquí que toma fuerza y se vuelve la metáfora preferida en nuestra cultura. Aunque quizá ni siquiera sea una metáfora (sino una presentación simbólica de la cosa en sí misma), pues tal vez de una manera profunda el ojo realmente sí sea como el Sol, guardando una identidad y una correspondencia, si bien no una misma esencia, una analogia entis, de la misma manera que se ha dicho que el ser humano es "una imagen de Dios". Y quizá, más aún, la conciencia y la luz sean secretamente una misma actividad, una misma energía divina. El término sánscrito prakāśa captura como ningún otro esto, significa tanto "luz" o "brillo" como "manifestación" o "fenómeno" (de la misma manera que fenómeno tiene una raíz que significa "luz" o "brillo"), pero el tantrismo shaiva, con su visión no-dual, entiende que todo lo que se manifiesta es conciencia y esa conciencia es la luz de la divinidad que es la propia expansión en la cual se produce el universo. Por eso prakāśa en esta tradición significa la "luz de la conciencia", o luminosidad-conciencia. Algo similar ocurre con la llamada "luz clara" del budismo tibetano. Este entendimiento, sin embargo, no será único de estas tradiciones, pues también en Occidente tenemos filosofías que enseñan la más alta unión mística y por lo tanto son no-duales. La unión del que conoce (el amante) con el objeto de conocimiento (el amado) es necesariamente no-dual y por lo tanto supone que la luz o el fenómeno en sí no será diferente a la mente o conciencia. ¿Acaso el Evangelio de Juan no nos habla también de una identidad entre un principio mental o racional y la luz? Pues "En el principio era el Verbo" (Juan 1.1) y "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Juan 1.4)." El evangelio de Juan, quien bebió de fuentes helénicas, debe leerse también como indicando que el Verbo encarnado, Cristo, es también el Logos, el principio racional o la inteligencia divina que ordena y sustenta el cosmos. Cristo es entendido en el cristianismo, particularmente por los Padres de la Iglesia, como la sabiduría de Dios y como la "luz del mundo", que permanece en la Tierra en la difusión del Espíritu Santo, que desciende en "lenguas de fuego" y que ilumina la mente de los santos con la gnosis divina.

Podríamos seguir rastreando esta idea, y algunos creen que el fragmento 109 de Empédocles es relevante. Pues el filósofo presocrático, a quien le debemos la teoría de los cuatro elementos, nos dice: "Es con la tierra que vemos la Tierra, y el Agua con el agua; y con el aire vemos el Aire brillante, y con el fuego el Fuego destructor. Con el amor vemos Amor y con Odio el desdichado Odio". Lo cual nos regresa a Plotino, pues había que hacerse como Dios para ver a Dios y hacerse bello para poder ver la belleza eterna, la idea misma de lo bello. Y entonces podemos cerrar con Eckhart, que parece aquí trascender la diferencia y la distancia entre el sujeto y el objeto, y entre Dios y la criatura: "El ojo con el cual veo a Dios es el mismo ojo con el cual Dios me ve". ¿Qué queda entonces, sino la pura luz conociéndose a sí misma? O como dijo un poeta contemporáneo, quizá también tocado por la luz, eso que somos no es más que el sonido que hace la luz del Sol cuando pasa través de sí misma. Luz de luz... Un sonido que es, por supuesto, sólo silencio.

Lee también: Las dos diosas que viven en tus pupilas

Twitter del autor: @alepholo

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Nietzsche fue, en muchos sentidos, un filósofo cínico

No existe en absoluto una especie más orgullosa y, a la vez, más refinada de libros: acá y allá alcanzan lo más alto que es posible alcanzar en la Tierra, el cinismo.

Ecce Homo, Nietzsche

 

Cuando se utiliza la palabra "cínico" hoy en día generalmente se hacer referencia a una persona que tiene poca vergüenza, no sólo porque no le importa lo que piensen los demás, sino porque no tiene ninguna conciencia moral y por lo tanto suele incurrir en el engaño y la mentira. Esta noción popular se aleja del sentido original del término que designa a la escuela de filósofos griegos, fundamentalmente a Diógenes de Sinope y a Antístenes, quienes fueron admirados por Friedrich Nietzsche y con quienes éste comparte importantes posturas filosóficas o incluso lo que Alain Badiou ha llamado "antifilosofía", pues ciertamente tanto Nietzsche como los cínicos se oponen críticamente al mainstream filosófico, particularmente a Platón y el idealismo.

Los cínicos son así llamados por el término griego "kýōn" que significa "perro". Aparentemente, los cínicos no creían que el ser humano fuera mejor que los animales y, por el contrario, consideraban que la búsqueda de la felicidad tenía que ver con abandonar todas las improntas, convenciones, costumbres y conceptos que eran implantados por la cultura. Había que regresar a la naturaleza sin artificios. Famosamente, Diógenes vivía en un tonel o en una letrina y había renunciado a casi todas sus posesiones. Tenía todavía una taza que cargaba consigo, pero una vez vio a un niño bebiendo agua haciendo un cuenco con las manos y abandonó su taza. Los cínicos buscaban vivir la vida simple, sin apegos y afectaciones -algo que sería muy influyente en la ética estoica-. Según la hermana de Nietzsche, el filósofo definitivamente "intentó un poco imitar a Diógenes en el tonel; quería descubrir con cuán poco podía vivir un filósofo". Platón, su enemigo en común, criticó a Diogenes diciendo que había llevado la vida simple que enseñó Sócrates al extremo de la locura.

Nietzsche expresó  en reiteradas ocasiones su admiración a los cínicos, aunque con ciertos límites. Es conocido que en La gaya ciencia su famoso anuncio de la muerte de Dios es hecho por un personaje, "el hombre loco" ("der tolle Mensch"), basado en Diógenes de Sinope. Diógenes había buscado infructuosamente a un "hombre honesto" con una lámpara y ahora en Nietzsche buscaba, con esa misma conciencia de lo absurdo de su empresa, a Dios. Nietzsche admiraba la libertad espiritual de Diógenes, quien fue el primero en buscar a su manera una "transvaloración de los valores", tomando la misión de erradicar las costumbres y las falsas pretensiones de la sociedad ateniense, donde estaba exiliado. A diferencia de los sofistas, que no creían en la verdad pero que practicaban la gimnasia verbal para obtener beneficios, los cínicos no tenían ningún interés en el dinero, el estatus, el reconocimiento y menos aún la sociedad en general, como muestra la famosa historia en la que Diógenes le pide a Alejandro Magno que deje de obstruirle la luz del Sol, pues ninguna otra cosa puede hacer el hombre más poderoso del mundo por él. Por su parte, Nietzsche no pudo liberarse de un deseo de reconocimiento e importancia personal, aunque no lo dirigió hacia la sociedad contemporánea sino a la posteridad, para quien, según él, su obra sería lo más precioso jamás concebido.

Los cínicos fueron los primeros en cuestionar radicalmente las convenciones sociales y las instituciones. Sócrates y Heráclito ya lo habían hecho antes de alguna manera, pero estos filósofos habían mantenido un cierto respeto por el orden y la racionalidad (el Logos en el caso de Heráclito), mientras que los cínicos negaban completamente el valor de lo que hoy llamamos cultura, inclinándose únicamente a la natura. Parecería  que hubieran defendido ese principio de Hassan i-Sabbah, que luego Nietzsche abrazaría: "nada es sagrado; todo está permitido". Sin embargo, había algo de honor en su postura, pues consideraban que el hombre debía ser autosuficiente -son los antepasados del movimiento DIY y de las comunidades antisistema que buscan ser completamente autosostenibles abandonando el dinero y demás, aunque en su caso se trataba de algo individual-. Estaban libres de toda atadura material, pero no eran acosmistas o necesariamente pesimistas, pues aunque vivían sólo con lo indispensable, no rechazaban lo que la naturaleza les traía y estaban a favor de la vida, viviendo radicalmente en el aquí y el ahora. Diógenes mismo se declaró un "cosmopolita", el hombre cuyo hogar era el mundo entero, y quizá debemos leerlo como un correlato de los sadhus renunciantes de la India. Nietzsche comentó un fragmento de Antístenes diciendo que "es obvio que el cínico se aferra a la vida más que otros filósofos: 'la vía más corta a la felicidad' no es más que el amor a la vida en sí misma y la completa ausencia de necesidad en referencia a todos los otros bienes", incrustando aquí un poco de su filosofía del amor fati. Pero en la celebración de la naturaleza en contra de la cultura y lo socialmente aprendido, los cínicos prefiguran el vitalismo de Nietzsche, aunque con un cierto matiz. Pues mientras que el ideal de los cínicos era simplemente existir naturalmente, quizá como un perro callejero que va por la vida alimentándose de lo que se encuentra, pero sin servir a ningún amo, la naturaleza que Nietzsche tenía en mente era la de un águila o un león, es decir, un hombre que no sólo sirve a su propia naturaleza, sino que se impone a la de los demás, al menos en tanto que la mezquindad de los otros -la moral de esclavos- impide u obstruye la libre expresión del individuo. Hay en el filósofo alemán una cuota de poder y búsqueda de autoafirmación que luego ha sido interpretada de maneras peligrosas, sobre todo por la influencia de su hermana. 

Los cínicos son también precursores de lo que se conoce hoy  como la hermenéutica de la sospecha, que es representada por Nietzsche, Freud y Marx, pensadores que cuestionan o sospechan de las intenciones y valores de las instituciones y de las creencias en general. En el caso de los cínicos, se puso bajo la lupa las virtudes aristotélicas o el pensamiento de Platón y los fundamentos aristocráticos en los cuales estaba predicada la sociedad ateniense. Estos serían, en gran medida, muchos de los mismos blancos del ataque de Nietzsche.

Por último, se debe mencionar que Nietzsche -si bien no es del todo consistente en su apreciación- al parecer sentía que el cinismo era una vía preliminar, que podía ser útil en algunos casos, pero que debía ser superada o que era indigna de las almas más elevadas. Como dijo en Más allá del bien y del mal: "El cinismo es la única forma bajo la cual las almas bajas rozan lo que se llama sinceridad". El hombre común y corriente estaba tan afectado por el moralismo y "el qué dirán", que era necesario para estas almas tomar una postura cínica, en aras de vivir honestamente, pues según el filósofo, la mayoría de los hombres siguen las verdades designadas por los poderes institucionales como un rebaño de autómatas: "las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal". 

Como ha dicho Foucault, Nietzsche es el fundador del posmodernismo y en cierta manera nuestra época es cínica, pero lo es, sobre todo, en el sentido vulgar moderno del término, y en cierta medida como resultado de la influencia de Nietzsche, pues como el mismo filósofo temía, el ser humano no es capaz de crear sus propios valores y seguirlos y ante la ausencia de instituciones que puedan proveer consistentemente valores, el individuo se convierte en presa fácil del nihilismo, hedonismo y consumismo, que resultan de un individualismo amoral, sin auténtica autodeterminación. Mucho más que los mismos cínicos -de quien además sólo tenemos fuentes secundarias y escasas-, Nietzsche ejerció una feroz crítica a la verdad y al bien en sí mismos. No es casualidad que hayamos llegado a lo que algunos llaman la era de la posverdad; aunque, claro, Nietzsche sólo es uno de los provocadores de esta situación en la que el individuo no parece depositar mucho valor en una verdad objetiva o validada independientemente de su propia creencia u opinión, o ni siquiera es capaz de distinguirla, embebido en su esfera narcisista. Por supuesto que este no es el mundo que Nietzsche habría querido con su Übermensch y su filosofía, y se parece más al mundo de lo que Nietzsche llamó "la sombra de Dios", el mundo de los hombres que contemplan la sombra del dios muerto largamente. La luz de las estrellas tarda tiempo en llegar, argumentó Nietzsche. Pero quizá esta esperanza de Nietzsche era un poco ingenua y desmesurada y hasta delirante, como ocurre también frecuentemente entre sus ráfagas de genio. Una alta dosis de hibris, de arrogancia, parecía afligir al filósofo en sus últimos años. Y tal vez no sea erróneo aplicar aquí el viejo proverbio: "Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco". Como luego diría Heidegger, de esta condición nihilista y desencantada tal vez sólo un dios pueda salvarnos, ¿un dios que sepa bailar?