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Permitirles a nuestros hijos el estrés y la frustración podría volverlos más fuertes

Sociedad

Por: pijamasurf - 03/11/2019

Criar a nuestros hijos más libres y expuestos al estrés y a los problemas podría frenar el alza de las tasas de suicidio y depresión adolescentes. Pero ¿cómo criar a los niños para enfrentar los desafíos –mínimos e importantes– de la vida?

En la larga conversación de este milenio sobre las fórmulas para tener niños extremadamente hábiles e inteligentes hay un hueco en el que las nuevas teorías de crianza parecen no ser tan exitosas. Mientras más hablamos sobre cómo hacer a los niños más “resilientes”, las tasas de trastornos de ansiedad y depresión continúan aumentando rápidamente entre los adolescentes. 

Nassim Taleb inventó la palabra “antifrágil” y la utilizó en su libro homónimo para describir los sistemas  que se benefician de los choques, los desafíos y el desorden. Los huesos y el sistema inmune son dos grandes ejemplos; ambos requieren la exposición a cierto tipo de gérmenes en la infancia para desarrollar toda su capacidad. Los padres que tratan a sus hijos como si fueran frágiles (alejándonos de la suciedad, el frío, los animales…) están privando a sus sistemas inmunes de las experiencias que necesitan para protegerse mejor en el futuro. Para ser más fuertes. 

Lo mismo sucede con las capacidades sociales y emocionales de los niños que crecen sin estrés y retos: son tan frágiles como su sistema inmunológico. El tema es polémico, pues la línea en la que se dibuja la independencia y la negligencia está en una frontera difusa; los niños necesitan ser protegidos de peligros lógicos, necesitan amigos y una figura protectora y amorosa que les dé un ambiente sin miedos ni violencia. Sin embargo, los breves períodos de estrés y frustración no son perjudiciales; son esenciales. De la misma manera que las vacunas inducen la inmunidad contra la enfermedad exponiendo al cuerpo al virus en cuestión, exponer a nuestros hijos al estrés es una manera de inmunizarlos contra las situaciones desagradables del futuro. O al menos, de ayudarlos a enfrentarlas mucho mejor. 

La sobreprotección es un tema generacional. A partir de que la televisión por cable y el Internet expusieron mediáticamente los peligros y los crímenes terribles, extraños del planeta, el juego al aire libre y la movilidad independiente disminuyeron. El tiempo frente a una pantalla y las actividades supervisadas minuciosamente por los adultos aumentaron. Todas las generaciones antes de los años 90 tienen más historias épicas de juegos al aire libre y aventuras que las que vinieron después. Tan sólo por poner un ejemplo. 

Sin embargo, esas historias de aventuras épicas y juegos sin supervisión tienen las virtudes de crear mundos en los que los niños ponen las reglas. En los momentos de juego libre surgen pequeños conflictos y pequeños peligros que son esenciales para el desarrollo de la competencia social e incluso física. Todas esas aptitudes cruciales en la vida adulta que comienzan a forjarse desde las versiones medidas de la niñez. 

Ellen Sandseter y Leif Kennair (investigadores noruegos) escribieron sobre los “efectos antifóbicos de las experiencias emocionales”. Notaron que los niños buscan, de manera espontánea, aumentar el riesgo en sus juegos, lo que incrementa su capacidad de afrontar los riesgos posteriores. En sus estudios, Sandseter y Kennair también advierten sobre un aumento de neuroticismo o psicopatología en la sociedad si a los niños se les impide participar en juegos de riesgo adecuados para su edad. Las estadísticas de salud mental norteamericanas y británicas apoyan esa hipótesis: los niños nacidos después de 1994 tienen tasas más altas de trastornos de ansiedad y depresión que la generación anterior. Junto a la tasa de depresión, se incrementó la tasa de suicidios. 

¿Criar a nuestros hijos más libres y expuestos al estrés y a los problemas podría revertir estas tendencias? ¿Cómo criar a los niños para enfrentar los desafíos –mínimos e importantes– de la vida? El concepto de “antifragilidad” expone claramente que nuestras mentes y cuerpos se fortalecen de los choques, de los retos y de las dificultades. 

Por supuesto, deberíamos trabajar eliminando los peligros físicos de la vida de nuestros hijos, además de enseñarlos a tratarse con amabilidad y respeto siempre. Pero también podríamos volver de una manera más consciente a la época en la que dejábamos a los niños crecer y recorrer sin nosotros. Pensemos en el término “helicopter parent” como precisamente lo contrario: padres que orbitan alrededor de sus hijos y están pendientes e involucrados en cada paso y cada decisión. Los niños deberían desarrollar la habilidad de enfrentar sus pequeños miedos y pequeños problemas con más independencia. Tal vez eso los ayude con los grandes retos y grandes problemas venideros. La satisfacción que siente un niño cuando da un recado o completa una tarea por su cuenta es irremplazable.

Nadie puede garantizar que criar niños más independientes hoy reducirá la tasa de suicidios de adolescentes mañana. La sobreprotección infantil y la enfermedad mental en la adolescencia tienen vínculos fuertes, sugerentes pero no definitivos, además de otros hilos causales probables. Sin embargo, hay buenas razones para sospechar que al privar a nuestros niños de todas las experiencias que necesitan para ser fuertes, estamos obstaculizando su crecimiento. 

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Por: pijamasurf - 03/11/2019

¿Un argumento antinatalista o una rabieta infantil?

En alguna página Borges escribió que salvo el ser humano, todos los animales son inmortales, pues ninguno tiene conciencia de la muerte, una idea que muy probablemente le vino de su estudio de las filosofías orientales y occidentales que de uno u otro modo siempre se han ocupado de la muerte, ese fin misterioso de la vida.

Dicho interés, sin embargo, no ha sido mórbido, sino más bien paradójicamente vital. Si la filosofía, la religión o la ciencia han investigado la muerte es porque en el fondo es la vida la que es misteriosa. Aun cuando signifique el final, la muerte tiene sentido únicamente en el marco de la vida. Dicho así podríamos mirar de otro modo el interés borgesiano y, junto a otros, más bien maravillarnos frente la vida, preguntarnos qué es, por qué surgió, cuál es su sentido.

En esa línea de pensamiento, otro motivo relativamente común en la historia de la literatura y la filosofía ha sido la idea de fatalidad que acompaña a la vida, misma que se expresa sí en la muerte pero también en el nacimiento. De cierta forma, ambos son igualmente fatales, pero curiosamente estamos menos habituados a pensar la llegada a este mundo bajo esa óptica. 

Dadas las condiciones en que nace la cría del ser humano –frágil, indefensa, todavía no completamente desarrollada–, la mayoría de nosotros guardamos escasos recuerdos conscientes de nuestra llegada al mundo, y quizá por eso tendemos a subestimar su importancia, pero lo cierto es que nacer es casi tan fatal como morir: nadie de los aquí presentes supo en ningún momento que nacería. Sin embargo, aquí estamos.

Dicha fatalidad, decíamos, ha sido objeto de reflexión artística y filosófica. Un motivo que ha sido retomado por Teognis de Megara (Elegías), Sófocles (Edipo en Colono) y Nietzsche (El nacimiento de la tragedia) afirma que de todos los bienes que el ser humano podría disfrutar, el mejor sería no haber nacido; el segundo mejor: dejar este mundo tan pronto como sea posible. Alegóricos, los griegos. 

Esa postura frente a la vida va y viene a lo largo de la historia y de tanto en tanto se le ha conceptualizado bajo la idea del “antinatalismo”, una corriente con ciertas raíces filosóficas y extensiones hacia otras disciplinas que, como su nombre sugiere, ofrece argumentos para evitar que el ser humano se reproduzca o, dicho de otro modo, para evitar que más seres humanos nazcan. 

En años recientes el antinatalismo ha cobrado fuerza o presencia particularmente debido a la crisis en la que algunos consideran que se encuentra la vida en la Tierra y aun el destino de la especie humana, actualmente y como efecto de nuestra propia actividad de las últimas décadas. Hay quienes sugieren que controlar el crecimiento poblacional o, directamente, evitar tener hijos, es la única opción para evitar el colapso ambiental que se avecina y de algún modo asegurar nuestra supervivencia.

Si esto es cierto o no es difícil de saber, pero la coyuntura ha sido aprovechada para difundir argumentos antinatalistas. Así, por ejemplo, Raphael Samuel, un hombre de 27 años nacido en Bombay, la India, que hace unos días aseguró que pretende demandar a sus padres porque en ningún momento le pidieron su consentimiento para nacer y, más tarde en la vida, para criarlo, formarlo y hacerle enfrentar las situaciones propias de la existencia.

Samuel hizo pública su posición a través de Facebook, de donde fue retomada por medios locales y globales. Según parece, el hombre es un antinatalista convencido, lo cual parece sostener tanto su postura como la supuesta acción legal que emprenderá contra sus padres.

“La única razón por la que sus niños enfrentan problemas es porque ustedes los tuvieron. ¿No es acaso secuestro y esclavitud obligar a un niño a llegar a este mundo y obligarlo después a tener una carrera?”, dice Samuel en una parte de su alegato.

Quizá a este hombre valga la pena repetirle lo que le dice Séneca a Lucilio en una de sus Cartas morales: “La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas”.

 

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