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¿Qué tanto el inconsciente hace posible (o imposible) una relación de amor?

De todos los temas propios de la existencia humana, probablemente ninguno tan fundamental como el amor. Ninguno también sobre el cual, pese a todo lo que se ha dicho a propósito, sintamos siempre que es un tema inacabado. Y mejor que sea así, pues si del amor ya todo estuviera dicho, ¿qué sería de nuestra vida?

Entre las muchas definiciones o caracterizaciones que se han hecho sobre el amor, hay una que llama la atención por su formulación enigmática. Su autor fue el psicoanalista de origen francés Jacques Lacan, probablemente el único después de Sigmund Freud que fue capaz de realizar un progreso significativo en la disciplina. 

Durante cerca de 25 años, Lacan dictó en París un seminario que tuvo como centro siempre la lectura atenta de la obra de Freud con el propósito de devolver al psicoanálisis al campo que le es propio. Uno de esos seminarios estuvo dedicado a la transferencia. Entre 1960 y 1961, Lacan examinó este concepto, que es uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis y uno de los hallazgos más lúcidos de Freud. 

Al trabajar con sus pacientes, Freud se dio cuenta de que en cada consulta se establecía entre él y la persona a quien escuchaba una relación singular y de elevado contenido inconsciente. El paciente respondía a las preguntas o las intervenciones de Freud de manera tal que parecía estar hablando no con él, sino con alguien más: una especie de figuración fantasmal salida directamente de su pasado. 

Ilustración: poetryncolor

 

Al indagar más sobre este fenómeno y vincularlo con otras observaciones realizadas sobre la naturaleza del inconsciente, Freud encontró que en el marco de la consulta psicoanalítica es posible suscitar una relación en la que el paciente transfiere significantes que en su momento pertenecieron a alguna de las relaciones decisivas para la formación de la subjetividad. Y no sólo eso. Al ahondar aún más, Freud se topó con una de las consecuencias más sorprendentes de la relación de transferencia: la demanda de amor. El sujeto se comporta de de cierta manera con su analista, lo confronta, se pliega a sus observaciones, lo riñe, lo deja plantado, sigue religiosamente la agenda marcada, se desespera con él, intenta adivinarlo, lo mira como una figura tutelar, etc., porque fue así como aprendió a comportarse para recibir a cambio el bien supremo de la infancia: el amor de la madre o del padre.

¿La transferencia es exclusiva del psicoanálisis? Desde un punto de vista técnico podría decirse que sí, pues es uno de los elementos primordiales de la práctica psicoanalítica. Sin embargo, a esta pregunta cabría oponer otra un tanto maliciosa: ¿el inconsciente existe únicamente en el tiempo y el lugar del psicoanálisis? Por supuesto que no. El inconsciente forma parte de lo que somos y, por lo tanto, nos acompaña a todos lados. Además, es propio de su naturaleza estar siempre activo, lo mismo en la vida diurna que en nuestros momentos de reposo, en la alegría y la tristeza, ahí cuando nos sentimos más dueños de nosotros mismos y también en los momentos en que actuamos sin pensar (y también cuando pensamos sin actuar).

En ese sentido es posible admitir, al menos como una proposición de este discurso, que casi cualquier relación de nuestra vida es susceptible de poseer los rasgos de una relación de transferencia. No completamente ni de la manera en que ocurre durante la consulta psicoanalítica, pero sí con la característica fundamental de conllevar una demanda inconsciente de amor hacia al otro a cambio de algo que el sujeto da por hecho que está ofreciendo en la relación.

Dado que esta forma de vincularse con otra persona es un intento inconsciente de repetir una relación ya experimentada, el resultado es siempre imprevisible. A veces las cosas funcionan y durante cierto tiempo la relación con el otro puede desarrollarse en el marco de las demandas inconscientes de los sujetos implicados. En otras ocasiones el diálogo de expectativas inconscientes es mucho menos dócil y, por ejemplo, una persona nos parece antipática ya desde el primer momento en que la conocemos, un amigo “cae de nuestra gracia” e incluso en una pareja dejamos de encontrar aquello que antes nos satisfacía.  

Cada caso es único, sin duda, y la intención de este texto no es establecer una generalización salvaje de las relaciones. El objetivo es únicamente señalar el hecho de que el contenido de nuestro inconsciente influye más de lo que solemos aceptar en la manera en que establecemos nuestras relaciones todos los días. En el trabajo, en la escuela, nuestras relaciones con el otro sexo, las relaciones en las que media la atracción sexual, las personas de las que nos volvemos amigos, aquellas que nos sentimos inclinados a evitar, la manera de preguntar o de pedir, los intentos de negociación o de transacción que establecemos con otros. Por más extravagante que nos parezca, en todo ello hay contenido inconsciente implicado, en mayor o menor medida, del que a veces nos damos cuenta y con mayor frecuencia no. ¿Cuántas veces nos hemos comportado de cierta forma en una relación, de cualquier tipo, porque esperamos que será así como recibiremos a cambio el amor del otro?

En este punto es posible hacer entrar en escena a Lacan, uno de cuyos avances en la compresión de la transferencia puede encontrarse condensado en la frase que nos ocupa. O más precisamente: un avance en la comprensión del efecto de la transferencia sobre nuestras relaciones de amor. 

La idea de que “amar es dar lo que no se tiene” alude, entre otras cuestiones, a esa reminiscencia inconsciente del paraíso perdido que es la infancia. Con esta manera de entender el amor Lacan propone que únicamente cuando el sujeto es capaz de renunciar a la restitución de dicho paraíso es que el amor al otro puede surgir y florecer. En caso contrario, los intentos de establecer una relación de amor con otro están orillados a fenecer en el aire viciado de la repetición (piénsese, a manera de ejemplo, en la frustración constante de las relaciones amorosas en Cien años de soledad).

Como atinadamente señaló Lacan, la paradoja de esta renuncia es que el sujeto cede algo que en realidad nunca tuvo. El paraíso de la infancia lo había perdido hace ya mucho tiempo, la posibilidad de ser amado por su madre o por su padre de una manera distinta a la familiar siempre fue imposible, el temor a la castración fue un temor infundado, la probabilidad de repetir la suma de condiciones que vivió anteriormente fue siempre remota cuando no ínfima, el amor que espera recibir tuvo en su momento un sustento real pero la forma en que espera encontrarlo fue siempre imaginaria, etc. En breve, el sujeto nunca estuvo en posesión real de nada de ello.

De ahí que amar sea dar lo que no se tiene. El pacto de amor que el sujeto establece consigo mismo y con el otro implica ceder en esa pretensión de conducir el amor a las formas vividas y conocidas. Para sí, el sujeto entiende por fin que la repetición es imposible y que no es así como recibirá el amor del otro. De cara al otro, este movimiento significa aceptar a la otra persona justamente en su dimensión de otredad, un otro radical, diferente, con su propia historia y su propia su subjetividad: no el Ideal añorado, sino un prójimo de carne y hueso, un ser humano con su propia existencia. Por más obvio que esto parezca, entenderlo es necesario para dar lugar al amor.

Después de todo, ¿qué es el amor sino el reconocimiento de la presencia del otro en nuestra vida?

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Por qué dijo Lacan que el inconsciente está estructurado como un lenguaje?

 

Imagen de portada: poetryncolor

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Una preciosa coincidencia en la etimología del nombre de las diosas Tara y Kore

Los ojos no sólo son las "puertas del alma", son también las moradas de la divinidad inmanente. En los Vedas se dice que el ojo derecho es el habitáculo de Indra y el derecho de Indrani (Viraj). De otra manera, los ojos, y más aún el centro de los mismos, le pertenecen a dos queridas divinidades femeninas: Tara, una de las principales diosas tántricas budistas, adorada también en el hinduismo, y Kore, la diosa griega identificada con Perséfone y con Isis en algunos textos herméticos.

Tara (तारा, tārā) y Kore (κόρη), las dos diosas virginales que ayudan a cruzar al otro mundo, coincidentemente, en sánscrito y en griego, son también la pupila del ojo. Kore significa literalmente "niña", "doncella" y también "pupila", es la eterna niña de los ojos y la virgen del mundo. La puerta por la que penetra la luz. Tara es la diosa del amor y la compasión, la madre universal, y en el budismo mahayana es la bodhisattva que nace de una lágrima de Avalokiteshvara y jura no "cruzar" hacia el nirvana hasta liberar a todos los seres sintientes. Tārā significa "pupila" y también "estrella"; de la raíz verbal tṛ, "cruzar", "atravesar". Poéticamente, cruzar hacia el mundo divino, hacia la luz, superando el océano del samsara.

Kore (Perséfone) es la diosa que pasaba la mitad del año en el inframundo, pero cuyo regreso significa la renovación de la vida; su misterio era enseñando en los ritos de Eleusis, en los que los iniciados tenían una visión de la inmortalidad del alma. Ella era la que enseñaba que la semilla debía morir para vivir, para renacer en una nueva tierra a una vida espiritual.

Plutarco nos regala una curiosa etimología para la palabra kīmiyā (de donde viene "alquimia"); el sacerdote de Delfos nos dice que "chēmia" es la "tierra más negra", un cognado del nombre que daban a su tierra los propios egipcios, "km.t" (keme). Plutarco, según Aaron Cheak, identifica el nombre de Egipto no sólo con "la tierra más negra" sino con la negrura de las pupilas de los ojos, y sugiere que la tierra negra y las pupilas son "los perfectos receptores de la semilla dadora de vida", es decir, de la luz.

 

Nos dice Coomaraswamy que Śaṅkara llama a la pupila "la estrella negra" ((kṛṇṇa-tārā) y la considera: 

'el agujero en el cuerpo' (deha-chidram). Como tal, corresponde a la abertura o agujero en el cielo (divaś chidram), como el agujero del eje (yathā kham) de una rueda (Jaiminīya Upaniṣad Brāhmaṇa I.3.6, 7); es decir, corresponde a la Puerta del Sol, normalmente ocultada por sus rayos, pero visible cuando se retiran éstos, como ocurre en la muerte. De la misma manera que uno puede ver a través de la Puerta del Sol adentro del Brahma-loka, así, a través del ojo, uno puede ver a la Persona inmanente, de quien el ojo es la apariencia.

Coomaraswamy alerta sobre otra interesante etimología: "La raíz, igualmente en ākāśa y en cakṣus, ojo, es kāś, brillar o ver". El espacio y la luz son indivisibles, e igualmente la conciencia -los "fenómenos" (palabra que viene de la raíz griega phanein que significa "brillar" "mostarse", como el dios Fanes, el Eros órfico) que se revelan en el ojo de la mente-, es indivisible del espacio y la luz. Esto coincide con la teoría antigua de la visión, tanto platónica como india: ver es lo que ocurre cuando el fuego interno o los rayos de los ojos chocan con el objeto, pues el ojo mismo es un espejo microcósmico del Sol, más aún es el Sol en pequeño. "El Sol, deviniendo visión, entró en los ojos", dice el texto védico Aitareya Āraṇyaka (II.4.2.). Por eso luego Goethe: "si el ojo no fuera como el Sol, ¿como percibiríamos la luz?"  

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Las dos diosas de las pupilas nos recuerdan que que lo trascendente -la otra orilla, la vida eterna, el ser inmortal- es también lo más inmanente, en el centro de nuestros propios ojos yace la luz del infinito. La pura experiencia del ser, el dato puro subjetivo, el mundo que se revela en nuestra conciencia a través de la luz de la mirada, es ya la experiencia del ser trascendente, infinito y divino.

Tara y Kore, como dice San Agustín de Dios, están "superior summo meo" -más allá de mi más suprema altura-, pero también "interior intimo meo" -más adentro que mis profundidades más íntimas-.

 

Twitter del autor: @alepholo

Sobre este tema lee tambiénLas ventanas del alma, por Ananda Coomaraswamy