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El libro, la más singular de todas las invenciones humanas (una conferencia de Jorge Luis Borges)

Libros

Por: pijamasurf - 04/23/2019

Los libros fueron decisivos en la vida de Jorge Luis Borges, de ahí que haya sido capaz de pronunciar este amoroso discurso que los define y los elogia

Entre el 24 de mayo y el 25 de junio de 1978, Jorge Luis Borges ofreció una serie de cinco conferencias en la Universidad de Belgrano, en Buenos Aires, Argentina, en las que abordó algunos de sus temas predilectos y recurrentes que, para quienes conocen su obra, identifican de inmediato tanto las inclinaciones intelectuales del escritor como su estética. El tiempo, la inmortalidad, el cuento policial… pareciera que leemos las coordenadas creativas por las que Borges transitó a lo largo de su trayectoria.

El tema de su conferencia inaugural es, sin embargo, aún más significativo. Para abrir su intervención, Borges eligió como motivo el libro. No podemos saber cuál fue la intención original de Borges de consagrar su primera alocución a un objeto tan decisivo para él, pero, si nos es dado suponer dentro de cierto margen de interpretación, podríamos ver en esa elección una especie de gesto a la vez de gratitud y propiciatorio, como las plegarias que los antiguos griegos elevaban a ciertos dioses antes de emprender una tarea de importancia.

Después de todo, ¿quién sería Borges sin sus libros? No los libros que signó bajo su nombre, sino más bien esos otros que lo moldearon como escritor y aun como persona y que siempre se complació en elogiar y recordar. Las mil y una noches, el Quijote, la poesía de Quevedo, los cuentos de su adorado Chesterton… No por nada en su poema "Elogio de la sombra", de 1969, nos dejó esta afirmación, que expresa con contundencia su amor por esos tomos: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído".

La conferencia de 1978 sigue ese ánimo, pero es también algo más. Con las licencias propias del discurso oral, Borges elaboró una definición más amplia y más completa de ese objeto entre los objetos que es el libro, a su juicio, el más asombroso de los instrumentos creados por el ser humano y el único que nos permite llevar la memoria y la imaginación más allá de nosotros mismos (es decir, más allá de los límites de nuestro cuerpo, de nuestro espacio y aun del tiempo en el que vivimos).

A continuación compartimos la conferencia íntegra, de acuerdo con el texto que ofrece el sitio Borges todo el año

EL LIBRO

I

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

En César y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro.

Yo he pensado, alguna vez, escribir una historia del libro. No desde el punto de vista físico. No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados), sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido. He sido anticipado por Spengler, en su Decadencia de Occidente, donde hay páginas preciosas sobre el libro. Con alguna observación personal, pienso atenerme a lo que dice Spengler.

Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro, cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aquella frase que se cita siempre: Scripta maner verba volat, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales.

Tomaremos el primer caso: Pitágoras. Sabemos que Pitágoras no escribió deliberadamente. No escribió porque no quiso atarse a una palabra escrita. Sintió, sin duda, aquello de que la letra mata y el espíritu vivifica, que vendría después en la Biblia. Él debió sentir eso, no quiso atarse a una palabra escrita; por eso Aristóteles no habla nunca de Pitágoras, sino de los pitagóricos. Nos dice, por ejemplo, que los pitagóricos profesaban la creencia, el dogma, del eterno retorno, que muy tardíamente descubriría Nietzsche. Es decir, la idea del tiempo cíclico, que fue refutada por San Agustín en La ciudad de Dios. San Agustín dice con una hermosa metáfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos. La idea de un tiempo cíclico fue rozada también por Hume, por Blanqui... y por tantos otros.

Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discípulos. Aquí vino aquello de (yo no sé griego, trataré de decirlo en latín) Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Esto no significa que estuvieran atados porque el maestro lo había dicho; por el contrario, afirma la libertad de seguir pensando el pensamiento inicial del maestro.

No sabemos si inició la doctrina del tiempo cíclico, pero sí sabemos que sus discípulos la profesaban. Pitágoras muere corporalmente y ellos, por una suerte de transmigración -esto le hubiera gustado a Pitágoras- siguen pensando y repensando su pensamiento, y cuando se les reprocha el decir algo nuevo, se refugian en aquella fórmula: el maestro lo ha dicho (Magister dixit).

Pero tenemos otros ejemplos. Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto? Así, de algún modo, fue la inmortalidad de Sócrates, quien no dejó nada escrito, y también un maestro oral. De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos. El Buda fue también un maestro oral; quedan sus prédicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: "Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño". Se pensaba así de los libros. En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo, he estudiado algo de la cábala y he leído las versiones inglesas y alemanas del Zohar (El libro del esplendor), El Séfer Yezira (El libro de las relaciones). Sé que esos libros no están escritos para ser entendidos, están hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada y la espada, esas dos armas. Había gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la Ilíada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero también podían ser atacados.

Platón pudo desterrar a los poetas de su República sin caer en la sospecha de herejía. De estos testimonios de los antiguos contra el libro podemos agregar uno muy curioso de Séneca. En una de sus admirables epístolas a Lucilio hay una dirigida contra un individuo muy vanidoso, de quien dice que tenía una biblioteca de cien volúmenes; y quién, se pregunta Séneca, puede tener tiempo para leer cien volúmenes. Ahora, en cambio, se aprecian las bibliotecas numerosas.

En la antigüedad hay algo que nos cuesta entender, que no se parece a nuestro culto del libro. Se ve siempre en el libro a un sucedáneo de la palabra oral, pero luego llega del Oriente un concepto nuevo, del todo extraño a la antigüedad clásica: el del libro sagrado. Vamos a tomar dos ejemplos, empezando por el más tardío: los musulmanes. Éstos piensan que el Corán es anterior a la creación, anterior a la lengua árabe; es uno de los atributos de Dios, no una obra de Dios; es como su misericordia o su justicia. En el Corán se habla en forma asaz misteriosa de la madre del libro. La madre del libro es un ejemplar del Corán escrito en el cielo. Vendría a ser el arquetipo platónico del Corán, y ese mismo libro, lo dice el Corán, ese libro está escrito en el cielo, que es atributo de Dios y anterior a la creación. Esto lo proclaman los sulems o doctores musulmanes.

Luego tenemos otros ejemplos más cercanos a nosotros: la Biblia o, más concretamente, la Torá o el Pentateuco. Se considera que esos libros fueron dictados por el Espíritu Santo. Esto es un hecho curioso: la atribución de libros de diversos autores y edades a un solo espíritu; pero en la Biblia misma se dice que el Espíritu sopla donde quiere. Los hebreos tuvieron la idea de juntar diversas obras literarias de diversas épocas y de formar con ellas un solo libro, cuyo título es Torá (Biblia en griego). Todos estos libros se atribuyen a un solo autor: el Espíritu.

A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: "Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu". Es decir, un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más. El Quijote, por ejemplo, es más que una sátira de los libros de caballería. Es un texto absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar.

Pensemos en las consecuencias de esta idea. Por ejemplo, si yo digo: 

Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas
verde prado, de fresca sombra lleno

es evidente que los tres versos constan de once sílabas. Ha sido querido por el autor, es voluntario.

Pero, qué es eso comparado con una obra escrita por el Espíritu, qué es eso comparado con el concepto de la Divinidad que condesciende a la literatura y dicta un libro. En ese libro nada puede ser casual, todo tiene que estar justificado, tienen que estar justificadas las letras. Se entiende, por ejemplo, que el principio de la Biblia: Bereshit baraelohim comienza con una B porque eso corresponde a bendecir. Se trata de un libro en el que nada es casual, absolutamente nada. Eso nos lleva a la cábala, nos lleva al estudio de las letras, a un libro sagrado dictado por la divinidad que viene a ser lo contrario de lo que los antiguos pensaban. Éstos pensaban en la musa de modo bastante vago.

Canta, musa, la cólera de Aquiles, dice Homero al principio de la Ilíada. Ahí, la musa corresponde a la inspiración. En cambio, si se piensa en el Espíritu, se piensa en algo más concreto y más fuerte: Dios, que condesciende a la literatura. Dios, que escribe un libro; en ese libro nada es casual: ni el número de las letras ni la cantidad de sílabas de cada versículo, ni el hecho de que podamos hacer juegos de palabras con las letras, de que podamos tomar el valor numérico de las letras. Todo ha sido ya considerado.

El segundo gran concepto del libro, repito, es que pueda ser una obra divina. Quizá esté más cerca de lo que nosotros sentimos ahora que de la idea del libro que tenían los antiguos: es decir, un mero sucedáneo de la palabra oral. Luego decae la creencia en un libro sagrado y es reemplazada por otras creencias. Por aquella, por ejemplo, de que cada país está representado por un libro. Recordemos que los musulmanes denominan a los israelitas, la gente del libro; recordemos aquella frase de Heinrich Heine sobre aquella nación cuya patria era un libro: la Biblia, los judíos. Tenemos entonces un nuevo concepto, el de que cada país tiene que ser representado por un libro; en todo caso, por un autor que puede serlo de muchos libros.

Es curioso, no creo que esto haya sido observado hasta ahora que los países hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos. Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al doctor Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es, digámoslo así, el menos inglés de los escritores ingleses. Lo típico de Inglaterra es el understatement, es el decir un poco menos de las cosas. En cambio, Shakespeare tendía a la hipérbole en la metáfora, y no nos sorprendería nada que Shakespeare hubiera sido italiano o judío, por ejemplo.

Otro caso es el de Alemania; un país admirable, tan fácilmente fanático, elige precisamente a un hombre tolerante, que no es fanático, y a quien no le importa demasiado el concepto de patria; elige a Goethe. Alemania está representada por Goethe.

En Francia no se ha elegido un autor, pero se tiende a Hugo. Desde luego, siento una gran admiración por Hugo, pero Hugo no es típicamente francés. Hugo es extranjero en Francia; Hugo, con esas grandes decoraciones, con esas vastas metáforas, no es típico de Francia.

Otro caso aún más curioso es el de España. España podría haber sido representada por Lope, por Calderón, por Quevedo. Pues no. España está representada por Miguel de Cervantes. Cervantes es un hombre contemporáneo de la Inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles.

Es como si cada país pensara que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos. Nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro la crónica de un desertor, hemos elegido el Martín Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, ¿cómo pensar que nuestra historia está representada por un desertor de la conquista del desierto? Sin embargo, es así; como si cada país sintiera esa necesidad.

Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores. Yo quiero referirme a unos pocos. Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: No hago nada sin alegría. Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.

Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores. Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo.

Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón. Luego enumera los autores que le gustan. Cita a Virgilio, dice preferir las Geórgicas a la Eneida; yo prefiero la Eneida, pero eso no tiene nada que ver. Montaigne habla de los libros con pasión, pero dice que aunque los libros son una felicidad, son, sin embargo, un placer lánguido.

Emerson lo contradice, es el otro gran trabajo sobre los libros que existe. En esa conferencia, Emerson dice que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. En ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez. Tenemos que abrir el libro, entonces ellos despiertan. Dice que podemos contar con la compañía de los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que no los buscamos y preferimos leer comentarios, críticas y no vamos a lo que ellos dicen.

Yo he sido profesor de literatura inglesa, durante veinte años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien. Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación, lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros.

Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído.

Emerson coincide con Montaigne en el hecho de que debemos leer únicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad. Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. Yo tengo ese culto del libro. Puedo decirlo de un modo que puede parecer patético y no quiero que sea patético; quiero que sea como una confidencia que les realizo a cada uno de ustedes; no a todos, pero sí a cada uno, porque todos es una abstracción y cada uno es verdadero.

Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.

Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá: qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria.

El concepto de un libro sagrado, del Corán o de la Biblia, o de los Vedas donde también se expresa que los Vedas crean el mundo, puede haber pasado, pero el libro tiene todavía cierta santidad que debemos tratar de no perder. Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.

Heráclito dijo (lo he repetido demasiadas veces) que nadie baja dos veces al mismo río. Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además, los libros están cargados de pasado.

He hablado en contra de la crítica y voy a desdecirme (pero qué importa desdecirme). Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del sigio XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. Igual sucede con Lugones y Martínez Estrada, el Martín Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.

Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto supersticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría.

Eso es lo que quería decirles hoy.


II

Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros. A lo largo de la historia el hombre ha soñado y forjado un sinfín de instrumentos. Ha creado la llave, una barrita de metal que permite que alguien penetre en un vasto palacio. Ha creado la espada y el arado, prolongaciones del brazo del hombre que los usa. Ha creado el libro, que es una extensión secular de su imaginación y de su memoria.

A partir de los Vedas y de las Biblias, hemos acogido la noción de libros sagrados. En cierto modo, todo libro lo es. En las páginas iniciales del Quijote, Cervantes dejó escrito que solía recoger y leer cualquier pedazo de papel impreso que encontraba en la calle. Cualquier papel que encierra una palabra es el mensaje que un espíritu humano manda a otro espíritu. Ahora, como siempre, el inestable y precioso mundo puede perderse. Sólo pueden salvarlo los libros, que son la mejor memoria de nuestra especie. Hugo escribió que toda biblioteca es un acto de fe; Emerson, que es un gabinete donde se guardan los mejores pensamientos de los mejores; Carlyle, que la mejor Universidad de nuestra época la forma una serie de libros. Al sajón y al escandinavo los maravillaron tanto las letras que les dieron el nombre de runas, es decir, de misterios, de cuchicheos.

Pese a mis reiterados viajes, soy un modesto Alonso Quijano que no se ha atrevido a ser don Quijote y que sigue tejiendo y destejiendo las mismas fábulas antiguas. No sé si hay otra vida; si hay otra, deseo que me esperen en su recinto los libros que he leído bajo la luna con las mismas cubiertas y las mismas ilustraciones, quizá con las mismas erratas, y los que me depara aún el futuro.

De los diversos géneros literarios, el catálogo y la enciclopedia son los que más me placen. No adolecen, por cierto, de vanidad. Son anónimos como las catedrales de piedra y como los generosos jardines.

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Para los lectores interesados, esta y las otras cuatro conferencias se recogieron en el libro Borges oral, publicado originalmente en 1979 y después en otras ediciones.

 

Encuentra en este enlace la sección de Pijama Surf consagrada a los libros.

 

Imagen de portada: Jim Jarmusch, Only Lovers Left Alive (2014)

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Otra notable ausencia es la de Filón de Alejandría, el filósofo judío helenista, quien fue un vinculo importante entre el pensamiento judío y la filosofía griega, y cuya lectura alegórica de la Biblia fue influyente en los padres de la Iglesia. Literalmente, Filón unió el Logos griego con la Palabra divina del Dios judío, prefigurando el evangelio juanino. Ciertamente, de los comentarios bíblicos de Filón se deriva una "vida espiritual"; sin embargo, como ocurre con varios de los autores que no han alcanzado el corte final, su obra es vasta, no demasiado accesible, y cuesta señalar un texto único que destaque claramente por sobre todos los demás. Sus comentarios alegóricos al Pentateuco han sido los más estudiados e influyentes.

Tampoco se ha incluido a ninguno de los padres de la Iglesia de los primeros siglos (el primero es Agustín). Sin duda brillará por su ausencia Orígenes, el primer gran teólogo cristiano, quien prácticamente enseñó a leer la Biblia -en el espíritu y no en la letra-, pero de nuevo, su obra es legendariamente vasta y dispar (pese a que mucha de ella se ha perdido, pues dejó de ser del agrado de la autoridad eclesiástica por sus excesos platónicos). Una ausencia notable es también la de Gregorio de Nisa -como representante de la exquisita teología capadocia-; tanto su comentario del Cantar de los Cantares como su Vida de Moisés podrían haber obtenido un lugar en la lista en otro día. Sin embargo, hemos incluido, como representante de la tradición mística-contemplativa de los padres de la Iglesia ortodoxa, y los llamados padres del desierto, la Philokalia, la única antología propiamente que aparece en la lista, pero que es un caso especial por su enorme influencia (más sobre este texto en la segunda entrega de esta lista). En épocas más recientes, Los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola han sido enormemente influyentes y ciertamente podrían haber alcanzado un lugar en esta lista en otra ocasión.

Otras omisión, quizá menos onerosa, es la obra de Paracelso, a quien cuesta fijar en una única obra (y a quien podríamos incluir como exponente de la tradición alquímica, a la vez que planteando una filosofía ética, incluso una filosofía del bienestar), pues su producción es también vasta y no despunta sobremanera ninguna obra. El lector no especializado se beneficiará más de leer antologías del Hermes suizo, cuya influencia fue tanta en la ciencia al igual que en la espiritualidad. Una omisión señera por su influencia sin duda es la del zapatero Jacob Böhme, el místico alemán que Hegel considerara el primer filósofo alemán de la historia. Aurora y Signatura Rerum son dos obras de alto pedigree en el esoterismo, pero que además fueron leídas atentamente por la tradición filosófica alemana. Dicho eso lo de Böhme no es para cualquier, su estilo y contenido es denso, lleno de imágenes poéticas, pero también de una sintaxis confusa y de una compleja visión teosófica que difícilmente las hacen clásicos de bolsillo. Otro candidato habrían sido Los tres libros de filosofía oculta de Agrippa, pero ese lugar para la magia lo hemos reservado para De triplici vita de Ficino, donde no sólo expone principios de magia astrológica, sino también nos ilumina con los principios éticos que de allí se derivan. Este mismo texto le quita un lugar a Las 900 tesis y al influyente Sobre la dignidad del hombre de Pico della Mirandola, quien estudió con el mismo Ficino. Intentando no cargar la lista hacia la magia y a lo esotérico, tampoco incluimos a Giordano Bruno, un autor de gran peso específico y logros mágicos y poéticos. Las utopías de Tomás Moro y Francis Bacon (o alguno otro de sus libros de ensayos) son también omisiones que no nos dejan del todo tranquilos. Tampoco hemos incluido El Zohar u otros textos cabalistas, los cuales son sumamente esotéricos, tratan sobre todo de cosmología metafísica y necesitan cierta exégesis para llevarse a fruición, si bien es cierto que de ellos se deriva una rica tradición de comentarios y meditaciones místicas. Esto en lo que concierne a la primera mitad de la lista en orden cronológico (en la segunda parte haremos la apología correspondiente).

En el caso de la poesía, que merece ciertamente una nota aparte, la Eneida de Virgilio brilla enormemente por su ausencia, pero nos hemos decantado por la obra de su discípulo lejano, Dante. La poesía amorosa y religiosa de Francisco de Quevedo es otra notable omisión. El caso del elefante en la habitación, la omisión de La Iliada y La Odisea, no dejará de ser controversial, pero aunque son obras que encierran todo un modo de percepción y relación con los dioses, del cual la tradición deriva su mythos, no queda completamente claro que puedan leerse como obras de una vida espiritual (aunque a veces han sido leídas así), en este sentido nos remitimos al lector al comentario que hace Sócrates en La República de estas obras.

Por último, hemos omitido al que seguramente sería el primero y más imprescindible de los textos espirituales de un canon occidental, la Biblia. Su inclusión es demasiado obvia y hemos querido hacer espacio para otros textos que puedan aportar algo nuevo al lector. Su omisión no debe tomarse como una postura crítica. Resulta evidente que para la persona que busca formarse en un sentido espiritual, así como obtener la más básica cultura (y espíritu y cultura, como entendieron los idealistas alemanes, pueden entenderse como sinónimos), la lectura de la Biblia es esencial, independientemente de la fe que se profese (o la falta de ella).

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1. La república, Platón

Seguramente el libro más influyente y culturalmente relevante en la tradición occidental después de la Biblia. El filósofo que primero creó un sistema metafísico expone aquí su doctrina del mejoramiento del alma y de aquello en lo que debe consistir una buena educación. En su meditación dialéctica sobre la justicia da la pauta no sólo de lo que considera que es lo justo a nivel político -de una ciudad- sino a nivel individual, del alma humana: un régimen tanto político como espiritual, que se deriva, en última instancia, de la cosmología y la teología, de la cual el alma y la ciudad son microcosmos. Si bien el sistema del divino Platón está abierto a interpretaciones y no se encuentra exhaustivamente, ni mucho menos, en un solo diálogo, este es el texto más completo y aquel en que más ampliamente expone su filosofía ética, la cual va ligada a una epistemología, como se muestra por ejemplo en el mito de la caverna. El bien, la verdad y la belleza serán para Platón, y para la tradición cristiana, los tres grandes ideales -o trascendentales- de la vida del alma, hasta el punto de poder considerarse sinónimos. Esta influencia de los tres trascendentales no será sólo religiosa, sino también artística, influyendo profundamente en el romanticismo.

 

2. Meditaciones, Marco Aurelio

El clásico libro de consejos y reflexiones del emperador Marco Aurelio es el libro que hemos elegido como representante de la filosofía estoica, que actualmente vive una especie de renacimiento. En un mundo materialista y hedonista, donde además se vive una constante ansiedad provocada por la sobreestimulación, la sabiduría estoica es un remedio natural. En medio de lo que hoy consideraríamos estrés extremo y poder y riqueza desquiciantes, Marco Aurelio predica la calma, el desapego y la obediencia a la voluntad divina, compartiéndonos sus reflexiones cotidianas en inmortales máximas y aforismos. Otro clásico estoico que goza de gran salud editorial es las Cartas a Lucilio de Séneca.

 

3. Enéadas, Plotino

Las Enéadas de Plotino, texto editado y reconstruido por su discípulo Porfirio, es uno de los pocos libros presentados aquí que encierran tanto un profundo sistema metafísico -más sistemático incluso que el de Platón, incorporando también el pensamiento de Aristóteles- como también una filosofía ética, estética y eminentemente mística. Plotino desarrolla su famoso sistema de emanación triádico, que parte del Uno supraescencial y deriva en la Inteligencia y el Alma, pero también desarrolla el método contemplativo para que el alma humana regrese al Uno, el "vuelo del solo al Solo", e incluso una ética eudaimónica, donde la felicidad consiste, como en Platón y en Aristóteles, en la contemplación intelectual, en este caso llevada al extremo de la separación y negación completa del mundo material (se dice que Plotino aborrecía la existencia material, la tumba del alma, y alcanzó la unión con la divinidad hasta en cuatro ocasiones antes de morir). Las Enéadas no son lectura fácil, pero tampoco son acartonados e impenetrables tratados lógicos -especialmente, la versión de Stephen McKenna en inglés es un clásico de la prosa filosófica-. La inclusión del la obra de Plotino se justifica por su enorme influencia tanto en la historia de la filosofía como en la historia del esoterismo y la espiritualidad. Una reciente edición crítica del profesor Lloyd Gershon está destinada a convertirse en la de mayor autoridad. En español, la editorial Gredos tiene una versión. 

 

4. Sobre los misterios egipcios, Jámblico

Otro texto que también esboza un sistema metafísico; no obstante, Jámblico hace una crítica al neoplatonismo de Porfirio y de Plotino, enfatizando el aspecto teúrgico o la acción ritual divina de la filosofía. Este es uno de los textos que más han influido en las doctrinas mágicas de Occidente. Sin embargo, pese a beber del cauce egipcio hermético, no deja de estar apoyado en la más alta filosofía platónica. Jámblico, quien fue la principal inspiración de la apostasía del emperador Julián, se distancia de una cierta repulsión platónica a la materia, que puede leerse en Porfirio y en Plotino, para abrazar el cosmos como una teofanía, como un sacramento. Su método consiste en la purificación y en el acondicionamiento del vehículo humano para propiciar el descenso de lo divinidad y no el ascenso del alma -a diferencia de la henosis de Plotino-, pues para Jámblico la teúrgia es la actividad bendita de los dioses -no de los hombres-, gracias a los cuales el alma puede participar en la actividad demiúrgica. Existe una versión de Gredos en español y un excelente comentario en ingles: Theurgy and the Soul, de Gregory Shaw. 

 

5. Confesiones, San Agustín

El texto que junto con La república de Platón guarda preponderancia en esta lista, tanto por la profundidad de su contenido como por su magistral estilo literario. Es considerada la primera gran biografía escrita en Occidente y sin duda es la más notable autobiografía espiritual de toda la historia. Agustín de Hipona narra su infancia y adolescencia pecaminosa, su acercamiento al maniqueísmo, su concubinato, el episodio central de su conversión al cristianismo, la influencia de su madre católica Mónica (que sería canonizada) y de su maestro san Ambrosio, así como también su debatirse entre el cristianismo y el neoplatonismo (al cual estimaba, aunque finalmente lo consideró imperfecto), hasta en los últimos libros de la obra exponer su propia teología, acabando en la Trinidad. La obra ha pasado a la historia por mostrar el dilema existencial que desgarra el corazón de Agustín con una cierta inclinación a la sensualidad y a la emotividad, sin perder su gran piedad y arrepentimiento. Esta parte débil de la carne, expuesta de manera tan franca y poética, es lo que hace que tantas personas se hayan podido identificar con el santo. Algo que quedó cifrado en esa famosa frase: "Señor, hazme casto pero todavía no".

 

6. Los nombres divinos, Dionisio Aeropagita

Discutiblemente, la obra más influyente del pequeño corpus de Dionisio Aeropagita (también llamado Pseudo Dionisio) y la obra cumbre del misticismo apofático cristiano, con una muy amplia influencia tanto en la Iglesia católica como en la ortodoxa. La obra de Dionisio Aeropagita alcanzó enorme influencia en parte por haberse tenido por la tradición como obra de san Dionisio, discípulo directo de san Pablo, convertido por el apóstol en el discurso al dios desconocido en el Aerópago de Atenas. Hoy sabemos que la obra fue compuesta por un teólogo sirio del siglo V y principios del VI. Sin embargo, esta pseudografía no debe entenderse como una fraudulenta usurpación, sino más bien como una forma de humildad y autonegación creativa, lo cual ha hecho que Dionisio Aeropagita sea aún considerado como uno de los más brillantes teólogos en la historia del cristianismo (pese a que Lutero lo condenó por ser más platónico que cristiano). En esta obra hace una sublime síntesis del neoplatonismo de Proclo con la teología cristiana de un dios trinitario que trasciende el conocimiento pero que se manifiesta en el mundo, sin disminución, en sus nombres divinos, fundamentalmente como amor, haciendo de todo el cosmos una teofanía, presencia divina. Aunque hay aquí un sistema metafísico, también se esboza un sendero práctico contemplativo, donde la oración es la alabanza de toda la creación y, más aún, se revela como silencio -la vía negativa- y desprendimiento de todo conocimiento para alcanzar un estado de comunión inefable. Además de Los nombres divinos, su pequeño tratado La teología mística, donde introduce el metaconcepto de "la oscuridad brillante", merece también considerarse.

 

7. La consolación de la filosofía, Boecio

Este es el entrañable texto escrito por el filósofo cristiano y senador romano Boecio en el siglo VI, cuando había sido encarcelado y poco antes de ser ejecutado por cargos de conspiración. Boecio fue traductor de Aristóteles y Platón y su obra fue uno de los vínculos entre la Antigüedad y la Edad Media, siendo La consolación de la filosofía una de las obras más influyentes del medievo. El texto discurre en una conversación entre Boecio y la Dama Filosofía que lo consuela, notando el aspecto transitorio de la fama y la riqueza, revelando que el único y último bien es la divinidad, y argumentando además que la felicidad no depende de factores externos o contingentes, sino que es algo interno que participa en lo eterno. El texto es parte de una importante tradición de platonismo cristiano, que empieza con los grandes teólogos alejandrinos, en la que las ideas del filósofo griego son conciliadas con el cristianismo como parte del Logos universal. Boecio entiende que existe una unidad trascendente entre la verdad de la filosofía y la de la religión y que no hay conflicto entre la fe y la razón. Notablemente, el texto no hace referencias explícitas al cristianismo y puede leerse de ambas formas, como un texto platónico o como uno cristiano. Esto lo convirtió en un clásico entre numerosos padres y místicos cristianos, como Tomás de Aquino y el Maestro Eckhart.

 

8. Itinerario de la mente a Dios, San Buenaventura

San Buenaventura, considerado doctor (seráfico) de la Iglesia, fue el heredero de la inspiración espiritual de San Francisco de Asís. Buenaventura, según él mismo relata, fue "curado" por intercesión del santo del amor a la naturaleza y escribió su biografía autoritaria. No obstante, su obra maestra es sin duda Itinerario de la mente (o el alma) a Dios (Itinerarium mentis in Deum). Esta obra es considerada un clásico de la contemplación mística, donde se traza el sendero desde lo creado hasta la unión del alma con la divinidad. Pero el sendero de Buenaventura, como el de su maestro, no es un sendero intelectual (si bien Buenaventura, a diferencia de San Francisco fue un erudito de la sagrada doctrina), sino un sendero basado en el amor, la piedad y la humildad. Generalmente se distingue entre Tomás y Buenaventura, compañeros de estudio, y se dice que mientras el aquinato fue el "Aristóteles cristiano", el de Fidanza fue un segundo Agustín y la suya fue una teología del amor y la vida práctica. El papa León XIII lo llamó "el príncipe de los místicos".

 

9. Divina Comedia, Dante

Un texto que lejos de ser un manual de vida, en su poder alegórico, aun así brinda una imagen sublime de la vida espiritual. El poeta sigue el sendero de la belleza hacia la divinidad y en su paso por el Infierno y el Purgatorio recibimos una lección de los pecados e imperfecciones que impiden la más alta unión, a través de casos ejemplares. Dante incrusta en un cosmos moralmente cristiano -aunque espacialmente ptoloméico y aristotélico- los más altos principios de la filosofía platónica. Al ir ascendiendo por las nueve esferas del cielo, Dante introduce las virtudes o excelencias que alcanzan la beatitud (nuestro amigo Buenaventura aparece en la cuarta esfera, la del Sol) y la belleza de Beatriz se va haciendo más intensa conforme escala hacia la rosa celestial del coro angélico. Del ascenso del alma y sus pruebas se desprende una ética, pero que no es sólo la de la moral cristiana, sino es también una estética -tanto en la forma sublime de los versos italianos de Dante, como en el magnetismo anagógico de la belleza de Beatriz y de la deidad y su colegio de santos y ángeles-. Dante es guiado por Virgilio, quien representa la razón y la virtud, pero movido por el amor, pues es Beatriz la que ha enviado al poeta (este es el sentido de la filosofía mística de Platón, pero también de la teología cristiana). Como es el tema dominante de la primera parte de esta lista, se trata de otra obra más de cristianismo platónico, una feliz unión. No por nada Hans Urs von Balthasar incluye a Dante como uno de sus estilos de teología estética (aunque laica) en su monumental obra Gloria: Una estética teológica.

 

10. Sermones alemanes, Meister Eckhart

Una de las grandes joyas del misticismo de todas las eras y culturas, justamente por su carácter universal, los sermones vernáculos del teólogo Meister Eckhart han llamado la atención de estudiosos del vedanta y del budismo, aunque la Iglesia los consideró parcialmente herejes (Eckhart murió en el siglo XIV durante el proceso de revisión, antes de que fueran condenados). El teólogo dominico fue influido por la teología apofática de Dionisio Aeropagita y con ello desarrolló una profunda meditación en torno al desapego del mundo creado, la negación del yo, el silencio, la oscuridad y la nada y la participación del alma en la divinidad (el perpetuo nacimiento del Logos en ciudadela del alma). Más allá de esta mística apofática, en los sermones de Eckhart se encuentran todo tipo de consejos morales y enseñanzas para vivir una vida justa y ética que conduce a la persona a la santidad y a la unión mística. Eckhart no publicó libros en vida -pues no era tal la costumbre- sino pequeños tratados que eran circulados entre monjes y alumnos, pero su obra completa ha sido publicada en diversas lenguas europeas y generalmente se distinguen sus textos latinos, más teológicos y formales, de sus sermones alemanes más inclinados al misticismo y dueños de una energía radical. En inglés han sido publicados como The Complete Mystical Works of Meister Eckhart, en una excelente edición de Bernard McGinn.

 

11. Tres libros sobre la vida, Marsilio Ficino

Marsilio Ficino fue otro platonista cristiano (en su caso, la acusación de Lutero a Dionisio parece más apropiada: más platónico que cristiano; si bien nunca ha sido acogido en el seno de la Iglesia). Bajo el auspicio de los Medici, Ficino tradujo la obra completa de Platón, además de los textos más importantes del neoplatonismo y el Corpus Hermeticum. La obra de Ficino consiste fundamentalmente en numerosas cartas y pequeños tratados, su monumental Teología platónica y un texto de quizá un poco más fácil acceso y ciertamente más folclórico, De triplici vita (Tres libros sobre la vida). Estos son: De vita sana (Sobre la vida sana), dedicado a ayudar a los eruditos a alcanzar una vida sana a través de los hábitos adecuados (Ficino era médico de formación, además de astrólogo y sacerdote). De vita longa (Sobre la vida larga), donde Ficino ofrece consejos para vivir y morir bien, libro particularmente orientado a los viejos. El tercero y en el cual queremos hacer énfasis es De vita coelitus comparanda (Sobre la obtención de la vida de los cielos). Aquí, Ficino reflexiona y da una serie de técnicas mágicas y filosóficas para hacer que el ser humano tome energía de los objetos celestes y armonice su vida con el cosmos. En este texto se hace una exposición de la magia astrológica y su relación con los elementos, las piedras preciosas, las plantas y demás objetos que son capaces de captar los espíritus planetarios. Ficino enseña a hacerse como el cielo y a nutrirse espiritualmente, dejando por todos lados pruebas de una erudición extraordinaria, como una especie de Da Vinci del esoterismo y la filosofía, un verdadero hombre renacentista, y ciertamente uno de los principales responsables en gestar esta nueva época del pensamiento.

 

12. Noche oscura del alma, San Juan de la Cruz

Resulta difícil elegir entre los cuatro tratados (poemas con sus respectivos autocomentarios) de San Juan de la Cruz, pero Noche oscura del alma ha sido el que más repercusión ha tenido, aunque el Cántico espiritual (glosa poética del Cantar de los Cantares) y su Subida al monte Carmelo (sobre el ascenso del alma a la unión divina) podrían aparecer también en la lista. San Juan de la Cruz habló de la "noche oscura del alma", que se ha convertido en una figura de uso común para describir toda prueba in extremis, y el libro trata asimismo sobre la unión del alma con la divinidad, siguiendo el sendero apofático o negativo trazado por otros grandes místicos de la tradición cristiana (como ya hemos visto). San Juan dispone en el comentario, el cual escribió para las monjas que tenía bajo su instrucción, las diferentes etapas de esta unión empezando por la vía purgativa o purificatoria, la cual consiste tanto en una serie de conductas morales como en un ardor devocional y un recogimiento contemplativo que abandona los estímulos mundanos para fijarse en la divinidad. Una merecida mención también a Las moradas del castillo interior de Santa Teresa de Ávila y a la obra visionaria de Juliana de Norwich, Revelaciones del amor divino.

 

13. Centurias, Thomas Traherne

El poeta, téologo y sacerdote anglicano Thomas Traherne es seguramente uno de los menos conocidos de esta lista. No obstante, sus Centurias, descubiertas más de 2 siglos después de su muerte, se han ganado un lugar dentro de los clásicos de la espiritualidad occidental en el último siglo. La prosa poética de Traherne revela una mirada de inocencia paradisíaca, el poeta y teólogo mira el mundo como en el primer día, con ojos adánicos y descubre el brillo de la eternidad en las cosas manifiestas, anticipando algunos de los modos visionarios de William Blake, quien vería un mundo en un grano de arena o el cielo en una flor silvestre. Suya es esa infancia espiritual que permite deleitarse con todo lo que aparece en el lienzo de la conciencia y reconocer su origen divino, tanto la condición de entrada al reino del cielo como el origen de la filosofía.

 

Lee la segunda parte de la lista: del siglo XVII a la actualidad... 

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