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En el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, presentado el pasado 1o de mayo por el presidente de México, el gobierno se propone “Reformular el combate a las drogas”

1. La raya

En el flamante Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, presentado el pasado 1o de mayo por el presidente de México, el gobierno se propone “Reformular el combate a las drogas”. Lo que algunos medios y sus columnistas han considerado un documento “absolutamente fantasioso”, “un libro de economía… ¡cubana!” o “una novela de ficción”, representa una herramienta de gestión que propone, al menos discursivamente, un cambio de paradigma y un para nada menor intento de virar el rumbo sangriento de los últimos años en México.

A través de las redes sociales, Andrés Manuel López Obrador resaltó las características del Plan, argumentando con sonrisa pícara que “no se ajusta a los dictados de los organismos financieros internacionales y de los gobiernos extranjeros”. El documento está inspirado –dice– “en el plan del partido liberal de los hermanos Flores Magón y en el plan sexenal del presidente Lázaro Cárdenas”, cuyo gobierno implementó políticas de drogas alternativas al prohibicionismo y representa un antecedente de regulación de sustancias en el país.

 

2. Hashtag Políticas De Drogas

Pensar hoy las políticas públicas en materia de drogas requiere hacer un viaje, por lo menos, hacia fines del siglo XIX/principios del XX de ida y vuelta hasta la actualidad. Se hace necesario un pantallazo general sobre los acuerdos internacionales respecto a ciertas sustancias –y su vaivén entre legalidad e ilegalidad–, así como las singularidades de algunos países en sus periplos para enfrentar las problemáticas de consumo, que nos permita comprender de mejor manera la temática y lo propuesto en el Plan Nacional de Desarrollo.

Las particularidades del caso mexicano hacen de este tema una especie de caja de Pandora, comenzando por su condición geográfica irrenunciable. Siendo parte del continente americano y de la subregión del norte, México habita la zona que concentra el mayor nivel de producción y consumo de cocaína en el mundo (América), y forma parte del mercado más importante para la misma sustancia, además de que el consumo de fármacos opioides con fines no médicos está adquiriendo dimensiones de epidemia (América del Norte). También se concentra en esta región el mayor tráfico de metanfetaminas, junto con Asia oriental y sudoriental, según las cifras de la ONUDC de 2018.

Por si esto fuera poco, México atraviesa actualmente una crisis humanitaria debido a las cifras que han arrojado 12 años de “guerra contra el narcotráfico”: más de 100 mil muertes violentas relacionadas con esta estrategia, alrededor de 40 mil desaparecidos y cerca de 2 mil fosas clandestinas en veinticuatro estados de la república, si atendemos las cifras del INEGI de 2018.

Si bien este escenario pareciera ser argumento suficiente para demostrar el fracaso de las políticas de drogas implementadas en México –sobre todo a partir de 2006 cuando, sin cuestionamiento alguno, el entonces presidente de la república, Felipe Calderón Hinojosa, declara la “guerra contra las drogas”–, la complejidad de la temática nos obliga a no simplificar la trama y a evitar un pensamiento lineal.

 

3. La prohibición

A principios de 1900 se firman los primeros documentos internacionales no vinculantes sobre la prohibición del opio, la gran preocupación de la época. México participa, firma y ratifica los acuerdos internacionales, principalmente para avalar la visión estadounidense sobre las drogas y evitar suspicacias relativas al comercio a través de la compartida frontera. Sin embargo, el consumo recreativo de opio en México se mantenía asociado a las clases sociales altas y la discusión sobre su regulación se fortalecía bajo el argumento de que la desregulación desprestigiaba su uso médico.

Unos años más tarde (1920), la prohibición se fortaleció y sumó a la lista otras sustancias, entre ellas la marihuana y, un poco después en Estados Unidos, el alcohol. Por aquel entonces se pensó que la aplicación de políticas prohibicionistas mediante tratados bilaterales por parte del presidente Plutarco Elías Calles, ayudaría a aliviar tensiones con el país vecino, incluyendo en las prohibiciones la importación de todos los narcóticos (1923), acciones judiciales contra traficantes y usuarios de algunas sustancias (1925); sin embargo, estas acciones propiciaron que la frontera norte de México se consolidara como una franja de tráfico ilegal de diversas sustancias.

Esta dinámica prohibicionista se ha mantenido a lo largo de los años y vemos aún hoy sus consecuencias. Durante todos estos años se crearon organismos internacionales como la ONU (1945), abocados a enfrentar las “problemáticas internacionales”, y dentro de ésta la Comisión de Estupefacientes “para asistir en la supervisión de la aplicación de los tratados de fiscalización internacional de drogas”; se incrementó la lista de sustancias ilegales –donde el alcohol estuvo durante 13 años–; se creó la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (1968), “encargada de vigilar la aplicación de los tratados de fiscalización internacional de drogas”; se endurecieron las acciones judiciales y la persecución de sustancias y consumidores, además de la injerencia directa en distintos países para atender las problemáticas de tráfico de sustancias ilegales, cuyo pináculo ha sido la “guerra contra las drogas” (1971). Nunca sobra decir que en ninguna guerra hay ganadores, sólo víctimas, vencidos, viudas, huérfanos, muertes.

 

4. El paréntesis mexicano

Frente a las complicaciones generadas por la prohibición de sustancias en México –el incremento en el consumo, el tráfico y la violencia por el control de territorios y mercancías–, el gobierno de Lázaro Cárdenas reconsideró la estrategia global y propuso una modificación al Reglamento Federal de Toxicomanías (1940). La publicación realizada en el Diario Oficial de la Federación se convirtió en el primer ensayo regional en la búsqueda de alternativas al prohibicionismo con una base sólida en sus consideraciones:

“Que para combatir la toxicomanía y el tráfico de drogas enervantes se dictó el Reglamento Federal de Toxicomanías que ha venido rigiendo desde 1931 y que establece como sistema la persecución y denuncia de los toxicómanos y traficantes de drogas. Que la práctica ha demostrado que la denuncia sólo se contrae a un pequeño número de viciosos y a los traficantes en corta escala, quienes por carecer de suficientes recursos no logran asegurar su impunidad. Que la persecución de los viciosos que se hace conforme al Reglamento de 1931 es contraria al concepto de justicia que actualmente priva, toda vez que debe conceptuarse al vicioso más como enfermo a quien hay que atender y curar, que como verdadero delincuente que debe sufrir una pena. Que por falta de recursos económicos del Estado, no ha sido posible hasta la fecha seguir procesos curativos adecuados con todos los toxicómanos, ya que no ha sido factible establecer el suficiente número de hospitales que se requieren para su tratamiento. Que el único resultado obtenido con la aplicación del referido reglamento de 1931, ha sido la del encarecimiento excesivo de las drogas y hacer que por esa circunstancia obtengan grandes provechos los traficantes”.

Durante los 6 meses que duró el paréntesis mexicano, las tareas relacionadas con la atención a las problemáticas de drogas en México estuvieron en manos de la Secretaría de Salubridad Pública, enfocadas en el desarrollo del bienestar de los ciudadanos como sujetos de derechos,  la reducción de riesgos y daños en las prácticas de consumo, la consagración de las libertades individuales y el cuidado de la salud.

Sin embargo, la promulgación y el cambio de estrategia generaron diferencias con el vecino país del norte, que suspendió la exportación de drogas para fines médicos que México importaba de Gran Bretaña, Suiza, Holanda y Francia, y tenían a Estados Unidos como país de tránsito. Sustancias como la morfina, de la cual México no tenía permisos para siembra y comercialización por parte de la Liga de las Naciones, eran utilizadas para los tratamientos que brindaba el Estado para pacientes “toxicólogos”. La decisión de impedir el paso de estas sustancias entorpeció las políticas explicitadas en el nuevo Reglamento y conminó al gobierno mexicano a entablar conversaciones diplomáticas al respecto. Tras la presión ejercida por Estados Unidos y la interrupción del paso de sustancias por territorio americano, el nuevo Reglamento fue derogado por el Estado mexicano y las políticas restrictivas volvieron a regir en el país.

La derogación del Reglamento Federal de Toxicomanías debido a la presión aduanera por parte de los Estado Unidos, generó una dinámica que complicó las relaciones bilaterales. Del lado mexicano de la frontera, las instituciones de salud se vieron limitadas en su accionar, al tiempo que el mercado negro ganó posición de venta y trasiego. Frente a este panorama, el Estado mexicano se vio orillado a dejar en el ámbito policial las tareas relativas a las problemáticas de drogas, entrando al escenario la Procuraduría General de la República.

 

5. Reformular el combate a las drogas

Las similitudes de los mejores 6 meses en materia de políticas de drogas en México y lo propuesto en el Plan Nacional de Desarrollo son evidentes y por lo tanto el entusiasmo debe ser mesurado. Si bien el contexto internacional es diferente, teniendo en cuenta la regulación del consumo de marihuana en la región (Uruguay, Canadá y una mayoría de estados de Estados Unidos), los intereses económicos y las problemáticas asociadas al consumo de sustancias representan un asunto delicado. Sin embargo, es posible hacer un acercamiento a lo propuesto por el Ejecutivo al congreso:

“En materia de estupefacientes, la estrategia prohibicionista es ya insostenible, no sólo por la violencia que ha generado sino por sus malos resultados en materia de salud pública: en la mayoría de los países en los que ha sido aplicada, esa estrategia no se ha traducido en una reducción del consumo. Peor aún, el modelo prohibicionista criminaliza de manera inevitable a los consumidores y reduce sus probabilidades de reinserción social y rehabilitación. La “guerra contra las drogas” ha escalado el problema de salud pública que representan las sustancias actualmente prohibidas hasta convertirlo en una crisis de seguridad pública. La alternativa es que el Estado renuncie a la pretensión de combatir las adicciones mediante la prohibición de las sustancias que las generan y se dedique a mantener bajo control las de quienes ya las padecen mediante un seguimiento clínico y el suministro de dosis con prescripción para, en un segundo paso, ofrecerles tratamientos de desintoxicación personalizados y bajo supervisión médica. La única posibilidad real de reducir los niveles de consumo de drogas reside en levantar la prohibición de las que actualmente son ilícitas y reorientar los recursos actualmente destinados a combatir su trasiego y aplicarlos en programas –masivos, pero personalizados– de reinserción y desintoxicación. Ello debe procurarse de manera negociada, tanto en la relación bilateral con Estados Unidos como en el ámbito multilateral, en el seno de la ONU.”

La ausencia de cifras –o la opacidad sobre las mismas–, sobre todo en lo relativo a la reducción o incremento del consumo durante la “guerra contra las drogas”, representa una falencia que ha sido parte de la estrategia misma. Hoy en día es difícil establecer números reales sobre la prevalencia del consumo y su vinculación con la prohibición, de la misma manera que es difícil tener claridad sobre las cifras mortales de la guerra. México representa para otros países, quizás detrás de Colombia, el ejemplo de fracaso de la estrategia y la necesidad de encontrar alternativas al prohibicionismo.

Por otra parte, el trabajo de descriminalización de los consumidores requerirá de programas de prevención y capacitación en todos los ámbitos y niveles de la sociedad, dejando en manos de la salud pública lo relativo a la reinserción y/o rehabilitación, porque el consumo de sustancias no es un padecimiento en sí mismo, pero sí una conducta que puede tornarse problemática, y esta distinción no logra instalarse en el imaginario de la noche a la mañana.

Levantar la prohibición de las sustancias que actualmente son ilícitas es una política que ya funciona en otros países con resultados positivos a la vista y de los cuales pueden aprenderse muchas cosas, aterrizando las estrategias al contexto local y de época. De la misma manera, buscar que las modificaciones se lleven delante de manera negociada bilateralmente con los vecinos del norte y del sur, así como con los organismos internacionales, permitirá que esta nueva alternativa al prohibicionismo no sea otra llamarada de petate.

Más allá de las buenas intenciones, lo descrito en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 en materia de drogas es una herramienta de gestión que representa un camino a recorrer, una hoja de ruta en el descalabrado presente de México y, en algunos casos, una utopía que ya se encuentra en el Congreso.

 

Twitter del autor: @horitzontal

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¿La exigencia del presidente de México es parte de la indignación que caracteriza a la era de lo políticamente correcto, revela la persistencia de un complejo de inferioridad, o se trata sólo de una táctica de distracción política más a la vieja usanza?

La carta que hizo Andrés Manuel López Obrador al rey de España y al Vaticano exigiendo una disculpa por la Conquista y sus violaciones de derechos ha generado obviamente enorme polémica, ridiculización y una (cada vez más) creciente polarización.

Es cierto que la Conquista de América fue un acto de usurpación, masacre (aunque gran parte de ésta fue por enfermedades contagiosas) y demás cosas que hoy calificaríamos como violaciones a los derechos humanos. Por otro lado, es cierto que la doctrina cristiana fue usada como justificación de la Conquista -con el fin de evangelizar-, pero también es cierto que las diferentes ordenes cristianas presentes en la Nueva España fueron fundamentales en mejorar las condiciones de vida de la población indígena y participaron en el movimiento de Independencia de manera central, incluso subvirtiendo a la población indígena y mestiza para que se enfrentaran a los peninsulares. 

El periodista español David Jiménez, escribiendo para el New York Times en español, considera que España tiene una especie de deuda histórica: debería resignificar la forma en la que conmemora su día nacional y cómo educa en sus escuelas en torno a lo que a veces es considerado una gesta heroica de conquista y exploración de un nuevo mundo. Esto parece algo sensato. Pero el mismo Jiménez, lúcidamente nota que "no tiene sentido juzgar la historia bajo los códigos morales de la actualidad", y luego dice: "Han pasado demasiados siglos para que tengan sentido las comisiones de la verdad, las reparaciones materiales e incluso las disculpas". Una disculpa por algo que ocurrió hace 500 años es una disculpa de fantasmas. Pues si entramos en este juego, ¿por qué no exigir al mismo López Obrador, quien tiene "sangre española", que se disculpe? ¿O a los pueblos indígenas que colaboraron con los españoles y que fueron instrumentales en la Conquista? ¿O a la nación egipcia actual que se disculpe con el pueblo judío por el cautiverio impuesto por los faraones hace casi 3 mil años? 

Mucho más crítico y hasta procaz -y criticado rápidamente por una ola de trolls- fue lo que dijo el escritor español Arturo Pérez-Reverte: "Si este individuo se cree de verdad lo que dice, es un imbécil. Si no se lo cree, es un sinvergüenza". Las redes sociales no son ciertamente el mejor lugar para discutir temas políticos, históricos o filosóficos. La naturaleza del medio hace que la discusión tienda a la baja. Umberto Eco dijo que le "dan derecho de hablar a una legión de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad". Quizá hemos llegado al punto en el que no sólo le dan demasiada bola "a una legión de idiotas", sino que nos idiotizan a todos. El medio es el mensaje; lo que amplifica también amputa, como señaló Marshall McLuhan.

La petición de una disculpa del presidente de México parece sintonizar un estado bastante común que encarnan las personas en las redes sociales en nuestra era de lo "políticamente correcto": el estar ofendidos, el indignarse como derecho antes que cualquier cosa y dedicar su energía a defender este derecho, confundiendo el conocimiento con la opinión y el mundo virtual con la realidad. O como dice una periodista rusa: "si no sabes de qué estás ofendido, no te preocupes, pues Twitter te avisará de qué debes estar ofendido". Y es que, como nota Slavoj Zizek, la corrección política suele ser sólo una fachada que oculta los verdaderos problemas sociales.

Peligrosamente, también sintoniza el surgimiento de nuevos nacionalismos y la creación de narrativas dicotómicas o absolutistas que polarizan el ambiente. Borges escribió sobre esa ficción colectiva que son las naciones y su fanatismo, diciendo: "El nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez".

Vivimos en un mundo en el que cada vez tenemos más derechos, pero cada vez nos hacemos menos responsables de nuestras vidas individuales y colectivas. En nuestra época la libertad es sólo poder opinar, poder elegir algo (en el supermercado o en la boleta); pero no saber elegir, no saber qué es lo bueno, no saber hacerse responsable y ejercer una auténtica autonomía. Siempre es culpa de alguien más. La conciencia de la víctima. Es como si hubiera un meta-acto indigno fundacional que nos impide actualizar quiénes somos. El lastre histórico. El pecado (del otro) original. El complejo del Jamaicón, la traición de la Malinche, etc. Quizá estas cosas sólo sean ficciones -historias que nos contamos-, pero se convierten en realidad cuando nos las repetimos.

El nuevo gobierno habla de una "cuarta transformación", de una especie de nuevo paradigma, pero al realizar peticiones como la expuesta aquí, sólo refuerza los viejos paradigmas y demuestra no ser muy diferente (¿se trata de una táctica de distracción a la vieja usanza o de una nueva encarnación de la visión traumatizada de los vencidos?). Uno de estos paradigmas es el concepto de la inferioridad o trauma por la Conquista. Emilio Uranga, uno de los pocos filósofos mexicanos de cierto renombre, en su libro Ensayo sobre la ontología del mexicano intentó, casi al mismo tiempo que Octavio Paz, definir el alma propia del mexicano (si es que existe tal cosa, bastante hegeliana como un genio local o un arquetipo nacional). Su libro ha sido calificado de pesimista o de elitista, pero indudablemente ha sido muy influyente y quizá sigue siendo relevante, al menos dentro de un proceso analítico y autocrítico. El concepto clave de Uranga es que el mexicano se concibe a sí mismo como un accidente, no como una sustancia o una esencia, sino como un hijo del accidente, que vive en una perenne zozobra. Lo que lo caracteriza es una especie de pena que carga, un sentirse insuficiente por su condición no sólo de ser accidente, sino de "ser para accidentalizarse". En su texto, Uranga menciona exactamente la condición que vemos (re)aparecer constantemente en las redes sociales:

El mexicano vive siempre indignado. Ve que las cosas van mal y siempre tiene en la mano el principio de acuerdo con el cual las condena; pero no se exacerba por esa constatación, no se lanza a la acción, lo único que hace es protestar.

Antes que Uranga, otros ya habían hablado de los sentimientos de inferioridad e indignación como constitutivos del mexicano (por ejemplo, Samuel Ramos). Desde esta perspectiva histórico-filosófica, parece ser algo bastante real. ¿Crece el lector mexicano aún con un sentimiento de inferioridad que permea el ambiente y al cual debe combatir para no interiorizarlo y hacerlo una segunda naturaleza? Tal vez, pero ciertamente este sentimiento no tiene que ver con algo que sucedió hace 500 años, con un hecho definitivo que estigamtiza y determina la conciencia colectiva. Tiene que ver con cómo nos contamos la historia, con la forma en la que repetimos el mito de ser mexicanos. 

Es sabido en la psicología que la persona no se cura del trauma cuando el agresor le pide perdón; se cura del trauma cuando resignifica el evento de otra manera, justamente no como un trauma, no cómo algo que lo lacera y marca, sino como una experiencia más que él mismo tiene la capacidad de integrar sin sentir culpa o deseo de retribución. Alfred Adler incluso habla de resignificar el concepto de trauma:

Ninguna experiencia es en sí misma causa de fracaso o éxito. No sufrimos del shock de nuestras experiencias -el llamado trauma- sino que hacemos con ellas aquello que resulta conveniente para nuestros propósitos. No estamos determinados por nuestras experiencias, sino que el significado que les damos es autodeterminante.

Quizá la sensación de estar heridos, de ser víctimas, de ser inferiores y demás es conveniente para ciertos propósitos psicológicos, sobre todo, el deseo de seguir sufriendo. Pero entonces, habría que añadir a la lista de características de Uranga que definen al mexicano (resumidas por Ana Santos) que "el mexicano era un ser emotivo, sentimental, reservado, desconfiado, inactivo, desganado, melancólico...", y entonces, ¿también que el mexicano es un ser masoquista?