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¿Es 'Alphaville' la película que más se acerca a describir lo que le está pasando a la sociedad actualmente?

AlterCultura

Por: - 05/06/2019

El clásico de ciencia ficción negra de Godard es más relevante que nunca

Aunque Alphaville es considerada una de las mejores películas de Jean-Luc Godard, uno de los más grandes directores de la historia del cine, la cinta no es apreciada como se debería, especialmente por su carácter ominoso y su relevancia describiendo la distopía de la tecnocracia. De manera inquietante, actualmente nuestra sociedad se empieza a parecer cada vez más a la sociedad de Alphaville, esa ciudad interplanetaria dominada por la supercomputadora Alpha 60. Es cierto que en la película de Godard se trata de una dictadura que se mantiene en el poder reprimiendo toda disidencia, al estilo de lo imaginado por George Orwell. En cambio, nuestra sociedad se parece más a lo imaginado por Aldous Huxley: se utiliza la distracción en vez de la censura, la alienación del individuo como consumidor en vez de la disolución de la identidad en la masa. Pero Godard fue preclaro en entender que en una sociedad tecnocrática, regida por un algoritmo, el arte, la filosofía y la religión (la cultura) empezarían a desaparecer, a no ser incluidos en la ecuación

Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution (1965) es una distopía por momentos orwelliana y en otros kafkiana. Un clásico de ciencia ficción low-fi, noir, con el toque poético de Godard, lleno de pinceladas improvisadas al estilo de Cocteau. La historia sigue al detective intergaláctico Lemmy Caution, quien viaja a esta ciudad con el fin de desactivar el régimen de Alpha 60, una inteligencia artificial creada por el profesor Von Braun que rige la ciudad con poder absoluto. Lo que salta de esta sociedad es que los poetas y músicos son perseguidos y ejecutados. Se lleva a cabo un estricto control del lenguaje. Palabras como amor, poesía y conciencia han caído en desuso y los habitantes ya no recuerdan lo que significaban. Confucio notó que si se quería controlar a una sociedad, se debía controlar el lenguaje. Wittgenstein supo que los límites del lenguaje son los límites del mundo. Así, los habitantes de este lugar, al no conocer las palabras para el amor o la poesía, no logran sentir amor o vivir poéticamente. Todo se trata de la eficiencia y la pulcritud científica, y estas emociones estorban. Por ello, las computadoras las han eliminado de la red semántica. 

Las computadoras no entienden qué es la poesía y el amor, y el mundo se parece cada vez más a las computadoras. Las emociones humanas no entran en la ecuación. Lo que ocurre en Alphaville está ocurriendo en nuestra sociedad, según Douglas Rushkoff. Una mezcla de tecnocracia, dataísmo (la creencia en que el ser humano y el mundo es información y en que los datos son la solución para todo) y capitalismo corporativo hace que lo auténticamente humano no entre en la ecuación. Los algoritmos que son empleados en las plataformas digitales refuerzan los aspectos particulares del cerebro reptiliano, los instintos de huir o luchar y emociones como el miedo, el enojo, la inseguridad y el deseo lascivo, pues éstos permiten que las personas sean mejores consumidores. Los modos más altos de la mente humana, la creatividad, la compasión y el pensamiento contemplativo, no entran en la ecuación. Puesto que los algoritmos empiezan a ser poderosas herramientas de persuasión, es posible que progresivamente nos parezcamos más a este modelo, a este simulacro de nosotros mismos creado por el Big Data. A esto se suma que la sociedad humana, por su propia cuenta, le otorga cada vez menos valor intrínseco al arte, la filosofía y la religión y concibe al ser humano fundamentalmente como información, y no como un cuerpo-alma o siquiera como una conciencia encarnada. La conciencia y el espíritu son reemplazadas por la información. Lo cual abre la puerta para que el ser humano sea reemplazado por robots.

Rushkoff sugiere que la solución a nuestro problema ecológico, espiritual y moral, tan estrechamente ligado a este paradigma tecnocrático, no pasa por más tecnología, sino por la auténtica conexión humana. Una conspiración humana: respirar juntos y pensar y crear juntos un futuro humano. Lo mismo ocurre en Alphaville: es a través del amor, de la poetización de la existencia y de la conexión humana, que Lemmy Caution logra destruir Alphaville, ayudado por la hija del profesor Von Braun, Natasha, quien tiene una anamnesis de su humanidad. El detective le enseña lo que es el amor y ella luego lo salva. Esta ciertamente es una licencia romántica de la película, pero pese a su romanticismo, no deja de ser una buena lección. Para conectarnos con nosotros mismos y con los otros es necesario empezar a desconectarnos de la tecnología digital, al menos un poco. Lo suficiente como para tener momentos no mediados, de atención plena, en los que es posible que ocurran el rapport y la resonancia. Esto podría sonar un tanto hiperbólico y hasta apocalíptico, pero si el transhumanismo -la "filosofía" de vanguardia en gran parte de Silicon Valley- logra apuntalarse, no es exagerado decir que el ser humano tendrá que luchar por su humanidad, por su esencia, en contra de las máquinas y de una cierta élite que concibe al ser humano como meramente un paquete de información al cual puede hacérsele un "upgrade" y quizá, como ha sugerido Yuval Noah Harari, desechar a aquellos modelos deficientes o menos afortunados.  

 

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El principio esencial de la enseñanza budista es la renuncia al mundo convencional

Siddharta Gautama era el príncipe del clan de los Sakhya, una casta guerrera de lo que hoy es Nepal. Su infancia y juventud transcurrieron en un palacio de placer en el que no faltaba nada, gozando de una excelente salud y de todos los deleites imaginables. Según cuenta la historia tradicional, el padre de Gautama sabía que su hijo era muy especial, pero prefería que fuera el monarca del mundo, el conquistador, y no un santo o renunciante; por ello lo mantuvo resguardado, en un estado completamente positivo, impidiendo que presenciara el infortunio de la realidad. Pero era inevitable que Gautama saliera de ese palacio de placer, de esa hermosa burbuja en la que vivía, y en tres ocasiones logró salir del territorio que su padre minuciosamente protegía. Al pasear por el bosque con su auriga se encontró con un hombre enfermo, con un muerto y con un viejo. Esto le reveló que a fin de cuentas todo el placer del cual gozaba era ilusorio, pues era impermanente. entonces resolvió renunciar a su reino, a su familia, a todos los lujos y a toda la supuesta seguridad que esto le brinda a los seres humanos.

El hombre que sería el Buda, "el que ha despertado", viajaría por la India durante varios años aprendiendo todas las técnicas de ascetismo y meditación que ya se habían desarrollado en un rico entorno en el que coexistían la sabiduría de las Upanishads, el jainismo y otras escuelas contemplativas que aún hoy son la base de la espiritualidad india. Después de someterse a un extremo ascetismo y aprender el más profundo samadhi, el Buda decidió un camino medio y, según cuenta la leyenda, decidió sentarse bajo el árbol bodhi en lo que hoy es Bodhgaya y no levantarse hasta conocer una verdad imperecedera. 

Ahora bien, lo esencial del camino del Buda, como lo es también del camino de Jesús y de los santos hindúes, es que es necesario renunciar. Esta es la esencia de la genuina tradición espiritual. Filósofos occidentales como Hegel o Nietzsche criticaron la espiritualidad oriental creyendo que se trataba de un quietismo y de un acosmismo que negaba la vida. Pero esta lectura es imprecisa -aunque quizá excusable, en tanto que el material con el que contaban sobre las religiones orientales era incompleto-. Lo que la espiritualidad india niega es una forma de existir apegada a lo impermanente, renuncia al reino de un mundo que considera ilusorio y carente de una auténtica plenitud; renuncia a lo transitorio para afirmar lo eterno. Esta renuncia, sin embargo, no necesariamente implica una negación del mundo inmanente para orientarse hacia un más allá o una trascendencia incorpórea; implica una purificación de la conciencia, a través de la percepción y la acción correcta, la cual permite experimentar el mundo tal como es, la realidad en toda su luminosidad. Pero para experimentar la realidad en toda su sagrada profusión es necesario renunciar al mundo que comúnmente experimentamos, el llamado samsara. 

El  filósofo y erudito S. Radhakrishnan enfatiza la renuncia del Buda:

No había nada de lo cual careciera el Buda, el gran príncipe de la India: un reino, una casa que incluía toda felicidad concebible. Pero tuvo que negarse todas estas, rechazarlas, no por la dureza de su corazón, sino por amor a la verdad. Sólo así podía conquistar su propia naturaleza impulsiva, y hacerse a sí mismo un espejo del universo.

Y en otra parte de su libro East and West in Religion, Radakrishnan, quien también fuera presidente de la India, escribe.

El misterio de la vida es el sacrificio creativo. Es la idea central de la Cruz, que le pareció tan escandalosa a los judíos y a los griegos, que aquel que realmente nos ama debe sufrir por nosotros, incluso hasta el punto de la muerte. Es esta la idea central de todas las religiones vivientes. La conquista del mal a través del sufrimiento y la muerte, la tenemos no sólo en el jardín de Getsemaní, en el palacio del Buda, en la celda en la que Sócrates bebió la cicuta, sino en muchos otros lugares desconocidos. Sólo aquello que sufre es realmente amoroso, realmente divino. 

Luminosas palabras que nos recuerdan la primera noble verdad en la que el Buda establece que "la vida es sufrimiento", esta es la realidad del samsara. No hay otro camino hacia la verdadera felicidad e incluso hacia la eternidad que pasar por el sufrimiento, que ser capaz de renunciar a la autogratificación y a los placeres mundanos. Incluso es posible que uno pueda disfrutar de placeres inconcebibles en este mismo mundo, aunque transfigurado, como enseña el tantra, pero no hay manera de hacerlo sin renunciar antes al modo del egoísmo y la satisfacción personal. Es por eso que en todos casos la vida requiere de la muerte, de alguna forma de negación que lleva a lo que un maestro contemporáneo ha descrito como el canto posapofático.