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La psicología de masas de Twitter: la tiranía de la ignorancia y los linchamientos modernos

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/12/2019

En Twitter, la democracia tiende a la tiranía

Marshall McLuhan dijo famosamente que "el medio es el mensaje". Esta sencilla frase es probablemente la más importante en la historia de la teoría de la comunicación. Con dicha frase, McLuhan quiere decir que sin importar el tipo de contenido que emitamos o recibamos, cada medio tiene ciertas características que determinan la comunicación que es posible dentro del mismo, y esto influye en nuestra conductas y moldea nuestra mente hasta el punto de que cada nueva tecnología amputa una capacidad a la vez que amplifica otra. La pólvora hizo que las personas dejaran de desarrollar habilidades de arquería; el teléfono desplazó la habilidad de escribir cartas; los teléfonos celulares, la habilidad de recordar listas de números; los mapas GPS, la habilidad de orientarse en las ciudades o recordar los nombres de las calles. Y así sucesivamente. Más importante que esto son las amputaciones que no son tan obvias. Algunos teóricos han sugerido que las redes sociales y las comunicaciones mediadas amputan la capacidad de los nativos digitales para relacionarse sin el uso de la tecnología, la capacidad de sostener la mirada, de poner atención y entablar conversaciones significativas.

En el caso de Twitter, es posible que el uso de esta plataforma esté amputando la discusión política y la discusión filosófica profundas, las cuales requieren de cierta pausa para la reflexión y de una interacción cara a cara para encontrar rapport o para que las ideas se gesten desde la alta fidelidad que sólo es posible al estar en un mismo espacio, respirando el mismo aire, viendo las reacciones fisiológicas de cada persona, sintiendo el "espíritu" del momento. El arte del discurso, que para los filósofos griegos era algo esencial para la vida política y la vida del alma, queda reducido a un tuit viral o a un meme.  

Cuando Twitter se convierte en la nueva ágora, en el nuevo foro de discusiones y en el nuevo espacio para dar a conocer al mundo las decisiones políticas, hay algo que se gana y se pierde. Se gana una cierta comunicación directa entre el poder y el público, aunque esta aparente intimidad puede ser muy engañosa, pues las personas difícilmente llegan a interactuar con las celebridades o las personas en el poder; interactúan con sus equipos, con sus community managers. La supuesta interacción directa e intimidad acaba siendo un mito, de la misma manera que el popular eslogan de las compañías de tecnología "conectando a las personas" es un mito. Asimismo, es posible que se pueda ahorrar un poco de la pompa innecesaria de la comunicación estatal, pero a la vez se pierde el arte del discurso, de la retórica en el sentido original del término, el arte de la persuasión a través de la razón. Por otro lado, la democracia en Twitter se parece un poco al esquema de Platón  en La república, donde ésta deviene en tiranía y cae fácilmente en comportamientos irracionales. El derecho indiscriminado a la opinión, independiente de la calificación de cada opinión o de cada individuo que opina, baja el nivel de la discusión y mitiga la influencia de los expertos. En vez de que se escuche la voz de los que saben tripular una embarcación, el grito de la muchedumbre que quiere mover el timón ahoga la señal de mando. El comportamiento de la masa, que suele buscar aprobación para sus ideas y que tiende a existir en oposición a un enemigo en común, hace que fácilmente se formen turbas enardecidas que se retroalimentan entre sí. Pese a que estas masas expresan solamente opiniones, generalmente sin tener muchos conocimientos, fácilmente consumiendo fake news y residiendo en cámaras de ecos y burbujas de filtro, cuando llegan a exponenciarse, convirtiéndose en una "masa crítica" o lo que ahora es un "trending topic", la sociedad y los políticos empiezan a tomar sus opiniones como una expresión de la mayoría, como la voluntad del pueblo, como un barómetro de la sociedad al cual deben ajustarse para mantener su legitimidad o ganar votos. Esto efectúa una especie de tiranía o dictadura de la ignorancia, a lo que también contribuye que esta masa suele estar influida por la presencia de bots y algoritmos que enrarecen el ambiente a veces de manera meramente caótica y a veces sirviendo a ciertos intereses. Esto hace que no sea muy exacto decir que las tendencias en las redes sociales son expresiones genuinas de la opinión de la sociedad, pero aun así, ante el poder de la métrica que encandila a nuestra sociedad, son tomadas como contundentes expresiones del vox populi. Por otro lado, debido al dominio de lo que puede llamarse la información rápida (en el mismo sentido de la "comida rápida"), ésta hace que las personas no estén lo suficientemente educadas como para participar con criterio en una democracia, siendo incapaces de distinguir lo que es mera opinión o incluso lo que ha sido fabricado expresamente para persuadir su voto, del conocimiento y los hechos.

Vemos también en las redes sociales la fácil escalada de comportamientos emocionales que impiden la reflexión racional. Esto se debe en parte al hecho de que las personas sienten que deben expresar su opinión y que su opinión vale tanto como la de cualquiera, pues a fin de cuentas, vivimos en un mundo en el que se sugiere que no existe ningún valor trascendente y todo debe leerse, entonces, como una lucha de poder. Pero sobre todo, se debe al hecho de que estas herramientas permiten escudarse bajo la virtualidad y a veces hasta en el anonimato. Esto no necesariamente es algo negativo (el anonimato puede usarse de manera creativa y demás); el problema surge cuando se toman decisiones políticas en relación a lo que sucede en Twitter y cuando se utilizan perfiles de redes sociales para "hacer montón" o crear un efecto de masa. Bajo el escudo de la virtualidad -de no tener que enfrentar a la persona que se agrede o a la que se cuestiona- se producen comportamientos airados, violentos, confrontacionales y en general poco reflexivos. Como hemos visto en los últimos años, la naturaleza "viral" de Internet fácilmente hace que nos "infectemos" de ideas nocivas o de baja calidad. Como señala Douglas Rushkoff, la gente esparce memes tanto si le gusta algo como si no le gusta o se siente indignada por el mensaje, dando juego, de esta manera, a ideas racistas, sexistas o inflamadas por odio, o simplemente de bajo nivel intelectual, lo cual ahoga a la red en un mar de irrelevancia, como predijo en los años 80 del siglo pasado Neil Postman. El verdadero activismo hoy en día suele ser no retuitear y apagar las pantallas. 

Otro factor a considerar es que el Internet, tanto en su código como en la forma en que se expresa en sus plataformas o aplicaciones, obedece a un lenguaje binario, dicotómico, que se refleja en la polarización de las redes sociales. Fácilmente se crean bandos enfrentados los unos con los otros, y ya que el espacio mismo no permite la reflexión profunda y la virtualidad no tiene la riqueza de señales de lenguaje corporal de la realidad inmediata, las personas se encasillan y etiquetan. O son neonazis o son comunistas, o son chairos o son fifís, o están contigo o son tus enemigos. Las redes sociales no favorecen el espacio en medio, el camino de la moderación, la reflexión que no busca ser espectacular o provocar, aquella que se mueve entre un mundo anfibio y que solamente puede valorarse cuando no se está buscando sacarle algún provecho inmediato. La razón por la cual los políticos se han subido a Twitter es la misma que la de las celebridades: para sacar ganancias, para emplear las nuevas herramientas tecnológicas con el fin de explotar las vulnerabilidades humanas, cosas como el deseo de pertenencia, el miedo a perderse algo (FOMO), el aislamiento del individuo detrás de la pantalla y demás.

Por último, hay que decir que el asunto de hacer política en Twitter o de juzgar a las personas por sus tuits es muy delicado, pues cuando se deja ir la masa tumultuosa ante una persona o con un cierto tema a veces se puede producir una especie de linchamiento virtual que puede tener efectos en la realidad. Las personas pueden perder su trabajo de un día para el otro, ser ostracizadas, deprimirse, etcétera, en ocasiones simplemente por un ímpetu descontrolado o por un meme que se salió de control. Vivimos en la sociedad de la información, se ha dicho; y más precisamente, en la sociedad en la que no se discrimina entre información y conocimiento. La diferencia es importante porque la información es solamente aquello que es útil, lo que nos sirve por el momento. El conocimiento, en cambio, permite construir estructuras y fundamentos en los cuales basarnos y a partir de los cuales relacionarnos con los demás y con la misma realidad de un modo no utilitario. Esto es, a través de valores y principios que no están sujetos a modas y caprichos sino que se apoyan en el conocimiento científico, filosófico y espiritual de la humanidad.

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La importante diferencia entre 2 actitudes ante el conocimiento

La manera en la que nos relacionamos con el conocimiento revela como ninguna otra cosa nuestra naturaleza, nuestra actitud ante todas las cosas, especialmente ante el amor, pues el conocimiento y el amor son los dos aspectos esenciales, convertibles entre sí, de la vida humana. La actitud que predomina en la modernidad, donde ni el conocimiento ni la vida misma son considerados algo sagrado, es la del utilitarismo: conocemos para obtener cosas, para mejorarnos, para escalar en la sociedad, etc. La actitud que podemos llamar filosófica es la del conocimiento por sí mismo, por su propia razón intrínseca, conocer por conocer o porque simplemente amamos conocer. El que se mueve por la primera actitud, por ejemplo, lee un libro para sacar provecho, para poder traducir y canjear su conocimiento en algo más, generalmente algo que le dé una ventaja competitiva; el otro lo hace simplemente porque le gusta, porque se siente atraído, de la misma manera que alguien ama realmente a una persona -y no se acerca a una persona con confusos sentimientos, a veces creyendo que la ama, pero en realidad buscando obtener algo de ella, ya sea el placer, la seguridad, la validación, etcétera-.

Estas dos actitudes o acercamientos al conocimiento fueron claramente delineados por Platón en La república. Sócrates distingue al filósofo diciendo que es quien "desea la sabiduría, no una parte, sino toda ella" y antes nota que se dice que alguien realmente ama algo cuando "no muestra amor por una parte u otra, sino las adora todas". El filósofo es quien "está dispuesto a probar todo tipo de aprendizaje con gusto y quien se acerca al aprendizaje con deleite y es insaciable" y quien se interesa "lo más intensamente posible por todo tipo de verdad". Si uno buscara el conocimiento para obtener algo, rápidamente se saciaría cuando lo hubiera obtenido y dejaría de buscar conocer, pero entonces no podría ser un filósofo, alguien que ama la sabiduría, pues la sabiduría no está limitada a una serie de cosas. Luego Sócrates afirma que "debemos llamar filósofos y no amantes de opiniones, a aquellos que se deleitan en cada cosa en sí misma". Los amantes de las opiniones se quedan con las cosas particulares, con las sensaciones que producen los objetos sensibles solamente y no con las ideas universales, y por ello suya es una actitud orientada hacia los placeres mundanos, que siempre son efímeros. 

Sócrates hace una oposición entre el filósofo, el que busca el conocimiento sin fines ulteriores, y las personas que aman el dinero. Pues el dinero tiene la propiedad de ser algo que esencialmente se usa para obtener algo más, y por lo tanto el amor al dinero es exactamente contrario al amor a la filosofía. Y en este sentido podemos ver el ocaso de la importancia de la filosofía en su sentido clásico, como un arte de vida o un ejercicio espiritual, en relación al ascenso de la modernidad utilitaria y usurera. Y que las personas puedan creer que el dinero es lo más importante en el mundo, sólo es plausible ante el declive de un conocimiento filosófico y de una integración moral.

Estas mismas ideas de Platón fueron recogidas por Dante y aplicadas a su propia época -en la que al parecer ya se podían ver rasgos de una notable corrupción moral-. En el Convivio, el poeta escribe: "No debemos llamar a un hombre un filósofo verdadero si es amigo de la sabiduría a razón del placer, como hay muchos que se deleitan componiendo odas y celosamente se dedican a la retórica y a la música". Y luego incluye entre aquellos "que son amigos de la sabiduría por conveniencia" a los abogados, médicos y a "casi toda la iglesia", son éstos los que "no estudian para saber, sino para obtener dinero o un puesto" y que si fueran a "obtener su propósito, dejarían de estudiar". Algo que es básicamente la norma en nuestra época.

Que la idea es universal resulta claro cuando revisamos la Bhagavad Gita, el texto en el que Krishna instruye a Arjuna sobre el auténtico dharma. La esencia de la filosofía que Krishna expone puede resumirse diciendo que el hombre debe actuar -y cumplir su deber- pero sin apego y sin la expectativa de recibir algo a cambio, "el fruto del acto". Es sólo el acto que no espera recibir un beneficio el que no genera karma y no ata al mundo del sufrimiento (el samsara). La forma apropiada de actuar es anulando la voluntad personal o, lo que es lo mismo, depositándola en la divinidad, dedicándole toda acción, pues esta divinidad es en el fondo el único y verdadero actor. Más tarde, una de las escuelas de devotos de Krishna, la gaudía, distinguirá entre el amor erótico (kama) y el amor desinteresado y espiritual (prema), siendo este último el auténtico amor, pues no busca satisfacer un deseo, sino solamente la felicidad de la persona a la que se dirige el amor.  

Y, por último, en tiempos actuales, el teórico de medios Douglas Rushkoff en su libro Team Human sostiene que el capitalismo digital ha proyectado su modelo económico a todas nuestras relaciones a través de las plataforma digitales que permean la vida contemporánea. Esto es, la intención de extraer valor de todas las cosas y de ver toda relación como una transacción, o de medir el tiempo en dinero y en productividad: todo debe poderse monetizar y todo debe producir ganancias. En cambio, Rushkoff cuenta una vieja historia judía, donde un estudiante le pregunta a un rabino: "¿Para qué debemos leer la Torah... para conocer sobre la vida ética o tal vez para aprender sobre la vida de los profetas?". A lo que el rabino contesta: "Debes leer la Torah para leer la Torah, por la Torah en sí misma". Esta es la actitud que se ha perdido, hacer las cosas por sí mismas, sin buscar un beneficio ulterior. El que hace las cosas por amor a cada cosa en sí, nos dirían los místicos, se convierte en aquello que hace, y deja de existir de una manera alienada. Y, finalmente, sólo la persona que hace algo por la cosa en sí alcanza la verdadera sabiduría, que es una comunión y una identidad con todas las cosas. Pues, como notó Platón -y no está de más recordar en la era de la especialización-, el amor al conocimiento no es amor a una parte del saber, sino a todas.

 

Twitter del autor: @alepholo