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La relajación, una cierta ciencia de la paz, para ver claro y reconocer la realidad

De la belleza incondicional, que es pacífica y fresca, surge la posibilidad de relajarse, y así percibir el mundo fenoménico y los propios sentidos de manera adecuada. 

Chögyam Trungpa

 

El ser humano no es capaz de conocer el mundo y conocerse a sí mismo si no tiene una cierta calma. No puede tampoco actualizar su esencia, liberar su potencial, expresar su ser (o como se le quiera llamar a la auténtica madurez) si no logra relajarse y actuar sin estar ensimismado. Un arquero no puede dar en el blanco si le tiemblan las manos, la Luna no se refleja en el lago si el agua está agitada, el acto sexual no puede consumarse si no hay una cierta relajación que permite la circulación de la sangre. "La ansiedad es la asesina del amor", escribió Anaïs Nin. 

Tempranamente en la historia, mucho antes del surgimiento de la medicina científica y el concepto del "estrés", se descubrió que la relajación era fundamental tanto para la salud como para el conocimiento, siendo una actitud relajada -mas alerta-, la actitud epistemológica que permite percibir los objetos sin ruido mental y en pleno uso de las facultades. El opuesto de la relajación es la tensión, y ésta generalmente está acompañada de preocupación. Como el término indica claramente, se está pre-ocupado, por lo cual no se está del todo presente, la atención está dividida, considerando algo que ha sido presupuesto y que consume claridad cognitiva. En otras palabras, para concentrarse es necesaria una cierta relajación. Es cierto que los estados de mayor alerta son también aquellos en los que existe gran tensión, como cuando uno se encuentra con una amenaza que dispara hormonas o la famosa respuesta de huir o luchar (flight or fight). Pero estos estados requieren de un estímulo externo y suelen violentar al cuerpo, generando grandes cantidades de estrés, por lo cual tanta tensión como medio para la concentración es insostenible. Por otro lado, es necesaria cierta tensión inicial, cierta inquietud, cierta insatisfacción ante el estado de la mente y del mundo, viviendo en el llamado samsara, un lugar cuya característica fundamental es producir sufrimiento. Pascal nota, como con un eco budista: "La grandeza del ser humano consiste en su habilidad de conocer su miseria". Sarvam dukkham, dicen en la India. El reconocimiento de la realidad del sufrimiento, del tormentoso mar de la existencia condicionada, es el impulso necesario, el ardor incluso, hacia la paz. Hacia algún día podar soltarse, sabiendo que eso ya no traerá más sufrimiento. Ayuda también, en ese mismo proceso que se alimenta del deseo para luego erradicar el deseo de cosas impermanentes, como nota Trungpa en el epígrafe, que a la par de esta insatisfacción con la existencia condicionada exista un sentido de asombro y deleite. Pues pese a este matadero, esta feroz vorágine de destrucción y pérdida, aun así las cosas tienen un cierto brillo: el mundo refleja una cierta armonía y una cierta integridad que remite a algo eterno, infinito y omnisciente. Se puede quizá confiar en la belleza del mundo, esa vía eminente hacia a lo divino, prueba de bondad y verdad, el rostro virginal de la tierra y los colores de la luz, que son tormentos, según Goethe, pero también alegrías.

Habiendo establecido la importancia de la relajación, pero no sin apuntalarse antes en un deseo de conocimiento y de libertad espiritual, podemos hacer una síntesis. El estado ideal para el conocimiento y para la vida en general sería entonces lo que podemos llamar, pese a su aparente contradicción, una relajación alerta o una calma energética. Con esto queremos decir que la persona tiene el cuerpo relajado, la mente no está distraída, rumiando o preocupada, se encuentra despierta, abierta a la experiencia, poniendo atención en lo que ocurre. En la Biblia se dice: "Quédense quietos, y reconozcan que yo soy Dios" (Salmo 46-10), sugiriendo que sólo desde la quietud se puede conocer lo divino. El silencio es lo místico. "La psicología india se dio cuenta del valor de la concentración y la consideró como un medio para la percepción de la verdad", nota S. Radhakrishnan en su historia de la filosofía india: Indian Philosophy.

Resultará ya bastante evidente que la relajación -diferenciada del sopor, la pereza, la desidia, el abandono de los sentidos y la voluntad, etc.- es una cualidad esencial para percibir la realidad, para sostener con un buen pulso el telescopio de la mente. Igualmente hay que señalar algo que también debe de ser evidente: que no es fácil relajarse o, mejor dicho, que hemos hecho que la relajación sea difícil, pues generalmente los niños por naturaleza están relajados (véase la famosa "respiración de bebé"). Así que aprendemos a tensarnos, albergando represiones y traumas, y a evitar ciertos hábitos que conducen a la relajación, pues los consideramos aburridos o improductivos. Pascal supo que "La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación", una frase que a sus casi 400 años cobra cada día más vigencia. No nos podemos quedar quietos, porque estamos ansiosos, queremos más, algo que no está. No estamos satisfechos con lo que tenemos. Nos comparamos con los demás. No creemos en la máxima filosófica de que lo que debemos hacer es conocernos a nosotros mismos, pues así conoceremos a los dioses y al universo. No sabemos qué es la conciencia y nos nos importa autoindagar. No demasiado. No si nos "distrae" de conseguir nuestros objetivos sociales: la Sociedad es nuestro dios. Vivimos, como notó W. H. Auden, en "la era de la ansiedad". A lo que Calasso ha agregado: la "era de la inconsistencia". La inconsistencia es justamente la cualidad de la mente inquieta, de la persona incapaz de repetir ciertos hábitos contemplativos, de ser congruente, de establecerse en tierra firme, firme porque sagrada, porque todo en ella significa. Anclarse en la eternidad. Se dice en la India que los dioses no parpadean.

No intentaré aquí, por mi parte, ofrecer un método de relajación, cada quien seguramente deberá ahondar en sus propias cuestiones y elegir conforme a su estilo. Pero sí reproduciré un párrafo que resume lo dicho anteriormente e insinúa un método, que, me parece, es utilizado en numerosas escuelas. Lo encontramos, como es el caso del autor aquí citado, en el sendero de Gurdjieff y lo encontramos de manera saliente en el budismo, tanto theravada como mahayana y vajrayana (Gurdjieff quizá lo tomó de su estudio del budismo tibetano). No será difícil hallar, si no un equivalente exacto, algo comparable entre las prácticas contemplativas del cristianismo. El lector contemporáneo encontrará numerosas opciones entre las terapias somáticas que abundan en nuestra época. Entre los sistemas más conocidos que enseñan una versión de este método está el de Goenka, bajo el nombre de vipassana ("el escaneo del cuerpo"), si bien existe cierta controversia sobre si su método es realmente vipassana (vipashyana en sánscrito) o una especie de shamata corporal, como se encuentra en algunos manuales de meditación tibetanos. Alan Wallace lo enseña más dentro de un contexto de shamata, la meditación de la calma mental. Resta decir que en muchos casos la pura práctica de la relajación meditativa no es suficiente, y debe ir acompañada de un proceso psicoterapéutico.

Te acordarás que todo estado psicológico o estado interno encuentra su representación externa a través de un centro móvil -eso, se expresa en algún movimiento muscular o contracción, etc.-. Puede que hayas notado que un estado de preocupación se refleja generalmente en una arruga o contracción de la frente o en un torcimiento [twist] de las manos. Los estados de alegría nunca tienen esa representación. Los estados negativos, de preocupación, miedo, ansiedad o depresión se representan a sí mismos en los músculos en contracción, flexión, encorvamiento, etcétera (y, también, en debilidad en los músculos), mientras que los estados emocionales opuestos se reflejan a sí mismos en los centros de movimiento como expansión, erguirse derecho, extensión de los brazos y piernas, relajación de la tensión y usualmente con sensaciones de poder. Para detener la preocupación, las personas que se preocupan y por lo tanto fruncen demasiado o se tensan y arrugan la frente, aprietan los puños y hasta casi dejan de respirar, etc., esas personas deberían empezar aquí -relajando los músculos expresando el estado emocional y liberando la respiración-. La relajación, hablando esotéricamente, en general tiene detrás la idea de prevenir estados negativos. Los estados negativos suelen llegar con menor frecuencia en un estado de relajación. Es por ello que se dice comúnmente que es importante practicar la relajación todos los días, pasando la atención sobre el cuerpo y deliberadamente relajando todos los músculos tensos.

(Maurice Nicoll, Psychological Commentaries on the Teaching of Gurdjieff and Ouspensky)

 

Twitter del autor: @alepholo

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El genio atormentado de la ciencia ficción nos regala un gran entendimiento ético de la existencia

Philip K. Dick es lo más cercano a un profeta de nuestros tiempos. Un hombre atormentado por visiones y mentalmente perturbado, pero que en el fondo tenía un corazón de santo. En sus visionarias novelas Dick anticipa cómo la tecnología poco a poco iría deshumanizándonos, eliminando el factor más humano de la ecuación: la empatía. El otro gran tema de los libros de Dick es la sustitución de la realidad por realidades falsas programadas informáticamente. De hecho, se trata del mismo tema: la falsificación y la enajenación del auténtico espíritu humano a causa de la ambición, el utilitarismo y el olvido de las verdades espirituales.

La esencia de Dick puede constatarse en la siguiente frase:

La verdadera medida del hombre no es su inteligencia o cuán alto se alza en este mundo insano. La verdadera medida del hombre es esta: qué tan rápido puede responder a los demás y qué tanto de sí mismo es capaz de dar.

La ética antes que la epistemología, la compasión antes que la inteligencia. El último Dick, el que estaba asediado por la idea gnóstica de que vivimos en un mundo falso y escribía casi con automatismo decenas de páginas todas las noches (que han sido editadas en el monumental The Exegesis), era también un hombre profundamente compasivo, un hombre que creía no sólo en el ideal cristiano sino también en la noción del bodhisattva:

Sólo escapa verdaderamente del laberinto cuando decide regresar voluntariamente (volverse a someter al poder del laberinto) para beneficiar a aquellos que siguen atrapados dentro de él. Esto es, nunca puedes irte tú sólo, para salir debes elegir llevar a los demás... esta es la paradoja última del laberinto, la ingenuidad quintaesencial de su construcción, que la única vía de salida es una vía de regreso voluntaria (al interior de su poder), que es lo que constituye el sendero del bodhisattva.

Aquí parece enunciar una especie de alquimia salvífica de la compasión. Una versión del sacrificio cristiano que incorpora la idea budista de "regresar" al samsara, o en término más modernos, de regresar a la "Matrix". En The Exegesis, Dick escribe: "Cristo es Buda homologado como bodhisattava".

La otra idea que merece rescatarse aquí, una menos soteriológica, es la importante idea de enfatizar valores humanos de amor y compasión en lugar de seudovalores como el poder, la eficiencia y el éxito, como hace nuestra sociedad actualmente. Dick sugiere que al enfatizar los impulsos egoístas no sólo perdemos el alma humana, sino que vamos cayendo más hondo en la madriguera del gran simulacro.