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"Lo que el poeta vive, el filósofo se conforma con pensarlo"


Es verdad que Platón expulsa de su República a los poetas y que su censura sobre varios fragmentos de las obras de Homero es inflexible. Sin embargo, este hecho ha sido utilizado en diversos ámbitos intelectuales, simplista y erróneamente, como una excusa para desmerecer el aprecio que él profesaba hacia la poesía. El filósofo expulsa a los poetas que proliferaban en su época porque su poesía, en lugar de exaltar la virtud, exaltaba los vicios; en lugar de mostrar a los dioses como eran, seres excelsos, los mostraba como perniciosos, sujetos a pasiones humanas como la ira o el deseo de venganza; todo lo cual daba un mal ejemplo a la población. Lo que Platón, en su afán pedagógico, desmerece, de ninguna forma es la poesía, sino su mal uso. Tan es así, que en el Libro III de su "República" dice: “Por tanto, deber nuestro será también tener cuidado de lo que se diga, y encarecer a los poetas que truequen en elogios todo el mal que de ordinario dicen de los infiernos”. Sostiene esto, dado que la idea de un infierno terrorífico propugnada por Homero, entre otros poetas, vuelve cobardes a los guerreros y atemoriza al pueblo, generando un efecto inverso a la virtud del coraje que desea despertar. Como se advierte en la cita, el filósofo insta a los poetas a trocar su poesía de modo que esta elogie lo digno en lugar de menoscabarlo. Por eso, asimismo, Platón no solo reprueba ciertos pasajes homéricos, sino que también aprueba otros y los emplea como ejemplos. Dice en el libro III: “Según esto, aprobaremos el pasaje de Homero que dice Diomedes: Amigo, siéntate en silencio, y sigue mis consejos” y “Caminaban los griegos llenos de ardor y de coraje, en silencio, mostrando su respeto hacia sus jefes”. (Una reflexión aparte: clarísimo es que Platón hubiese desaprobado la Biblia y el Corán junto con Homero si los hubiese conocido, por incentivar al temor, por los actos injustos que cometen quienes son guiados por Dios y se hacen llamar justos, y, por supuesto, por hacer de Dios una caricatura sujeta a la ira, al deseo de venganza y a pasiones humanas de todo tipo, en lugar de mostrarlo excelso como es, como un principio inmutable).

Además, en diversos diálogos, como el "Fedón", el "Banquete" o "Fedro", por ejemplo, recurre a frases célebres de poetas como Hesiodo o Píndaro, y su filosofía se desarrolla en base a la simbología expuesta por estos poetas. Si Platón no estimase la poesía, asimismo, no tendría a la poetisa lesbiana, Safo, en tan alta estima como para decir de ella: “Dicen unos que nueve son las Musas. Qué negligencia. Que sepan que la décima es Safo la de Lesbos” (Platón, Antología Palatina). Y todos sabemos, por las referencias clásicas, griegas y latinas, que Safo se dedicaba a la poesía erótica amorosa abocada principalmente hacia mujeres. 

En "Fredo” o "Sobre la belleza" Platón se refiere a la poetisa como “Safo la bella” y la coloca de ejemplo junto al poeta lirico homoerótico Anacreonte, a quien califica de "sabio". De ambos afirma que son conocedores de los misterios del amor. A continuación elogia a las Musas del canto. Y el canto en el mundo antiguo, es sabido, era la poesía, que estaba diseñada para ser cantada al son de la lira. Platón concibe la inspiración poética como un arrebato divino, y exalta el delirio amoroso, la locura poética y la manía: “Porque si fuera algo tan simple afirmar que la demencia es un mal, tal afirmación estaría bien. Pero resulta que, a través de esa demencia, nos llegan grandes bienes. Porque la profetisa de Delfos, efectivamente, y las sacerdotisas de Dodona, es en pleno delirio cuando han sido causa de muchas y hermosas cosas que han ocurrido en la Hélade, tanto privadas como públicas, y pocas o ninguna, cuando estaban en su sano juicio.” Todos sabemos que las profetisas y sacerdotisas dictaminaban en versos cantados, es decir, en poesía. Platón continúa: “Y no digamos ya de la Sibila y de cuantos, con divino vaticinio, predijeron acertadamente, a muchos, muchas cosas para el futuro. Pero si nos alargamos ya con estas cuestiones, acabaríamos diciendo lo que ya no es claro a todos. Sin embargo, es digno de traer a colación el testimonio de aquellos, entre los hombres de entonces, que plasmaron los nombres y que no pensaron que fuera algo para avergonzarse o una especie de oprobio la manía.” Y agrega: “tanto más bello es, según el testimonio de los antiguos, la manía que la sensatez, pues una nos la envían los dioses, y la otra es cosa de los hombres.” Más adelante dice: “El tercer grado de locura y de posesión viene de las Musas, cuando se hacen con un alma tierna e impecable, despertándola y alentándola hacia cantos y toda clase de poesía, que al ensalzar mil hechos de los antiguos, educa a los que han de venir. Aquel, pues, que sin la locura de las Musas acude a las puertas de la poesía, persuadido de que, como por arte, va a hacerse un verdadero poeta, lo será imperfecto, y la obra que sea capaz de crear, estando en su sano juicio, quedará eclipsada por la de los inspirados y posesos. Todas estas cosas y muchas más te puedo contar sobre las bellas obras de los que se han hecho maniáticos en manos de los dioses. Así pues, no tenemos por qué asustarnos, ni dejarnos conturbar por palabras que nos angustien al afirmar que hay que preferir al amigo sensato y no al insensato. Pero, además, que se alce con la victoria, si prueba, encima, eso de que el amor no ha sido enviado por los dioses para traer beneficios al amante o al amado. Sin embargo, lo que nosotros, por nuestra parte, tenemos que probar, es lo contrario, o sea que tal manía nos es dada por los dioses para nuestra mayor fortuna”.

En el "Banquete" o "Sobre la erótica", Platón realiza la siguiente defensa de la poesía como creación del alma que es superior a la reproducción biológica:
"En efecto, al estar en contacto, creo yo, con lo bello y tener relación con ello, da a luz y procrea lo que desde hacía tiempo tenía concebido, no solo en su presencia, sino también recordándolo en su ausencia, y en común con el objeto bello ayuda a criar lo engendrado, de suerte que los de tal naturaleza manifiesten entre sí una comunidad mucho mayor que la de los hijos y una amistad más sólida, puesto que tienen en común hijos más bellos y más inmortales. Y todo el mundo preferiría para sí haber engendrado tales hijos en lugar de los humanos, cuando echa una mirada a Homero, a Hesíodo y demás buenos poetas, y siente envidia porque han dejado de sí descendientes tales que les procuran inmortal fama y recuerdo por ser inmortales ellos mismos".
  
En el "Fedon" o "Sobre la inmortalidad del alma", Platón afirma que "Nosotros, por nuestra parte, llegando al cuerpo a cuerpo como los héroes de Homero, probemos si dices algo de peso", tras haber citado los siguientes versos de Homero para ilustrar su propia idea: 

"Y golpeándose el pecho reprendió a su corazón con estas palabras:

Aguanta, corazón, que cosa aún más perra antaño soportaste." (Odisea XX, 17).

También, más adelante, al describir la geografía del Hades, se sirve de Homero.

Luego, en "Lisis" o "Sobre la amistad" también apela a Homero: "Siempre hay un dios que lleva al semejante junto al semejante" (Odisea XVII 218). Antes de lo cual Platón refiere: "y preguntemos a los poetas, pues estos son para nosotros como padres y guías del saber".

También en Protágoras cita a los poetas, cuando dice que es difícil llegar a ser digno "de acuerdo con Hesiodo": "Porque delante de la virtud colocan los dioses el sudor. Pero cuando uno llega a la cumbre de esta, después es más fácil guardarla, por difícil que sea" (Trabajos y días, 289). O cuando cita a Simonides de Ceos: "Solo un dios puede tener tal dominio" o "por encima de todo son los mejores aquellos a quienes los dioses aman" o "Todo es bueno, mientras el mal no se le añade". Posteriormente Platón sostiene, en defensa del propio criterio que supone pensar por uno mismo frente a la repetición mecánica del pensamiento de otros basado en su autoridad: "Ya que estas gentes, porque no pueden tratar unos con otros por si solos mientras beben, con opinión propia ni con argumentos suyos, a causa de su falta de educación, encarecen a los flautistas, pagando mucho en alquiler de la voz ajena de las flautas, y acompañados por el son de estas pasan el tiempo unos con otros. Pero, donde los comensales son gente de bien y de cultura, no consigues ver flautistas ni bailarinas ni tañedoras de lira, sino que, como son capaces de tratar unos con otros sin los jaleos y los juegos esos, con su propia voz, hablan y escuchan a su turno con gran moderación, por mucho vino que beban. Así también estas reuniones, si se componen de hombres tales como la mayoría de nosotros dicen ser, para nada necesitan de voces ajenas ni siquiera de poetas, a los que no se puede preguntar de qué hablan; y muchos, al traerlos a colación en sus argumentos, los unos dicen que el poeta pensaba esto y los otros aquello, discutiendo sobre asuntos que son incapaces de demostrar. Pero los educandos dejan a un lado las reuniones de esta clase, y ellos conversan por si mismos entre sí, tomando y dando una explicación recíproca en sus diálogos. A estos parece que debemos imitar más tu y yo; y, deponiendo a un lado a los poetas, hagamos nuestros razonamientos uno con otro, poniendo a prueba la verdad y a nosotros mismos."

¿Por qué, entonces, se sirve Platón de los poetas en sus Diálogos? Los poetas eran las autoridades religiosas de aquel tiempo y, al igual que hoy muchos citan la Biblia para refrendar una idea y debaten si dice esto o lo otro porque ello determinará la legitimidad o ilegitimidad de aquello que se postula, así eran antiguamente citados los poetas para refrendar una idea u otra -los sofistas los emplearon antojadizamente para justificar sus propias empresas-. Ese era el rol que ejercían en la sociedad griega. Platón, al instarnos a través de Sócrates a pensar por nosotros mismos en lugar de subyugarnos a la autoridad, no excluye a la poesía en su totalidad, ni tampoco la defiende en su totalidad, sino que nos conmina a aplicar el discernimiento que nos permite rescatar de ella lo que merece ser rescatado y rechazar lo que es infructuoso, y no aceptarla o rechazarla acríticamente en bloque (lo que muchos hacen con la Biblia). En ese sentido Sócrates fue un trasgresor de su tiempo, lo que le valió -en gran medida por causas políticas- ser condenado y acusado de impidead, en parte por cuestionar la autoridad de los poetas en un ambiente político que jugaba en su contra (sin por ello dejar de recurrir él mismo a sus enseñanzas cuando estas eran de valía). 

Agrego que Jámbico, el neoplatónico, se sirve también de la poesía; los Himnos Órficos, de sentido metafísico, son poemas; al mismo Pitágoras, en quien Platón se inspira, se le atribuyen los “versos áureos”; a Solón, el gobernante al que Platón llama sabio, también se le atribuyen poemas; el platónico Longino exalta el arrebato poético, la inspiración de las Musas, en “De lo sublime”; inclusive el neoplatónico Porfirio, que se supedita en gran medida a los versos de Homero cuando decide interpretarlos en sentido metafísico en “El Antro de las Ninfas”.

Platón, pues, ama la poesía, el divino arrebato, la exaltación, el delirio, la manía, la posesión a manos de un daimon, el canto. Lo que no gusta, y que es lo que clarifica en su “Republica", es el mal ejemplo en todos los ámbitos: en política, en costumbres, en música, en poesía, etc. Sobre la música también da pautas, pues considera que unas melodías elevan al alma mientras que otras la pervierten. Lo que hace con el arte poético es redireccionarlo y desterrar a los poetas que lo corrompen, no a la poesía en cuanto tal y bien aplicada. No obstante, los enemigos del platonismo siempre se sirven de ese hecho para dar la errónea idea de que Platón reprueba la poesía en cuanto tal, y situarlo, así, en una posición desfavorable.

En cuanto a la crítica platónica al arte pictórico, se refiere al arte naturalista, que imita a la naturaleza tal como la perciben los sentidos, de forma que deviene en la imagen de lo que a su vez es una imagen del mundo inteligible. Esta apreciación, empero, no es aplicable al arte simbólico y alegórico. Si no me equivoco Coomaraswamy explica esa paradoja entre el aparente repudio platónico del arte y su asimilación a lo divino en el arte tradicional, o acaso sea Schuon o Guénon, o los tres. Y en este marco es perfectamente factible aplicar el principio platónico, que Plotino expresa muy bien en sus “Enéadas”, y que ya Platón expresó en “El Banquete”, de ascender desde la belleza sensible hasta la belleza inteligible, desde los cuerpos bellos hasta las almas bellas y, finalmente, desembocar en la Belleza absoluta, la Belleza en sí misma. El arte simbólico resulta ideal en el marco de esta apreciación, porque permite a la inteligencia, a partir de la imagen, remontarse hacia lo que ya no es imagen, por medio de la evocación que esta ejerce; la imagen muestra, revela, pero no se agota, sino que es un portal que nos abre hacia una dimensión superior. Y no solo el símbolo, tanto en la naturaleza como en el arte, permite el ascenso de la inteligencia hacia las regiones superiores, sino también el arte que no es propia y directamente simbólico, el arte romántico que condensa, sintetiza y acrecienta las cualidades nobles de los objetos, personas y circunstancias de tal modo que permite entrever su esencia, conduciendo la realidad al borde de lo sublime. No se trata, en este caso, de una imitación, sino de una potenciación de lo esencial, de un acrecentamiento de lo real, que desborda vida.


Platón, aunque sea profundo y diga muchas verdades, es fúnebre, apocado, no corre sangre, fuego y espíritu por sus escritos, no fluye suficiente vida en ellos, y si hay espíritu, se encuentra petrificado entre conceptos, apagado por el exceso de mente. A propósito de la apreciación artística, prefiero la postura de Aristóteles. El arte es útil sin duda alguna, pero pretender planificar su utilidad, controlar la inspiración, calcularlo, premeditarlo en vistas a un fin, hacerlo algo utilitario en ese sentido pedestre, incurriendo en ese fallo de ciertos escritos platónicos, si acaso lo hay, es, para mí, digno de esclavos. Dice Aristóteles: “buscar siempre la utilidad en todo no es propio de los seres libres”. El Filósofo refuta a Platón en su “Poética”. El arte no es una simple imitación, es una selección y representación racional establecida a partir de las percepciones sensibles, que exalta lo más noble, fundando modelos. De acuerdo con esa concepción, el arte no es una simple copia o mimesis, ya que no imita los particulares, sino que va más allá de ellos y los engloba en un modelo universal, sintetizando lo esencial que caracteriza a varios objetos particulares en una sola imagen. Por eso el arte se aboca a lo sublime, a lo más elevado.

La filosofía, como la conocemos, es posterior a la poesía, es su decadencia, una forma ya fragmentaria de concebir la realidad que la poesía concebía de forma unitaria. No en vano los más antiguos libros sagrados están en verso y formados de poesía, no de discursos filosóficos. Los Vedas están en verso, son poemas, también el Kalidasa Meghaduta, y los cánticos a la Diosa en los Puranas y en el Tantra; el Enuma Elis, el poema babilónico de la creación, es música, canto, verso, al igual que el Cantar de Gilgamesh; el legado Mazdayasna inscrito en roca también está en la forma de poemas, al igual que el mismo legado de Zoroastro; el Libro Egipcio de los Muertos está en verso, como muchos papiros, es pura poesía; la Biblia también consta de poesía y Jesús a menudo se expresaba poéticamente; el Tao Te King está escrito en poemas; los antiguos cantos épicos rusos, que condensan la tradición eslava, como el del siclo de Kiev o el de Novgorod, son poemas; entre los escandinavos está la Edda poética; entre los germanos el poema de Beowulf; entre los celtas, Tristán e Iseo, y muchos otros, pues esta tradición se comunican por medio del verso, la métrica, la poesía y el canto. Es así, porque la poesía es símbolo viviente, atraviesa el alma de forma mucho más directa y vívida que el discurso, que atañe a la mente discursiva o a lo que Platón llamaría “dianoia”. Con posterioridad tenemos a poetas místicos, entre los celtas, del calibre del bardo Taliesin, así como a los trovadores medievales y al mismo Dante; Jayadeva, que narra la historia sagrada de Krishna y Radha, entre los hindúes, o a Tagore, cuya espiritualidad es eminente y se irradia en el caudal de su poesía; entre los persas tenemos a Rumi, a Omar Kayyam, a Nizami, a Hafiz, entre otros, que han logrado trasmitir lo divino a través de la poesía de forma mucho más espléndida que en el discurso; y hasta entre los cristianos, muchos han optado por la poesía para trasmitir ciertas verdades intrasmisibles de otro modo, como Hildegarda von Bingen, Hadewijch de Amberes o San Francisco de Asís.
Soy del parecer de que la poesía vehicula mejor al espíritu que el discurso filosófico. Gómez Dávila expresa exactamente lo que pienso, cuando dice refiriéndose al arte: “El símbolo susceptible de traducción carece de importancia: en el símbolo debe formularse una experiencia última” (Escolios). La poesía, así como el arte en general, permiten esta experiencia ultima, estableciendo un contacto directo con lo numinoso, que el discurso filosófico no alcanza. Poco vale lo que puede ser dicho, explicado, traducido, y el discurso filosófico no hace sino decir, traducir, explicar. El arte, la poesía, en cambio, no explican, muestran; no traducen, revelan, evidencian, sacan a la luz.

Al respecto, escribí esto: La filosofía es la perdición. La poesía es el retorno. Si la filosofía es la ciencia pusilánime de los caídos, la poesía es el sagrado canto del alma que se encumbra.

Platón y Aristóteles son el canto vivo de la poesía sofocado por el pensamiento. Son la verdad nítida del corazón, amordazada en el discurso. Son artistas, qué duda cabe, pero no gozan del divino arrebato, la inspiración los elude: se complacen en retratar a la naturaleza muerta. El espíritu no mora en sus palabras, solo su sombrío retrato. ¡Los filósofos son los últimos sepultureros de la verdad! 

Si quieres contemplar las lápidas del espíritu, dedica tu tiempo a la filosofía. La vida mora en el perfume inaprehensible que no se justifica ni explica.

La filosofía nace de la mente que se bifurca, de la mente que escinde lo que la poesía unifica a través del corazón. La filosofía resta a todo lo bello.

Nietzsche debió escribir un libro titulado “El ocaso de los filósofos”.

Hasta Sócrates ha terminado por parecerme un racionalista moderno.

Todo gran poeta es filósofo en el sentido más excelso. Y todo filósofo no solo no es poeta, sino que tampoco es verdaderamente filósofo.

Lo que el poeta vive, el filósofo se conforma con pensarlo.

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